Medio Ambiente

Las plantas también se estresan

Forman parte del paisaje de forma silenciosa. Pero ¿son las plantas tan pasivas como las solemos imaginar? Los estudios abren nuevos interrogantes sobre lo que estos seres vivos pueden procesar y compartir.

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22
Jun
2023

«El deleite más grande que ofrecen los campos y los bosques es la insinuación de una relación oculta entre el hombre y la vegetación. No estoy solo ni ignorado. Me saludan, y yo a ellos». De sus paseos por los prados, las arboledas y los campos domesticados por la mano del ser humano, el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson concluyó que las plantas, de alguna manera desconocida para su intelecto, pero sensible a su intuición, conversan. Al menos así lo reflejó en Naturaleza, el libro con el que expuso por primera vez su pensamiento.

Durante milenios, las múltiples especies que pueblan el reino vegetal han sido consideradas poco más que entidades pasivas o, a partir de la ciencia moderna, en seres vivos con una sensibilidad limitada en comparación con la que poseemos los miembros de las especies del reino animal. Sin embargo, las plantas están dando mucho de qué hablar en las últimas décadas. En marzo de 2023, la prestigiosa revista científica Cell publicó un estudio que mostraba la emisión de ultrasonidos por parte de plantas estresadas o que habían sufrido daños. Un descubrimiento que, de confirmarse en sucesivos estudios, se une a otros que investigan desde la comunicación química entre las plantas hasta la posibilidad de que tengan alguna clase de sistema nervioso central, semejante al de animales complejos. ¿Pueden sentir las plantas? ¿Se comunican, piensan?

Las percepciones de Emerson y de otros naturalistas, como su discípulo Thoreau, acerca de la complejidad del reino vegetal y de la naturaleza en toda su inabarcable diversidad no fueron desencaminadas. El botánico Stefano Mancuso, de la Universidad de Florencia y director del Laboratorio Nacional de Neurobiología Vegetal de Italia, es rotundo: las plantas pueden realizar previsiones, analizar las ventajas y las desventajas de llevar a cabo determinadas acciones y de obrar conforme el clima. Participan de la inteligencia en alguna medida que aún no hemos conseguido determinar con exactitud y son, en consecuencia, infinitamente más complejas y sensibles de lo que se había imaginado hasta el momento. Así lo expone el científico –junto con la periodista Alessandra Viola– en su ensayo Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal.

Y no es el único experto que sostiene estas tesis. El profesor Wouter van Hoven descubrió en 1990 que las acacias eran capaces de comunicarse entre sí a través de sus raíces para alertar de las agresiones que podían poner en riesgo a otros miembros de su especie. Ocurrió en una ocasión que un numeroso grupo de antílopes depredó las hojas y brotes de las acacias que se encontraban en el perímetro exterior de una arboleda y, al cabo de un tiempo, los animales comenzaron a sufrir una letal intoxicación. Al parecer, y coordinadamente, las acacias habían aumentado la concentración de un tanino mortal para los antílopes defendiéndose de esta manera del ataque.

Las acacias aumentan la concentración de un tanino mortal para los antílopes para defenderse en grupo de su ataque

No obstante, la investigación que publica Cell, liderada por un grupo de científicos de la Escuela de Ciencia de las Plantas y Seguridad Alimentaria de la Universidad de Tel Aviv, en Israel, va más allá de estos primeros indicios. En el estudio, los científicos utilizaron una selección de especies de plantas, como variedades del tomate o del tabaco, con el fin de estudiar si eran capaces de realizar alguna emisión sonora ante ciertos estímulos y circunstancias en invernaderos de sonoridad controlada. Los especímenes fueron sometidos a situaciones de estrés como cortes, falta de riego, exceso de humedad o infecciones, obteniendo como resultado una serie de ultrasonidos en el rango de 20 a 100 kHz que podían ser perfectamente detectados por insectos tales como polillas o gran variedad de mamíferos en un radio de hasta cinco metros.

Además, la emisión de cada planta parece ser única, no solo según la especie, sino el espécimen: pudo determinarse una relación entre el diámetro de la xilema y la frecuencia de resonancia. En el artículo, se especula con el origen de estas emisiones mediante cavitación, aunque no se ha llegado a una conclusión esclarecedora sobre su origen. Igualmente, las plantas pueden responderse entre ellas, por lo que, de alguna manera en apariencia rudimentaria, se comunican entre sí.

Y es posible que también «entiendan», en su particular código sonoro, a animales que emiten en rangos de ultrasonidos mediante sus tallos. En otras palabras, las plantas podrían ser capaces de escucharnos, aunque los humanos no lo hagamos con ellas. «Estos hallazgos pueden alterar la forma en que pensamos sobre el reino vegetal, que hasta el momento se ha considerado silencioso», concluyen los autores en el estudio.

Las aplicaciones de este descubrimiento podrían ser especialmente útiles para suavizar las asperezas entre las demandas ecológicas y los cultivos extensos de gran producción. De confirmarse y mejorarse la sensibilidad de captación y diferenciación mediante el estudio de los ultrasonidos emitidos por ciertas especies vegetales podría monitorearse de forma eficiente de sus necesidades, algo así como sucede en las granjas animales de forma infinitamente más explícita. También, podría emplearse la emisión artificial de ultrasonidos en determinadas frecuencias con el fin de comunicarse con los cultivos o de alterar la conducta de parásitos y depredadores limitando o incluso evitando, de esta manera, el uso de procedimientos más agresivos, como biocidas.

Pese a todas estas posibilidades, la investigación es pionera y requiere no solo de más trabajos de confirmación, sino también de la apertura de toda una línea de trabajo que ahonde en este nuevo posible campo de estudio. Por ejemplo, una cosa es captar emisiones procedentes de un puñado de especies en un espacio que facilita esta captación y otra hacerlo en un campo al aire libre, con una diversidad de flora y de fauna difícil de determinar con precisión. De igual manera, determinar el rango de emisión característica de cada especie de interés, el significado de las variaciones y su interacción entre sí y con otros seres vivos supondrá un reto añadido que costará años de meticuloso trabajo.

Las comparaciones son odiosas

Como es propio en todo ámbito donde se precie el conocimiento, inclusive la ciencia seria, la prudencia impera ante este tipo de investigaciones. En parte, porque los seres humanos partimos de una serie de tradiciones e ideas previas, se conviertan o no en prejuicios según en mente y boca de quién, que limitan nuestra permeabilidad a los nuevos descubrimientos. Pero también porque las conclusiones, salvo que sean exclusivamente fruto de la reflexión, deben ser reproducidas con cautela bajo la estricta metodología científica.

Los científicos alertan de que la sensaciones y percepciones de las plantas difieren casi por completo de las humanas

Uno de las frecuentes inclinaciones que tenemos los seres humanos es a imaginar el comportamiento de otras especies de seres vivos como idéntico al nuestro produciendo incluso malentendidos con los animales más frecuentes con los que convivimos, como es el caso de perros y gatos.

Ante la cada vez más evidente comprobación de que las plantas son sensibles, se comunican e incluso piensan (como determinó la doctora Monica Gagliano y su equipo de la Universidad de Australia Occidental en un estudio en el que demostraron que ciertas plantas escuchan las vibraciones de tuberías por las que circula agua para dirigir sus raíces hacia ellas o la comunicación mediante estímulos físico-químicos a través de sus raíces mediando, incluso, especies en simbiosis con ellas, como hongos), desde instituciones de prestigio internacional como el CSIC invitan a ser cuidadosos: las plantas son sensibles en tanto a que perciben y se comunican entre sí y con otras especies según su naturaleza, pero estas sensaciones y percepciones difieren casi por completo de las nuestras. O sea, la idea de «dolor», «sufrimiento» o «entendimiento» como los humanos la concebimos no puede equipararse a la que experimentan las plantas.

En un futuro, quién sabe, quizá no sea tan descabellado hablar con los tulipanes del jardín o los chopos de la orilla del río. Aunque para entendernos necesitemos un poco de ingenio, de ciencia y de conciencia.

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