Ciudades

Lo ‘smart’ antes de lo ‘smart’

Oficialmente, el término ‘smart city’ apareció en la primera década de los 2000. Sin embargo, el concepto de transformar el diseño de las ciudades para adecuarlo a las necesidades de sus habitantes y afrontar los retos de la época tiene milenios de historia.

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19
Ago
2022
Ciudades

En la carrera por descubrir cómo será el mundo del mañana, un concepto se ha asentado como la guía incuestionable para el urbanismo del futuro: las smart cities, ciudades inteligentes, serán fundamentales. De hecho, los cálculos de Naciones Unidas apuntan que, para 2050, tres cuartas partes de la población mundial vivirán en entornos urbanos. Por ello, ante los múltiples retos de los entornos urbanos a la hora de cumplir con los límites de emisiones, es cada vez más importante diseñar las urbes para que sean lo más eficientes y equitativas posible.

El concepto de las smart cities nació en 2005 cuando se afianzó esa idea de que las ciudades deberían aprovechar la tecnología para responder al reto que suponía su elevado crecimiento poblacional. Así, los avances permitirían diseñar mejores urbes y lograr una más elevada calidad de vida para sus habitantes. Fue cuando se comenzó a hablar de cómo el big data, la automatización y la inteligencia artificial lo iban a revolucionar todo.

Pero, si nos paramos a pensarlo, ¿las urbes eficientes van completamente encadenadas a la tecnología? Si analizamos la historia de las ciudades y su continua adaptación a los cambios y las necesidades de sus habitantes, la respuesta no es la que podríamos esperar en esta era de la digitalización: las localidades de hace 100, 500 o 2.000 años ya aprovechaban las herramientas disponibles para mejorar la vida de sus ciudadanos y estudiaban los datos para tomar las decisiones de diseño más óptimas. Sin ningún tipo de pantalla que mediara en ello.

El ejemplo perfecto lo encontramos en Matera, una localidad italiana que es Patrimonio de la Humanidad y que tiene 8.000 años de historia. En primer lugar, el modo de construcción tradicional optimizó los recursos para lograr la mejor calidad de vida posible. Sus casas están excavadas en la roca, lo que permite mantener una temperatura estable –y agradable– durante todo el año.Pero ese diseño también aumenta la sociabilidad entre vecinos y permite guardar y purificar el agua en un depósito de este material. De ese modo, no solo sus habitantes acceden a recursos y mantienen una óptima calidad de vida, sino que además la ciudad es sostenible.

El antiguo Imperio Romano ya reciclaba, aunque no se hacía tanto por una conciencia verde como para maximizar el aprovechamiento de recursos

El caso de Matera es una muestra concreta de que la innovación urbana ya existía en el más remoto pasado, aunque no la única. Los constructores de otras épocas, como los diseñadores de smart cities de ahora, siempre echaban mano de lo que sabían y tenían a su disposición para adecuar sus urbes a los retos del momento. Puede que las ciudades, por aquel entonces, fuesen más reducidas, pero a escala resultaban igualmente un reto de gestión importante. 

En el mundo azteca, como demuestra el ejemplo de Teotihuacán, las calzadas permitían dividir las ciudades en cuadrantes para hacerlas más eficientes, pero también se creaban islas artificiales para el cultivo y se empleaban sistemas de canales y acueductos para responder a la necesidades de acceder al agua potable y evitar las inundaciones. De hecho, el agua ha sido una de las grandes preocupaciones de las ciudades a lo largo de la historia: las de Al-Andalus contaban con sistemas hidráulicos tanto para que circulase el limpia y también para eliminar las residuales.

Además, el antiguo Imperio Romano, como se ha aprendido gracias a Pompeya, ya reciclaba. No lo hacían tanto por una conciencia verde como por una cuestión de pragmatismo, pero lo hacían: sus ciudades ya aplicaban parámetros de economía circular para conseguir maximizar el aprovechamiento de recursos. Las casas de los romanos más acomodados, de hecho, estaban diseñadas para aprovechar de la mejor manera la luz del sol o el agua de la lluvia. Por tener, tenían hasta sistemas de calefacción central mediante circuitos a lo «suelo radiante» que mantenían una temperatura óptima en los meses fríos.

El diseño urbano del pasado no solo intentaba responder a las necesidades más específicas y tangibles, como lo hacen ahora las smart cities reorganizando el tráfico o gestionando avisos de emergencias, sino que también quería mejorar la vida de los habitantes creando espacios de desconexión o potenciando las relaciones interpersonales.

Así, el boom de los planes de diseño de las ciudades del siglo XIX –desde la monumental París del barón Haussmann a la Barcelona de Ildefonso Cerdá– también tienen en cuenta, de una manera o de otra, el impacto que las nuevas calles tendrán en sus habitantes. Las ciudades jardín que emergieron entonces querían crear espacios verdes y agradables para sus habitantes, mejorando su calidad de vida. La idea de partida era la de que esas zonas serían más saludables, algo que ya es bien sabido en este siglo XXI en el que se insiste en la importancia de llenar de árboles las grandes aglomeraciones urbanas.

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