Opinión

Elegir entre el humor y la naturalidad

Las reacciones surgidas tras la nueva coronación inglesa demuestran las virtudes de la risa: es lo único capaz de matar el miedo y ofrecernos una salida.

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27
Sep
2022
humor
El nuevo rey de Inglaterra, Carlos III, durante el protocolo de coronación.

La coronación de Carlos III como nuevo rey de Inglaterra ha tenido entretenido a medio mundo. Por un lado, por la pompa y el boato con el que se organizaron las exequias de Isabel II y, por otro, por el despliegue de humor que produjeron los gestos, quejas y errores del nuevo rey. El movimiento de la mano con el que pedía a uno de sus ayudantes que le retirara el tintero de la mesa dio lugar a un despliegue de humor social en el que cada uno veía representado en ese objeto aquello que no le gustaba: «Cuando te traen un serranito sin mayonesa»; «cuando te traen una cerveza mal tirada»; «cuando tu hijo te pide que le ayudes con los deberes».

También dio mucho juego para hacer chistes su cabreo con una pluma estilográfica con la que se manchó frente a la cámara en un momento que debía representar gravedad. El foco estuvo sobre él durante esos días que pretendían ser solemnes y ampulosos, pero que también lo fueron de risas y descreimiento. Entre otras cosas, por la edad con la que Carlos III accede al trono, casi una década después de la edad media de jubilación.

Todo eso va en el nuevo cargo asumido por el rey, pero, más allá de que se trataba de un hombre que acababa de perder a su madre y que, por tanto, merecía comprensión, todo ese torrente de humor alrededor de sus imágenes no resulta inocuo en la conversación pública. Es habitual leer o escuchar lamentos sobre la falta de naturalidad de los líderes políticos, sobre el lenguaje de madera al que recurren con demasiada facilidad o sobre el abuso de los argumentarios y los gestos estudiados. Pero todo eso es consecuencia lógica de una sobreexposición mediática que se ha multiplicado con las redes y que obligan a aquellos que se exponen públicamente a tener una actitud defensiva, cautelosa y hasta cierto punto desconfiada. ¿Cómo no entenderlos?

«La falta de naturalidad política es la consecuencia de una sobreexposición mediática que se ha multiplicado con las redes»

Al más mínimo error o salida de guion ante cualquier gesto extraño, las redes se convierten en un caudal nutrido de críticas o, en el mejor de los casos, de memes. Cualquier persona con cierta relevancia pública tiene marcada en su interior la misma consigna con la que actúan los médicos: primun non nocere (en castellano, «lo primero es no hacer daño»). No hacerse daño a uno mismo, en este caso. 

No se trata de renunciar al humor –cosa imposible a estas alturas, además de indeseable– ni de volver al gesto adusto y a una formalidad atosigante. La risa, como admitía Fray Jorge en El nombre de la rosa, mata el miedo y nos ofrece una salida. Pero sí se trata de ser conscientes de que todo ese despliegue de humor tiene un precio y unas consecuencias en la propia forma de exhibirse en público que yo, sin dudarlo, estoy encantado de pagar.

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