Biodiversidad

«Debería ser ilegal revertir las decisiones políticas que nos protegen a todos»

¿Cuánto nos cuesta el cambio climático? ¿Cómo pueden las ciudades ser un eje fundamental en la protección de la biodiversidad? Julia Marton-Lefèvre, exdirectora de la IUCN y miembro del Bureau de Europa Occidental y otros estados de IPBES, reflexiona sobre el significado de la «pérdida de naturaleza» y sus implicaciones para nuestro planeta.

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Luis Meyer
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29
Ago
2019
Julia Marton-Lefevre

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Luis Meyer

Este verano, la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) sumó un nuevo miembro: Julia Marton-Lefèvre (1946). La ambientalista francoamericana, exdirectora de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) y académica de la Universidad de Yale, analiza y reflexiona sobre el significado de la palabra biodiversidad y cómo comunicarla correctamente. Como alguien comprometido con la situación crítica que atraviesa el planeta, comparte con nosotros una experiencia acumulada durante décadas sobre gestión y protección de la naturaleza, desde el insecto más minúsculo hasta las ciudades donde habitan millones de personas. 

¿Hemos entendido realmente qué es la biodiversidad y qué significa su pérdida?

En las revistas, cuando hablamos a la ciudadanía –y no a otros científicos–, deberíamos hablar sobre naturaleza o ecosistemas, porque no todo el mundo entiende la palabra biodiversidad. Sin embargo, las primeras son algo que todo el mundo entiende. Si somos valientes y abordamos el tema de la naturaleza en una revista, en un periódico o en la televisión, la gente se dará cuenta de que sí sabe de lo que estamos hablando cuando hablamos de pérdida de biodiversidad. ¿A cuántas personas les gusta –ya sea en un país rico o en una nación empobrecida– ir a pasear por el bosque cuando tienen tiempo o a nadar en un lago limpio? Eso es la naturaleza. Además, no deberíamos evitar relacionar la economía con la naturaleza en nuestras vidas, porque todo el mundo entiende el lenguaje del dinero. Cuando era directora general de Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) vivía en un país tan rico como Suiza: Ginebra está al borde del lago Leman, que está muy limpio y mucha gente se gasta el dinero en acercarse a pasar sus vacaciones en él, pero hace cincuenta años estaba verdaderamente sucio. Francia y Suiza decidieron cambiar las cosas e invertir en su limpieza. Ahora, todo el mundo está feliz: la naturaleza, la ciudad… ¡Hasta la economía! Nadie iría a bañarse a un lago lleno de suciedad.

¿Qué repercusión tendrá la pérdida de las diferentes especies de insectos que podrían desaparecer en los próximos años?

Los insectos, en particular las abejas, juegan un papel muy importante en nuestras vidas por la polinización que llevan a cabo. Si tuviésemos que pagar por esa tarea, se necesitaría mucho dinero. Si todas nuestras abejas mueriesen, la agricultura colapsaría y algunos artículos incluso hablan de pérdidas económicas estimadas en unos 750 millones de dólares al año. Esos insectos –cualquiera de ellos– juegan un papel específico en mantener, por ejemplo, el suelo sano. No los vemos de la misma manera que a los elefantes o a los tigres, pero su extinción no será baladí. Cuando hablamos de que hay un millón de especies al borde de la extinción, se incluye todos los tipos de insectos que existen y que están en peligro, aunque a mucha gente no le gusten.

«Si todas nuestras abejas mueriesen, la agricultura colapsaría y eso supondría una pérdida estimada de 750 millones de dólares al año»

¿Qué papel representa el sector de la agricultura intensiva en la pérdida de biodiversidad?

La agricultura utiliza mucha tierra que podría emplearse en reforestar bosques o mantener humedales, que tienen una gran importancia en el sistema climático, ya que ambos capturan carbono. Tenemos que pensar en una forma diferente de transformar la agricultura y nos encontramos con un problema: al 70% de lo que comemos se le han añadido unos doce tipos diferentes de cereales y, si el sistema climático afecta a los cultivos, lo perderemos. Necesitamos esa diversidad –de donde procede el término biodiversidad– para poder seguir teniendo todos esos cereales y semillas en el futuro. Además, debemos tener cuidado con cuánto comemos, qué compramos y qué tipo de alimentos tomamos. Por ejemplo, en Estados Unidos, si cenas fuera te sirven raciones enormes que la gente es incapaz de terminarse y cuyos restos acaban en la basura o, en el mejor de los casos, envueltos en papel o plástico para llevárselos a casa. Para cambiar las formas en las que se desarrolla la agricultura es importante que prestemos atención a nuestra dieta. Los indígenas lo entienden a la perfección y podríamos aprender mucho de ellos, sobre todo acerca de lo que la naturaleza nos ofrece para alimentarnos.

El 30% de la comida que compramos se desperdicia, por lo que el papel del ciudadano y de la industria es clave en esta tarea.

Completamente de acuerdo. Otro problema de la manera en que comemos, especialmente en las ciudades, es cómo está empaquetada: triunfa el plástico. En muchos países ya no vemos mercados en la calle, por ejemplo. En París aún tenemos unos cuantos y debemos fomentar que la gente acuda a ellos y compre la comida fresca, es decir, que se compren las manzanas justas que se necesiten y se pongan en la propia bolsa (de tela) del consumidor porque no necesitamos que estén envueltas en plástico. Tenemos que modificar nuestros hábitos de consumo y recordar lo entretenido que es acudir a la plaza o al mercado cada semana. Por suerte, ya estamos viendo algunos pasos en la buena dirección: hace un par de años, por ejemplo, todo el mundo en Francia o en España iba al supermercado y obtenía una bolsa de plástico gratis con su compra, pero ahora hay que pagarla. Hay muchos ejemplos de cambios que ya están en marcha, aunque necesitamos que sean más y más rápidos.

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El problema de los plásticos afecta directamente a la biodiversidad marina. ¿Qué está ocurriendo dentro del mar? ¿Qué no vemos?

La gente empieza a ser consciente del problema del plástico en el océano y, por eso, en Europa se están prohibiendo los de un solo uso. Sin embargo, me pregunto por qué la gente sigue utilizando pajitas. En mi mente está esa imagen de la pajita en una botella de refresco, pero ¿qué necesidad hay? Tengo un nieto de 6 años que ha aprendido lo nocivas que son las pajitas en la escuela y tengo una anécdota que ilustra muy bien la incoherencia de seguir usándolas: una vez, en una cafetería, le dieron un vaso con una pajita y mi nieto le dijo al camarero que no la quería, que estaba mal… El pobre camarero no entendía porqué se había enfadado el niño.

¿Tienes esperanza en la Generación Greta?

Sin duda. Los jóvenes están empezando a entender lo que ocurre y han adoptado la lucha contra el cambio climático como algo propio. Todos tuvimos, cuando éramos jóvenes, algo en lo que realmente creíamos y estos chicos y chicas creen en lo que dicen. Es su misión y necesitamos a más que se unan a la causa. ¡Ojalá Greta Thunberg hablase de la pérdida de biodiversidad! Es importante llegar hasta ella con ese mensaje para que lo difunda, ya que está muy relacionado con sus discursos.

«Si las ciudades son inteligentes, sostenibles y seguras, la naturaleza que está a su alrededor será más sana»

¿Cómo pueden las ciudades ser regeneradoras de ecosistemas cuando la mayor parte de la biodiversidad se concentra en el campo?

Si la gente se muda a los núcleos urbanos habrá más naturaleza para que nos alimente, para capturar carbono y darnos agua limpia. Creo que es muy importante que la gente se mude a las ciudades, pero estas tienen que ser inteligentes. Esto es, que haya muchos peatones, mucho transporte público, escuelas u hospitales. Si no, no sirve de nada. Al principio, en Estados Unidos y Reino Unido lo que todo el mundo quería eran casas a las afueras con grandes jardines. Sin embargo, ahora la gente en EE.UU. está volviendo a las ciudades porque son más interesantes por su oferta cultural, por sus escuelas… y eso es algo bueno: si las ciudades son inteligentes, sostenibles y seguras, la naturaleza que está a su alrededor será más sana, porque no será necesario tener estacionamientos, jardines en las casas o piscinas privadas. Por eso su agenda está muy vinculada a la agenda de la biodiversidad y a la climática.

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El Amazonas es el mayor pulmón del planeta y hogar de centenares de tribus indígenas y, ahora, se está debilitando por culpa de políticas irresponsables. ¿Demuestra esto que el negacionismo climático impacta de manera real en la conservación de la biodiversidad?

Absolutamente. Los negacionistas creen que el Amazonas no es importante y lo único que hacen es talar árboles y destrozarlo para dejar sitio a las granjas de vacas, porque a los brasileños les gusta comer mucha ternera –aunque deberían cambiar ese hábito–. Es un tremendo error. Creo que deberíamos ayudar al planeta a través de nuestras decisiones políticas. Antes de la llegada de Bolsonaro, entró en vigor una ley que protegía la selva, y debería ser imposible que una legislación de ese tipo pueda modificarse porque llegue un presidente nuevo que ha decidido no creer en la evidencia científica. Debería ser ilegal revertir ese tipo de decisiones que nos protegen a todos.

«Talar y destrozar el Amazonas por considerar que no es importante, como piensan los negacionistas, es un tremendo error»

¿Cómo podemos sensibilizar a la población de que hay que reducir de forma drástica el consumo de carne para la protección del planeta, como pedía el último informe del IPCC?

Aunque parezca que no, ya se empieza a notar la concienciación de la gente. En Francia ha cambiado por completo: la mayoría de la gente que conozco ya no come carne más que una vez al mes, si cabe. Ayer mismo cené con una amiga francesa y me dijo que ya no come ternera, por ejemplo. De vez en cuando no pasa nada, no deberíamos eliminar la carne del todo, sino consumirla de manera responsable. Hay muchos estudios que explican la inmensa cantidad de bosques y terrenos que se necesita para mantener la industria ganadera que respalda el estilo de vida de las últimas décadas. De verdad, no es necesario comer carne a diario. Si bien es cierto que se han producido muchos cambios en los últimos años –la eliminación de los plásticos de un solo uso gratuitos, la desaparición de las colillas en la calle, la limpieza en las ciudades, las calles peatonales…—, aún queda mucho por hacer y tenemos que hacerlo cada vez más rápido. Nuestro mayor reto es intentar explicarlo y comunicarlo de la manera más sencilla posible: el periodismo tiene que hablar más de la naturaleza y ofrecer datos económicos de lo que realmente cuesta el cambio climático. Por ejemplo, es mucho más barato luchar contra los tsunamis usando la propia naturaleza, la vegetación local, en vez de construyendo muros.

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