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«Nunca llegaremos a la utopía: mientras haya gente, habrá conflicto, diferencia y disenso»

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Harry Dodge
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18
Nov
2022
maggie nelson

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Harry Dodge

Maggie Nelson (California, 1973) es una de las escritoras más lúcidas del presente: en sus libros combina crítica cultural, filosofía, autobiografía e incluso poesía. Sorprendentemente, la extraña mezcla funciona a la perfección. A través de sus páginas, Nelson intenta ensanchar nuestra visión sobre la escritura, el pensamiento y la relación de ambas esferas con la propia experiencia. En los últimos años, la californiana ha publicado títulos tan elogiados como ‘Bluets’, ‘El arte de la crueldad’ o ‘Los argonautas’, los tres presentes en España gracias a la labor de la editorial Tres Puntos. En su último ensayo, ‘Sobre la libertad’ (Anagrama), Nelson ha querido estudiar la pulsión de libertad –ese concepto tan en boga en los últimos tiempos– a partir de cuatro esferas: el arte, el sexo, las drogas y el cambio climático.


En la actualidad, y de manera general, la derecha tratan de asociar libertad con diversión y falta de restricciones, mientras la izquierda es vista como reguladora, triste y policial. Según la filósofa Wendy Brown, es un error contraponer libertad y obligación, ya que la libertad no puede existir sin cargas.

Creo que el problema de que la izquierda se asocie con la regulación y el sentimiento antidiversión no es nuevo. Piensa, por ejemplo, en la larga historia de demonizar a las feministas como personas «sin sentido del humor». No tengo recetas para la reorientación ni creo que ayude estar a la defensiva, aunque pienso que podría servirnos profundizar en lo que defendemos, lo que valoramos acerca de cómo vivimos y en cómo imaginamos la vida con los demás. La izquierda ha mantenido desde hace mucho tiempo una sospecha hacia la alegría y el placer, razón por la que Emma Goldman sostuvo, de manera célebre, que no creía «que una causa que persiguiera un bello ideal –el anarquismo, la libertad y la liberación de las convenciones y prejuicios– debiera exigir la negación de la vida y la alegría, […] que nuestra causa no podía esperar que me convirtiera en una monja y que el movimiento se convirtiera en un claustro». Podemos recurrir a historias como esta y recordar no solo lo que queremos resistir, sino lo que ya tenemos y sabemos que nos alegra (y que, por tanto, queremos mantener). Y también recordar que nunca llegaremos a la utopía: mientras haya gente, habrá conflicto, diferencia y disenso, así como diferentes actitudes sobre la asunción de riesgos, el peligro, la transgresión o el humor.

«Estar en relación con otras personas significa lidiar con el hecho de que otras personas existen con sus necesidades, sus voluntades y sus puntos de vista»

Defiende una libertad que se construya en un «nosotros» y no en un «yo», si bien asegura que esa forma de libertad más plural no es perfecta, sino que también conlleva dificultades. ¿Cuáles?

Mi libro trata sobre las dificultades con las que nos topamos cada día de nuestras vidas. Estar en relación con otras personas significa lidiar con el hecho de que otras personas existen con sus necesidades, sus voluntades y sus puntos de vista; e inevitablemente diferirán de los nuestros. Los demás pueden exaltarnos, aplastarnos, herirnos, ayudarnos, alimentarnos, molestarnos y deleitarnos, y todos dependemos de los demás, queramos o no. Lo mismo ocurre con nuestra dependencia de los actores no humanos, como el clima, el aire, el agua o los alimentos. Una libertad basada en la fantasía de «salir» de esta compleja situación no es funcional, aunque el impulso sea ocasionalmente comprensible. Con este libro trato de soportar mejor nuestra interdependencia en lugar de negarla.

Habla de la libertad como una labor continua y paciente. ¿A qué se refiere?

Podemos acostumbrarnos a pensar la libertad como momentos cumbre de ruptura política, actos radicales de desobediencia o salidas de situaciones que ya no nos sirven (como un trabajo, un matrimonio, una situación familiar abusiva o un poder colonial). Estos momentos pueden decirnos mucho acerca de la liberación, como cómo se siente y qué la hace posible, pero la práctica de la libertad es lo que viene a la mañana siguiente de ese momento de ruptura, así como a la mañana siguiente de la siguiente. Se trata, entonces, de descubrir caminos con los que darle la vuelta a las trampas en las que uno se encuentra sin necesariamente tener que quemarlo todo. Las prácticas de libertad pueden implicar aprender a realizar cambios muy pequeños pero muy significativos: aprender a hacer una pausa antes de arremeter contra algo, aprender a no persistir en formas de tratarse a uno mismo o a los demás, etcétera. Son cambios que pueden producirse a nivel micro o a nivel macro. Mi libro se centra más en los primeros, en el sentido de que no toma el ámbito político como eje central. Quise hablar de las complejidades que rodean al impulso de libertad en otros ámbitos: la creación artística, la actividad sexual, el consumo de drogas y las conversaciones sobre el calentamiento global.

«El cuidado es un valor espiritual, pero también económico: cuidar de una cosa puede suponer dejar de cuidar de otra»

Sostiene que política y estética no son un espejo mutuo. Apoyándose en Jacques Rancière, cree que el arte se caracteriza por la pluralidad de interpretaciones que genera. Esta es una de las argumentaciones clave para ir con pies de plomo a la hora de asociar arte con cuidados, ¿cierto?

Creo que, en general, la intención de un artista no siempre se traduce necesariamente al espectador de manera simple o directa. Por ello, creo que es conveniente tener cuidado a la hora de alabar una obra como ética simplemente porque ha anunciado una intención ética (y viceversa). Teniendo en cuenta la soledad y la concentración que suele exigir la creación artística, personalmente no me parece un buen lugar para promulgar el cuidado de los demás. Por ejemplo, puedo escribir algo muy amoroso sobre mis hijos, algo que a mí me parezca cariñoso, pero si la actividad me aleja de su cuidado en el presente, probablemente a ellos no les parecerá cariñoso. El cuidado es un valor espiritual, pero también es una economía, lo que significa que implica opciones y compensaciones: cuidar de una cosa puede suponer dejar de cuidar de otra. Las madres no son las únicas personas que saben esto, pero suelen saberlo muy bien. El cuidado es un trabajo infinitamente complejo.

En el segundo capítulo, donde escribe sobre sexo y libertad, sostiene que el #MeToo, además de ser un movimiento excesivamente heteronormativo, falla al centrarse poco en hablar y profundizar en el deseo de las mujeres. 

Bueno, no sostengo que el #MeToo fracase. El trabajo del #MeToo no es prestar atención al buen sexo o a la fuerza del deseo femenino: su trabajo es poner de manifiesto la injusticia, el acoso y la violación constantes. En ese trabajo, el #MeToo lo ha hecho bien, y me alegro por ello. De todos modos, mi argumento es que debemos asegurarnos de que en algún punto hablamos del sexo y del deseo de una manera no pesimista. Necesitamos un discurso sobre el sexo donde el marco no sea únicamente la violación, el daño y la seguridad, para que no nos deslicemos, tal vez a pesar de nosotros mismos, hasta dejar que la conversación #MeToo se convierta en el único discurso posible. Hay una tendencia hacia el «pesimismo sexual» que cada vez va ganando más terreno, al menos en Estados Unidos. Es una tendencia que menudo se asocia, aunque sea sin saberlo, con algunas ideologías muy conservadoras y puritanas, incluida la ideología antiabortista. En el segundo capítulo del libro pretendo contrarrestarlo recordando un enfoque alternativo, uno que pueda oponerse con fuerza a la violación y el acoso sin recurrir a una versión segura y desinfectada del sexo en la que las mujeres sigan apareciendo principalmente como guardianas y víctimas potenciales. Prefiero centrarme en las mujeres como agentes sexuales, con todos los errores, arrepentimientos, placeres y experiencias que puedan conllevar. Es un acto de equilibrio, sin duda.

«Tengo curiosidad por la libertad que se halla en la restricción, en el hecho de abstenernos de hacer cosas por costumbre o desconsideración»

El último capítulo se centra en el medio ambiente y el cambio climático. Habla de que el concepto de libertad moderna está muy relacionado con la libertad de movimiento y el uso de combustibles fósiles. Como consecuencia, argumenta que debemos pensar nuevas formas de libertad. ¿Cómo se puede pensar esta desde el punto de vista ecológico?

Para empezar, hablaría de la libertad para que la vida cotidiana de cada persona esté más en sintonía con la forma en que uno quiere vivir y la forma en que uno quiere tratar a la Tierra, en lugar de sentirse forzado, como muchos de nosotros sentimos actualmente, a mantener unas relaciones diarias con el carbono y sus derivados que no queremos y que nos parecen éticamente repulsivas. Me interesa saber cómo se sentiría una libertad construida sobre fuentes de energía sostenibles, en lugar de una construida sobre la sensación nihilista de quemar en segundos el petróleo que tardó millones de años en depositarse en el planeta. Tengo curiosidad por la libertad que se halla en la restricción, en el hecho de abstenernos de hacer cosas por costumbre o por desconsideración, cosas que sabemos que nos causarán sufrimiento a largo plazo. La libertad para cambiar nuestros hábitos se relaciona con el capítulo en que trato el tema de las drogas y la adicción. Me interesa la libertad de imaginar un mundo –y vivir en él– donde no se dé prioridad a la capacidad de un puñado de personas de hacerse asquerosamente ricas extrayendo y destruyendo los recursos de los que el resto de nosotros depende para existir.

En Sobre la libertad aborda los sentimientos paralizantes provocados al enfrentarse al cambio climático. El problema medioambiental es tan grande que enfrentarnos a él nos abruma, nos genera ansiedad y nos incapacita. En este punto habla de una noción muy interesante: el concepto de «tiempo denso», una forma temporal donde pasado, presente y futuro se tocan. ¿Cómo pasar de la parálisis a la acción?

Lo que he deducido es que este paso de la parálisis a la acción no es una cosa intelectual. Puedes cambiar estos sentimientos paralizantes a través de la lectura y la investigación, pero de igual modo tienes que pasar por los sentimientos que estas lecturas provocan en ti: debes tener tus noches oscuras, tienes que sentir el vértigo que viene de jugar con tu perspectiva sobre el experimento humano, ese toque de tiempo profundo que te permite entender cómo lo que está en juego aquí es enorme y mísero a la vez. Creo que el nihilismo y la desesperación son lugares importantes que hay que tocar en el camino –nada bueno sale de evitarlos o reprimirlos–, pero no me parecen destinos definitivos. Los considero estados de ánimo, estados de ánimo fuertes cuya potencia puede seducirnos a pensar que tienen más valor de verdad que la felicidad o la esperanza. «Nuestros estados de ánimo no se creen unos a otros», escribió Emerson. Hay que superar los estados de ánimo de alguna manera y ver el panorama general, verlos todos como transitorios. Según mi experiencia, una vez que te acostumbras a hacerlo así, comprometerte con cualquier pequeña acción que puedas emprender en la Tierra se vuelve menos difícil.

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