Cultura

Cartas a un buscador de sí mismo

En ‘Cartas de un buscador de sí mismo’ (Errata Naturae), Henry David Thoreau conversa con el joven Harrison G. Blake a través de una peculiar comunicación epistolar en la que le transmite su conocimiento sobre temas como el sexo, el trabajo, la libertad, la naturaleza o el amor.

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08
Jul
2022
cartas a un buscador de sí mismo
‘The End of the Day, Adirondacks’ (1890) por Winslow Homer.

La diferencia que existe entre un hombre y una mujer, lo que les hace atractivos el uno para el otro, no ha sido aún satisfactoriamente descrita por nadie. Quizá debamos admitir lo justo de la distinción que asigna al hombre la esfera de la sabiduría y a la mujer la del amor, pese a que ninguna pertenezca en exclusiva a cualquiera de ellos. El hombre repite continuamente a la mujer: ¿por qué no eres más juiciosa?; la mujer repite continuamente al hombre: ¿por qué no eres más cariñoso? No está en su voluntad ser juiciosos o cariñosos; y sin embargo, a menos que cada uno sea juicioso y cariñoso, no habrá ni sabiduría ni amor.

Toda bondad trascendente es una, pese a que puede apreciarse de diferentes maneras o mediante distintos sentidos. La vemos en la belleza, la escuchamos en la música, la olemos en una fragancia, la saboreamos en un bocado, y todo el cuerpo la siente como una salud extraña. La variedad está en la superficie o la manifestación, pero fallamos al expresar su identidad radical. El amante, es cierto, ve en la mirada de su amada la misma belleza que aparece dibujada en los cielos del Oeste. Es el mismo daimon, al acecho aquí tras un párpado humano, allá tras los párpados declinantes del día. Aquí, a pequeña escala, se encuentra la antigua y natural belleza del atardecer y el amanecer. ¿Pero qué amante astrónomo ha conseguido alguna vez penetrar las etéreas profundidades de los ojos?

El amante ve en la mirada de su amada la misma belleza que aparece dibujada en los cielos del Oeste

La joven esconde una flor más clara y un fruto más dulce que cualquier cáliz de la tierra, y si acude retraída, confiando en su pureza y resolución, conseguirá que, retrospectivamente, los cielos y toda la naturaleza la proclamen su reina. Bajo el influjo de este sentimiento, el hombre es como las cuerdas de un arpa eólica, que vibran con los céfiros de la mañana eterna.

A primera vista hay algo banal en el hecho de que el amor sea tan común. Tantos son los jóvenes indios, hombres y mujeres, que a lo largo de estas riberas han cedido a la influencia de este gran civilizador. No obstante, esta generación no está disgustada o desmotivada, pues el amor no es una experiencia individual, y pese a que somos transmisores imperfectos, éste no comparte nuestra imperfección; aunque seamos mortales, el amor es infinito y eterno; y esta divina influencia también fluye en estas riberas cualquiera que sea la raza que en ellas habite, y quizá siguiera haciéndolo incluso si la raza humana no habitara aquí.

Quizá sobrevive un instinto en el más intenso amor que previene del total abandono y de la entera devoción, y hace un poco reservado incluso al amante más fogoso. Se trata de la anticipación del cambio. Pues el amante más ardiente es a la vez sabio en la práctica y busca un amor que dure para siempre.

Considerando las escasas amistades poéticas que existen, es llamativo que haya tantos matrimonios. Es como si los hombres cedieran demasiado fácilmente a las directrices de la naturaleza sin consultar antes a su genio. Uno puede sentirse ebrio de amor sin estar ni siquiera cerca de encontrar su meta. Hay más de buen corazón que de buen sentido en el fondo de la mayoría de los matrimonios. Pero el buen corazón debe estar guiado por el buen espíritu o la inteligencia. ¡Cuántos matrimonios no se habrían producido si se hubiera consultado al sentido común! Y si se hubiera acudido al sentido menos común o divino, ¡qué pocos matrimonios como los que presenciamos habrían tenido lugar! Nuestro amor puede aumentar o decrecer. Está en su naturaleza, si puede decirse así.

A las almas superiores debemos respetar, 

Pero sólo a las inferiores sabemos amar. 

El amor es un crítico severo. El odio es capaz de perdonar más que el amor. Quien aspira a amar dignamente se expone a la más severa de las pruebas. ¿Es su amiga una de esas personas que se hacen más cercanas a medida que el valor que usted ofrece aumenta? ¿Se siente atrapada por usted? ¿Atraída por su nobleza? ¿Por su más peculiar virtud? ¿O es indiferente y ciega ante estas cosas? ¿Se mostrará complacida y halagada si va a su encuentro por cualquier sendero que no sea propiamente ascendente? En ese caso, el deber exige que se separe de ella.

El amor es un crítico severo. El odio es capaz de perdonar más que el amor

El amor debe ser llama y luz. Donde no hay discernimiento, el comportamiento del alma más pura puede llegar a la vulgaridad. Un hombre de percepciones refinadas es más auténticamente femenino que una mujer meramente sentimental. El corazón es ciego, pero no así el amor. Ningún dios discrimina tanto. En el amor y la amistad la imaginación se cultiva tanto como el corazón, y si alguno de ellos es ultrajado, el otro lo acusará. La imaginación es, en general, la primera en ser herida, y no el corazón, pues ésta es mucho más sensible.

Comparativamente, podemos perdonar cualquier ofensa contra el corazón, pero no contra la imaginación. La imaginación es sabia —nada escapa a su mirada— y controla el pecho. Mi corazón podrá codiciar el valle, pero mi imaginación no me permitirá arrojarme al precipicio que me separa de él, pues está herida, sus alas cerradas, y no puede volar, ni siquiera para descender. «¡Nuestros «torpes corazones»!», dijo un poeta. La imaginación nunca olvida. Es un recordar, un reanudar. Nada en ella es infundado, sino al contrario, bastante razonable, y sólo ella utiliza todo el saber del intelecto.

El amor es el más profundo secreto. Una vez divulgado, incluso a la persona amada, deja de ser Amor. Como si sólo yo te amara. Y una vez el amor cesa, se divulga. En nuestra relación con aquel que amamos, deseamos respuestas para aquellas preguntas al final de las cuales no alzamos nuestra voz, a las que no añadimos signos de interrogación —tener respuesta con la misma mira permanente y universal, dirigida en cualquier dirección—.

Necesito que conozcas cada cosa sin que nada se te diga. Abandoné a mi amada porque había algo que debía decirle. Me preguntó sobre algo. Debería haberlo sabido todo por afinidad. Tener que contarle no era más que la certificación de nuestra diferencia, la incomprensión. El amante nunca presta buen oído a aquello que le cuentan, pues sabe que normalmente será o mentira o poco fiable; sin embargo, está bien atento a lo que ocurre en el instante mismo, como los centinelas que sin duda escucharon a Trenck exca- var la tierra y finalmente aceptaron que debía de tratarse de un topo.

Una relación puede ser profanada de distintas maneras. Las partes pueden no respetarla con la misma sacralidad. ¡Qué ocurriría si el amante supiera que es amado con encantamientos y cautelas! ¡Qué pasaría si supiera que su amante consultó a un vidente! El lazo se rompería de inmediato.

Si negociar y regatear son perjudiciales en los negocios, mucho peores son para amor. Éste ha de ser directo como una flecha. Existe el peligro de que perdamos de vista lo que nuestra amiga es de forma absoluta, y veamos sólo aquello que significa únicamente para nosotros. El que ama no quiere a un juez parcial. Dice: sé tan bueno como justo.

¿Podrías con la mente amar

Y con el corazón razonar?

¿Podrías con amabilidad comportarte

Y de tu amado separarte?

¿El mar, la tierra y el cielo surcar

Y en cada lugar llegarme a encontrar?

Entre todas las vicisitudes no haré sino escoltarte,

Entre todos los vivos, cortejarte.

En verdad, en verdad, no sabría indicar,

Por mucho que lo pueda meditar,

Qué podría decir más fácilmente,

Si el odio o el amor que siento por ti.

Debes creerme completamente

Si expreso el odio que albergo hacia ti.

¡Oh! Te odio con tal energía,

Que te destruiría con alegría.

Aun así, algunas veces, contra mi voluntad,

Mi querida amiga, te amo de verdad.

Sería traición a nuestro amor,

Y un pecado contra Nuestro Señor,

Eliminar la más mínima insignificancia

De este odio puro y libre de arrogancia.*

No basta con que seamos sinceros: debemos proponernos y llevar adelante altos propósitos por los cuales ser sinceros. Sin duda es poco frecuente que encontremos a alguien con quien relacionarnos de un modo ideal, y que ella quiera hacerlo igualmente con nosotros. No debemos tener reservas, debemos ofrecernos por completo a dicha sociedad, no debemos tener otro deber más allá de ése. ¡Alguien que pudiera soportar ser tan maravillosa y exageradamente bella cada día! Intentaría que mi amiga olvidara su baja autoestima y la ayudaría a llegar a lo más alto, y allí la conocería. Sin embargo, es más frecuente que los hombres sientan tanto miedo al amor como al odio. Se ocupan de cosas mucho menos importantes. Tienen deberes más inmediatos a los que servir. Carecen de la imaginación necesaria para ocuparse así de un ser humano, y prefieren dedicarse a reparar la grieta de un tonel.

Sin duda es poco frecuente que encontremos a alguien con quien relacionarnos de un modo ideal

Qué enorme diferencia cuando, durante los paseos, sólo encontramos extraños, y cuando en casa uno conoce a todo el mundo, o todos le conocen. ¡Tener un hermano o una hermana! ¡Tener una mina de oro en tu granja! ¡Hallar diamantes en la grava del rellano tras la puerta! ¡Qué cosas tan extrañas! Compartir el día contigo, poblar la tierra. Tener un dios o una diosa por compañero de paseo, o pasear sólo con campesinos y zafias gentes de campo. ¿Acaso no acrecienta una persona amiga la belleza del paisaje tanto como un ciervo o una liebre? Nada sería ajeno a dicha relación, y todo estaría a su servicio. Los granos de los campos, los frutos en los prados. Las flores florecerían, y los pájaros cantarían con nuevos bríos. Habría más días claros en el año.

El objeto del amor se expande y crece ante nosotros hacia la eternidad, hasta que abarca todo lo que es dable amar, y llegamos a ser todo lo que se puede amar.


*Versos de Henry David Thoreau.

Este es un fragmento de ‘Cartas de un buscador de sí mismo‘ (Errata Naturae), por Henry David Thoreau.

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