Sociedad

Así como te amaron, amarás: cuando el apego ansioso arruina una relación

La dependencia emocional, el afecto intermitente y el miedo al abandono se gestan de forma temprana, imprimándose en nuestra memoria emocional. Entender cómo construimos estas formas de apego en la infancia es la clave para mejorar los vínculos que formamos como adultos.

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11
Feb
2022
dependencia emocional

Establecer vínculos es una necesidad innata del ser humano. En primer lugar, posibilita la supervivencia, puesto que los bebés son completamente dependientes de sus cuidadores durante los primeros meses de vida. Pero va mucho más allá: una madre puede proporcionar a su hijo alimento y un hogar seguro, pero sin afecto y confianza, la relación tendrá carencias, como si se tratase de un puzzle incompleto. La pieza que falta: el apego. 

Esta pieza comenzó a cobrar importancia a mediados del siglo XX. Previamente, los expertos en Psicología del Desarrollo y Psiquiatría Infantil consideraban que la base del afecto entre un bebé y sus cuidadores era la alimentación. Cuando la madre daba el pecho a su hijo, éste aprendía que ella era la fuente principal de gratificación y refuerzo y, en consecuencia, desarrollaba un vínculo. Un planteamiento que dejaba en el aire numerosas incógnitas. Por ejemplo, la razón por la que el bebé se apegaba también a su padre si éste no le daba el pecho o qué ocurría cuando la madre no podía alimentar a su hijo. En busca de respuestas surgió la teoría del apego de la mano de John Bowlby, demostrada empíricamente por Harry Harlow.

En 1964, Harlow separó a varias crías de monos Rhesus de sus progenitoras y las sometió a una situación de privación maternal. Como alternativa, creó dos madres falsas: una de alambre con un biberón que proporcionaba alimento, y otra de felpa suave. Encontró que las crías de primate acudían a la madre de alambre exclusivamente para comer, volviendo rápidamente a la jaula en la que se encontraba la madre de felpa en busca de calidez y tranquilidad.

Esta conducta era todavía más evidente cuando se introducía algún cambio estimular en el entorno de los primates, ya que, tras el desconcierto inicial, los pequeños monos Rhesus se protegían junto a los muñecos suaves. El apego hacia las falsas monas de felpa era mucho más evidente, demostrando que la necesidad de afiliación no depende del alimento, sino del cuidado y el afecto. De una forma cruel pero certera, Harry Harlow confirmó la teoría del apego de John Bowlby, quien definió en 1958 este proceso como una relación estable, cercana y afectuosa, siendo el ejemplo prototípico el apego entre un bebé y sus padres.

En lugar de autonomía, dependencia emocional

Harlow demuestra con su experimento que el apego surge de forma instintiva cuando los bebés se sienten seguros, protegidos y, en definitiva, cuidados. Pero para consolidarse requiere de otros aspectos más complejos, como el afecto o el respeto de la autonomía del niño. El resultado es un apego seguro, algo que solo se produce en el 65% de los casos, tal y como encontró la psicóloga Mary Ainsworth en una extensa investigación durante los años setenta que duró casi una década. Además de las aportaciones de Ainsworth, se realizaron estudios en otras culturas encontrando datos muy similares.

Lo más llamativo de estos hallazgos es que el apego, si bien es clave durante la infancia, no se limita a los primeros años de vida. Los niños que desarrollaron un apego seguro tienen mayor probabilidad de mantener relaciones saludables con otras figuras importantes de su vida en el futuro, como la pareja o sus propios hijos, transmitiéndose el estilo de crianza como si fuese una impronta en nuestro material genético.

El apego seguro, basado en el afecto al niño y el respeto de su autonomía, solo se produce en el 65% de los casos

Así como nos amaron estamos condenados a amar. Replicaremos las mismas dinámicas con nuevas figuras de apego. El problema surge cuando dichas dinámicas no se caracterizan por la seguridad, lo que, según Mary Ainsworth, ocurría en el 35% de los casos. 

Cuando los cuidadores ignoraban reiteradamente al niño, desatendían sus necesidades emocionales, expresaban poco afecto verbal y físico o se mostraban críticos con el menor, era muy frecuente que éste desarrollase un apego inseguro ansioso. El resultado era un punto de inflexión en el desarrollo. El niño comenzaba a actuar de forma pasiva. Apenas quería explorar su entorno, reaccionando con miedo ante cualquier pequeño cambio. La autonomía se veía sustituida por una completa sumisión. Necesitaba la aprobación de su figura de apego, pero sabía que ella no iba a estar disponible, así que actuaba con hipervigilancia, llamando su atención incansablemente. Además, restringía por completo las interacciones con otras personas. Su mundo social se limitaba al cuidador, un cuidador que no podía o quería atenderle como él lo necesitaba.

Esta primera relación condiciona nuestra forma de entender el amor, y aunque los estudios de Ainsworth se centraron en el vínculo paternofilial, las investigaciones posteriores demostraron que el apego se consolida a lo largo de nuestra vida. El primer mejor amigo, el primer amor, el primer compañero de piso… Todos ellos tienen el poder de curar viejas heridas o crear futuras cicatrices. 

Una relación intermitente, donde hoy gustas pero mañana estorbas, guarda una gran conexión con la dependencia emocional

Una relación con refuerzo intermitente en la que hoy eres su alma gemela, pero mañana estorbas, también guarda gran relación con la ambivalencia del apego. Aprendemos que el vínculo no es estable y que, por mucho que nos esforcemos, nunca sentiremos seguridad. En consecuencia, reaccionamos como un bebé de apenas un año que no puede valerse por sí mismo: con dependencia. Si la relación termina, el aprendizaje sigue latente en nuestra memoria emocional. Pensamos que la única forma de evitar que nos abandonen es anteponiendo las necesidades de la otra persona a las nuestras, cediendo en todo momento y perdiendo la individualidad. Al contrario de lo que pretendemos, alejamos relaciones sanas.

La única salida es reconstruir nuestro apego –con la dificultad implícita que supone diseccionar todos los vínculos que hemos formado a lo largo de nuestra vida–, visualizar sus luces y sus sombras y adquirir nuevas herramientas de gestión emocional que nos permitan formar y consolidar relaciones seguras. Este proceso puede durar toda una vida, viéndose facilitado por la terapia psicológica en algunos casos, por el apoyo mutuo en otros, y por el gran esfuerzo personal que supone deconstruir nuestros afectos en todos.

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