Wagner y el aislamiento social
El aislamiento social permite acceder al pleno disfrute de una obra de arte. Según esta premisa, el compositor Richard Wagner hizo real su concepto de «teatro democrático» que permitiese a espectadores de toda condición social disfrutar de su ópera.
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Es norma fundamental en el tenis que el público guarde un silencio que permita a los jugadores concentrarse. Idéntica o mayor concentración precisan los actores y actrices que se suben a las tablas para representar una obra teatral. Pero, en este caso, dicha concentración no es necesaria únicamente para el elenco, sino también para el público asistente que, de esta manera, logra la inmersión en lo que está viendo y escuchando. Igual les ocurre a quienes acuden a una sala de cine para disfrutar de una película. Lamentablemente, muchas veces los cines y teatros se convierten en una algarabía de sonidos y luces de teléfonos móviles. Evidentemente, la capacidad de concentración ha disminuido. Parece haberse perdido el preciso aislamiento social que permite gozar de las obras en cuestión. Sí, aislamiento social, aunque pueda parecer contradictorio en una sala repleta de personas.
Estar rodeado de otros espectadores en una sala de teatro no debe impedir que cada uno de ellos se aleje del resto para mejor concentrarse en lo que el elenco está representando para ellos y disfrutarlo de manera adecuada. Gran parte de la magia del teatro se produce gracias al silencio y la concentración que mantienen los espectadores que, a pesar de formar un grupo social durante la representación, están cada uno debidamente aislados del resto y entregados a las emociones que expresan los actores y actrices sobre el escenario.
El compositor Richard Wagner (1813-1883) lo consideraba necesario para el pleno disfrute de una obra artística. Así, logró idear y dar vida a un recinto adecuado para congregar dicho aislamiento de manera que cada uno de los espectadores quedase sumido únicamente en lo que sucedía sobre el escenario. ¿Un «teatro para locos, no para cualquiera», a lo Herman Hesse (1877-1962)? En realidad, el teatro para locos de El lobo estepario buscaba un aislamiento aún mayor del que Wagner deseaba.
Cierto es que, en 1919, el escritor tomó la figura del compositor para escribir y publicar la novela Klein y Wagner, en la que se despachó a gusto utilizando al propio Richard Wagner para apuntalar el tema principal de la práctica totalidad de su obra literaria: la dualidad entre lo comedido y el riesgo, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, la carga emocional que todo ser humano arrastra cuando no deja de reconocerse animal.
Y es que Wagner consideraba su música digna de un interés excepcional. Tal vez por ello decidió erigir su propio teatro. Un teatro de ópera en que su obra pudiese ser admirada como merecía. Y lo hizo, en Bayreuth, con la ayuda del rey Luis II de Baviera. Muchos de los cambios que introdujo en un pequeño teatro que existía en la localidad, el Bayreuth Festspielhaus, se han incorporado desde entonces a todos los recintos operísticos del mundo.
Muchos de los cambios que introdujo Wagner en el Bayreuth Festspielhaus se han incorporado en todos los recintos de ópera
Basándose en una idea que él mismo definió como «teatro democrático», el de Bayreuth era todo de madera, incluidas sus sillas, realmente incómodas y sin reposabrazos, carecía de palcos, salvo un par que el compositor quiso incorporar para la realeza. La incomodidad obligaba a los espectadores a mantenerse despiertos durante la representación, y la sala, conformada de un único patio de butacas en forma de herradura, impedía que ninguno de los espectadores tuviese mejor posición que otro.
Igualmente, decidió que las luces de la sala permaneciesen apagadas durante la representación y que la orquesta ocupase un foso que los espectadores no podían ver. Así, su atención solo podía centrarse en lo que ocurría sobre el escenario. Era la primera vez que alguien tomaba tales decisiones. Todo esto servía para concentrarse en la obra y acceder a lo sublime. Wagner, cual lobo estepario de la magia escénica, puso los cimientos del necesario aislamiento social que merece la creación artística.
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