Sociedad

España, un hotel de ilustres viajeros

Saramago, Hemingway o Chopin: no son pocos quienes han realzado internacionalmente los peculiares encantos españoles. Al fin y al cabo, en palabras de Ava Gardner, el nuestro es «un país salvaje y genuino».

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20
Jul
2022
españa

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España y sus verbenas, sus noches de bureo, sus abanicos y siestas, sus paisajes, sus comidas, sus monumentos y su cultura, sus noches de san Juan, las campanas de sus catedrales y sus gentes, claro. ¿Qué es lo que no puede atraer? Y sin embargo, hasta el siglo XIX nunca fue un destino privilegiado para ilustres. Inglaterra, Francia e Italia acaparaban el interés de los viajeros, y quienes llegaban a España lo hacían por casualidad o accidente. Las crónicas del aristócrata Richard Ford, Manual para viajeros por España y lectores en casa, o los apuntes de su amigo George Borrow recogidos en su fantástico texto La Biblia en España, describían el atraso –y cierto desprecio– de estas latitudes que recorrieron a caballo, por lo que resultaron ciertamente disuasorios para los lectores: que si la incultura y el atraso, que si los bandoleros, que si lo angosto de entendederas de los españoles, que si la tiranía de sus reyes y la mansedumbre incomprensible de los súbditos, que si vestidos de volantes, peinetas y mantillas.

Pero lo cierto es que, desde Julio Verne al más contemporáneo Cees Nooteboom, pasando por Ava Gardner, Devorah Kerr, Hemingway o Rilke, han sido muchos los que quedaron fascinados por esta piel ibérica. A otros, el destino les deparó la muerte: en Madrid, Tyrone Power; en Barcelona, por decisión propia, el también actor George Sanders. 

Acaso el primer huésped ilustre fuera el escritor polaco Jan Potocki, que llegó durante el reinado de Carlos III, cuando España estaba poblada de bandidos y contrabandistas, gitanos y mendigos, artistas y escritores, nobles humanistas y científicos de renombre. Vivió en Sevilla, Granada y Córdoba, fascinándose por Sierra Morena. Fruto de su estancia española escribió una obra incombustible y gótica, Manuscrito encontrado en Zaragoza; poco después de terminarla, se suicidó.

El primer huésped ilustre fue el escritor Jan Potocki junto a su obra maestra gótica ‘Manuscrito encontrado en Zaragoza’

La belleza de una gitana cautivó a Prosper Mérimée, que inmortalizó la historia de Carmen la Cigarrera, cuajándola de tópicos e hipérboles («pero no es verdad la historia/ que de mí escribió un francés,/ al que haría Pepitoria/ si volviese aquí otra vez», dice la copla en justicia poética). Diez años después, en 1840, vino el poeta romántico Théophile Gautier, calificando El Escorial como «ese Leviatán de la arquitectura (…) el monumento más abrumador y más melancólico que puedan soñar, para mortificación del prójimo, un fraile lúgubre y un tirano suspicaz». Tras una dilatada estancia en Madrid, pasó seis meses en Granada y presumió de haber dormido cuatro noches en el Patio de los Arrayanes y de los Leones, tal y como cuenta en Viaje por España, en donde leemos que «España, que está tocando con África (…), no está hecha para las costumbres europeas». 

Hans Christian Andersen también puso por escrito sus impresiones bajo ese mismo título, Viaje por España. Por esa misma época –es decir, la segunda mitad del XIX– pintó Gustave Doré El ladrón de azulejos de la Alhambra, una denuncia al pillaje al que fue sometida. Granada se convirtió en el confín de la belleza para los artistas extranjeros. Palabra de Ford: «Granada sigue siendo la tierra prometida de lo romántico, el lugar donde el presente se olvida en el pasado, y donde, aunque su arpa haya enmudecido y su espada enromado, el eco de los tiempos felices sigue resonando por sus patios cubiertos de mirtos». No en vano el norteamericano Washington Irving se consagró con sus Cuentos de la Alhambra, diseminando por Europa mil y una leyendas sobre este recinto.

Un país «caótico, egocéntrico, cruel y soñador»

La oveja negra de la alta sociedad neoyorquina, Edith Wharton, autora de la magnífica La edad de la inocencia, también inmortalizó sus emociones bizarras en Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo. Vino a los cuatro años con sus padres y después repitió su trayecto por este país «caótico, egocéntrico, cruel y soñador»; aquí pasaría, de manera intermitente, algunos de los años de su vida. 

Chopin hablaba de España como «el país más bello del mundo»

Rilke, uno de los poetas imprescindibles de la literatura universal, atraca en España durante el otoño de 1912, atraído principalmente por Toledo y El Greco, de quien le había hablado su amigo el pintor vasco Ignacio Zuloaga. En la pintura religiosa del renacentista encontró Rilke la simbología del ángel que puebla sus poemas. Y de Toledo a Ronda: se hospedó en el Hotel Reina Victoria, en una discreta habitación que hoy hace las veces de memorial del poeta. A los pocos días de llegar, según atestiguan sus cartas, empieza a sentir un insoportable dolor causado por la incapacidad de convertir en palabra la embriaguez que siente ante la belleza del paisaje. La semana del 6 al 14 de enero de 1913, sin apenas salir de su alcoba, compone la bellísima Trilogía Española, un poema extenso dividido en tres cuerpos.

Otro romántico, Chopin, se instaló en Mallorca, tratando de reparar una tuberculosis que, finalmente, acabaría con su vida. En la isla compuso la mayor parte de sus veinticuatro Preludios, acompañado por la escritora George Sand. Se instalaron en la Cartuja de Valldemossa, que fuera residencia del rey Sancho I. En una carta a su amigo Julio Fontana, Chopin describe el lugar como «una encantadora cartuja enclavada en el país más bello del mundo». Mallorca también fue el destino del escritor Robert Graves, que vivió en Deià, donde se conserva la Fundación que lleva su nombre. Allí escribió Yo, Claudio y allí murió, un 7 de diciembre de 1985, a los 90 años. En Mallorca construyó ese catálogo del Olimpo y aledaños, Los mitos griegos. Graves no solo escribía siempre a mano, sino que gustaba de fregar los platos, algo que le permitía «pensar sin interferencias».

En otra isla, Lanzarote, arraigó el premio nobel José Saramago después de abandonar Portugal en 1993 por la mala acogida que tuvo su Evangelio según Jesucristo. Ya en Tías, escribió Ensayo sobre la ceguera: allí mismo se esparcieron sus cenizas. 

Julio Verne prefirió el norte, razón por la cual se afincó una durante una temporada en las islas Cíes. La bahía de Vigo parece ser el lugar escogido por el enigmático capitán Nemo para enterrar su fortuna, al tiempo que Stefan Zweig comparó Sevilla con Salzburgo en De viaje. Francia, España, Argelia e Italia: «En todas sus calles resuena la música (…). La vida parece tener aquí un ritmo más veloz y las personas la sangre más viva (…), aquí se puede ser feliz».

Y Ava se orinó en la alfombra del Ritz

Otro de los premiados de la academia sueca, Hemingway, exhibía por las ciudades españoles sus borracheras, su fanfarronería y su puro en ristre, haciendo suyos los Sanfermines. Hemingway idolatró la España de la República y la del atraso franquista, la España de los toros, los toreros, el flamenco y la juerga interminable, y en España transcurre también su libro póstumo, Un verano peligroso, en el que relata sus andanzas con Antonio Ordoñez y Luis Miguel Dominguín.

Las fiestas de Ava Gardner resultaron proverbiales: todos cabían en sus particulares y escandalosos guateques

Pero acaso la forastera más indómita y célebre es una mujer, Ava Gardner, que pasó 13 años en Madrid, primero en el Ritz y después en la colonia de El Viso. No hubo torero, taxista o camarero que no presumiera de haber sido seducido por Ava. Llegó a Tossa de Mar para rodar Pandora y el holandés errante y se enamoró de estas tierras (y de algunos lugareños, dicho sea de paso). Sus fiestas resultaron proverbiales: Tennessee Williams tomando copas con Lola Flores, Orson Welles departiendo con un soldado raso de la base americana… todos cabían en sus particulares guateques. Sus escándalos enturbiaron –y atenuaban– la siempre gris moral española de entonces. El Ritz le prohibió la entrada por llegar una noche borracha, a lo que ella respondió orinándose en la alfombra de entrada: algo que forma parte de la leyenda y que, aún así, es más que creíble. «Adoro España, es un país salvaje y genuino, y sus colores son estupendos y se adaptan muy bien a mi temperamento, un poco dramático y sanguíneo», llegó a afirmar la diva en una entrevista.

Ya instalada en su chalé, su vecino, el ex dictador argentino Juan Domingo Perón, llamaba día sí y día también a las altas instancias franquistas para que pusieran coto a los desenfrenos de la actriz. El régimen, que por un lado se beneficiaba de la atención internacional que acaparaba España por tan insigne invitada, terminó por no saber manejar la situación y le reclamó, vía Hacienda, un millón de dólares. Era una manera sutil de invitarla a abandonar el país. Las malas lenguas hablan de una entrevista de la condesa descalza y Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo, con quien trató de librarse de la multa.

Otra estrella hollywoodiense, Devorah Kerr, la voluptuosa pelirroja que se revolcaba en la playa, apasionada, con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad, vivió 35 años en Marbella, convirtiéndose junto a su marido, el escritor Peter Viertel, en una de las promotoras de las noches marbellíes, cuando gozaban de glamour y encanto.

De la vida a la muerte por sorpresa, o no tanto. En Madrid murió esa solemne presencia masculina que respondía al nombre de Tyrone Power, que rodaba bajo las órdenes de King Vidor la película Salomón y la reina de Saba. Él, claro, encarnando al rey de Israel. Después de terminar una escena, dijo encontrarse mal, por lo que le sirvieron una copa de coñac: fue inútil. Poco después le llevaron a su hotel (Castellana Hilton) en el coche de Gina Lollobrígida (que interpretaba a la mismísima reina de Saba). Al entrar se desplomó y, cuando lo trasladaron al Ruber, solo se pudo certificar su muerte. Murió, literalmente, no solo con las botas puestas, sino también con la estola y los brazaletes de Salomón. Y un dato peculiar: era un entusiasta de los campeonatos mundiales de pelota vasca. 

Lo curioso es que quien rodó la que sería la última escena de Power, el actor George Sanders, decidiera años más tarde, en 1972, quitarse la vida –acuciado por cuantiosas deudas– después de haber perdido a su hermano, su madre y su tercera esposa. Ingirió cinco frascos de Nembutal en el Hotel Rey Don Jaime de Castelldefels. Tenía 65 años y dejó una nota un tanto resentida y poco elegante: «Querido mundo: he vivido demasiado tiempo, prolongarlo sería un aburrimiento. Os dejo con vuestros conflictos, vuestra basura y vuestra mierda fertilizante».

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