Energía

Helios y Eolo bajo control

De mil maneras han tratado los seres humanos de controlar los rayos del sol y la fuerza del viento para su provecho a lo largo de los siglos. Pero en ninguna época estas tentativas han tenido tanto éxito como ahora: la energía fotovoltaica y la eólica no son sino formas humanas de controlar el poder divino de Helios y Eolo.

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17
junio
2024

¿En qué momento de la historia el sol, el viento, el fuego o el mar dejaron de ser adorados como deidades que actuaban caprichosamente para convertirse en fuerzas que podían ser controladas y aprovechadas por el beneficio humano? Si nos atenemos a la Grecia clásica, esa transición fue cosa de unos pocos siglos. Entre los siglos VIII y VI a.C., poetas como Homero, Hesíodo o Píndaro describen a Helios (el Sol) como un hermoso dios coronado por una brillante aureola que cada día conduce por el cielo un carro flamígero de este a oeste para regresar cada noche por el mar en un recipiente flotante. De este modo se trataba de explicar el viaje diario del astro rey desde el amanecer hasta el ocaso y su misterioso regreso nocturno al mismo punto de partida en una Tierra que se consideraba plana.

Pero solo 50 años después de que muriera el último poeta épico mencionado, encontramos ya la figura de Pitágoras, fundador de las matemáticas. El logos fue ocupando el espacio del mito en los tres siglos siguientes. Y así, en el siglo III aparece en Siracusa el físico e ingeniero Arquímedes, al que se atribuye, entre otros inventos, un ingenio para desviar la luz del sol mediante espejos cóncavos hacia la flota romana que sitiaba su ciudad provocando el incendio de varios barcos. Magia para los despavoridos romanos; para Arquímedes, simplemente ciencia. La misma ciencia, por cierto, que ahora sirve de base para las plantas termosolares.

De forma análoga, Eolo era proclamado por los poetas como Señor de los Vientos. Este dios habitaba la isla flotante de Eolia desde donde controlaba todos los vientos sobre la tierra y el mar, un poder que le había concedido Zeus. Eolo guardaba todos los vientos en un odre y liberaba uno u otro obedeciendo únicamente a su capricho. Sin embargo, mientras estas cosas se escribían, ya había navegantes griegos capaces de atravesar el Mar Egeo y, por tanto, buenos conocedores de los vientos que podían propulsar o frenar sus velas.

El intento de los humanos de apoderarse de poderes divinos terminaba en tragedia en la mitología griega perpetuándose así el mito prometeico

Al igual que Prometeo intentó apoderarse del poder del fuego reservado a los dioses, en las antiguas leyendas hubo humanos que ambicionaban controlar el sol y el viento a su antojo. Fascinado por el brillo del sol, el humano Ícaro quiso acercarse demasiado a su fulgor mientras volaba con Dédalo, su padre, huyendo de la isla de Creta. Las alas de plumas que Dédalo había fabricado para él y su hijo estaban unidas entre sí por cera que se derritió bajo los rayos solares, lo que causó la caída de Ícaro al mar y su muerte. Generalmente, el intento de los humanos de apoderarse de poderes divinos terminaba en tragedia en la mitología griega perpetuándose así el mito prometeico.

En cambio, no podemos reprochar a Ulises que robara a Eolo el odre de los vientos. Fue el propio dios quien se lo ofreció para facilitarle una navegación cómoda de retorno a Ítaca donde le esperaba su esposa Penélope. A la postre, se trató de un flaco favor porque algunos miembros de la tripulación, al ver que Ulises no se separaba del saco de cuero ni de día de noche, aprovecharon un momento en que dormía para robárselo pensando que escondía un rico botín que no quería repartir. Cuál fue su sorpresa al no encontrar en él oro ni plata sino un conjunto de vientos que se desataron provocando una terrible tempestad que hizo que el barco se extraviara de nuevo y tardara mucho más tiempo en regresar a casa.

El sol y el viento como fuentes de energía se han convertido en la gran esperanza para dejar atrás un mundo dominado por los combustibles fósiles que han abocado al planeta al desastre climático, por eso, controlar estas fuerzas es ahora para los humanos una cuestión vital.

Usar el sol y el viento como fuentes de energía son hoy una de las bases de la descarbonización

En el último decenio, la generación solar mundial se ha multiplicado por nueve hasta alcanzar los 1.500 teravatios hora anuales (cada uno de ellos son 1.000 millones de kilovatios hora), mientras que la generación eólica se ha triplicado hasta los 2.300 teravatios hora al año. Solar y eólica permitirán que en 2028 las fuentes de energía renovables representen más del 42% de la generación mundial de electricidad, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE).

Solo la generación solar alcanzará los 100.000 teravatios hora anuales en 2042, una cantidad suficiente para descarbonizar la economía mundial. Cierto es que, para que estas cifras se cumplan, es necesario hacer estable una energía que depende de que brille el sol y sople el viento, y esto se consigue con tecnología (almacenamiento y electrificación de los usos de la energía renovable, principalmente).

Una parte de la generación de energía solar se produce además mediante instalaciones de autoconsumo, lo que conlleva importantes cambios sociales y culturales: usuarios que se convierten en prosumidores (productores-consumidores), creación de comunidades energéticas que gestionan sus propias microrredes, mercados de intercambio de energía entre iguales. Son respuestas colaborativas ante un sistema eléctrico que, hasta ahora, ha funcionado unidireccionalmente de arriba hacia abajo. Dicho en otras palabras: la democratización del mercado energético.

Como los dioses griegos, las grandes compañías y los Estados han sido hasta ahora las poseedoras y administradoras de las fuentes de energía, pero revoluciones como la del autoconsumo fotovoltaico están haciendo posible el sueño de controlar el sol y el viento –y monetizarlos– y «los dioses» están siendo cada vez más colaborativos con esta revolución.

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