Opinión

Del tiempo y el amor

El amor siempre se debate entre aceptar su efimeridad y aspirar a lo eterno. Hay veces que es demasiado tarde, pero la frontera de la agonía siempre se muestra demasiado difusa para quienes se atreven a aproximarse a ella.

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16
Sep
2022

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Comienza Annie Ernaux su conocida obra Pura Pasión con una confesión que no deja a nadie indiferente: «a partir del mes de septiembre del año pasado, no hice otra cosa que esperar a un hombre». La escritora relata cómo vive esta espera, sus obsesiones, sus manías, sus recuerdos y sus tristezas en esas páginas y también en sus diarios, publicados bajo el nombre Perderse. En su obra habla sobre cómo el delirio que alcanza se convierte en un principio de muerte y escritura.

La incertidumbre, combinada con una fatal intuición, nos otorga una visión amarga de la espera. Nos hace querer gritar «¡huye!» porque de la misma forma que la autora espera a un diplomático soviético que además está casado, nosotros nos preguntamos cuánto tenemos que aguardar para contestar a un mensaje de texto si El Otro se ha demorado tres horas, si será un acierto llegar tarde a una primera cita, si todas esas señales ambiguas son la previsión de un final. ¿Cree el enamorado que mi disponibilidad es absoluta? La pregunta merece una pequeña dosis de tortura, pero solo la necesaria, solo el tiempo preciso para que la cuerda se mantenga tensa y, aún a punto de romperse, intacta.

Fernando Pessoa afirma que todas las cartas de amor son ridículas, y es que quizás todo amor contenga en su seno a su vez una cierta dosis de ridículo. Lo sabe la protagonista de Carta de una desconocida, de Stefan Zweig, cuya vida consiste precisamente en aguardar el encuentro con un hombre del que se enamora en su más tierna infancia. La obra, al igual que la de Ernaux, se presenta desagradable porque es una espera inútil, ilusa, desgastante. «Espera» proviene del latín «sperare», es decir, la esperanza que se muestra como una condición para persistir. Si el amor es de alguna forma una lucha por la posibilidad ínfima –por aquello que puede ser aunque de manera remota–, entonces es este empeño en la perseverancia el que nos hace seguir amando. 

«Existe en nosotros una posición que siempre se inclina a resolver victoriosamente la duda eterna, a concluir que todavía queda tiempo, que ‘El Otro’ está en camino»

Sin embargo, advierte Ernaux, lo peor es seguir esperando cuando no hay ya nada que esperar. Pero ¿cómo podemos saber que ha llegado el momento de partir, de acabar con la espera? Existe en nosotros una posición que siempre se inclina a resolver victoriosamente la duda eterna, a concluir que todavía queda tiempo, que El Otro está en camino. Ni siquiera se limita nuestro problema a la clásica batalla entre mente y corazón porque la primera, al contrario de lo que pueda pensarse, es capaz de elaborar los mejores razonamientos lógicos en favor de la opción más bella.

Lo racional no se ve capaz de actuar como corrector a la hora de tomar decisiones porque, como nos recuerda Nietzsche, la moral también sigue criterios estéticos. De la misma forma que (se dice que) mencionó una vez el filósofo, igual que no nos resulta tan atroz matar una cucaracha como matar a una mariposa, tampoco nos contentamos con el olvido tranquilo, con una rendición apacible. Nadie quiere creer que su amor ha muerto; prefiere convencerse de que está llegando.

Otro rasgo representativo de la espera es su carácter engañoso, cómo parece no afectarle el pulso de las agujas. Virginia Woolf cuenta en Orlando cómo el paso del tiempo acontece de manera extraña en la mente de un hombre: cuando nos preguntamos sobre el amor, sobre la vida o sobre la muerte, nace una sensación que no se corresponde con el paso de las estaciones o aquello que marca la clepsidra. Afirma Woolf sobre su protagonista que: «el tiempo cuando piensa se hace desmesuradamente largo; el tiempo cuando actúa se hace desmesuradamente corto». Una tarde con el enamorado dura… ¿una tarde? Parecen más bien dos segundos, pero ese minuto en el que se aguarda su llegada, impaciente, ese no somos capaces de cuantificarlo. Sin embargo, concede a la espera su verdadera identidad: esperar es el mayor acto de voluntad amorosa del ser humano. 

«Esperar es el mayor acto de voluntad amorosa del ser humano»

El silencio forma parte de la música. No como opuestos, no como fuerzas antagónicas, sino más bien como el principio de una misma existencia. La espera es, de este mismo modo, parte de la presencia. En Fragmentos de un discurso amoroso, Barthes identifica la espera como constitutiva del enamorado. Algo así como una sombra: un inevitable que a veces puede permanecer oculto pero que, en el momento de salir el sol, no duda en acudir a nuestro encuentro, a recordarnos esa inmovilidad.

«¿Estoy enamorado? Sí, porque espero». El Otro, él, no espera nunca. A veces quiero jugar al que no espera, intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso, pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir, adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que ésta: yo soy el que espera (Fragmentos de un discurso amoroso).

El amor siempre se debate entre aceptar su efimeridad y aspirar a lo eterno. Y en ese ansia por alcanzar aquello que no está en nuestras manos, que roza lo infinito y se halla concentrado en un cuerpo, estamos nosotros también: manteniendo viva –y fugaz–, pasional –y ardua– la relación amorosa. Efectivamente, hay veces que es demasiado tarde, pero la frontera de la agonía siempre se muestra demasiado difusa para quienes se atreven a aproximarse a ella. Y en esa respuesta a una carta o a un mensaje de texto, al encuentro o a la despedida, siempre se vislumbra un enamorado en una sangrienta lucha contra el tiempo. Y cuando el último grano de arena se prepara para caer de forma trágica al otro lado del reloj, solo queda suspirar: «creo que me queda un instante más».

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