Opinión

La fragilidad

Nuestra época no tiene el monopolio de la desazón. La historia es una sucesión de situaciones críticas y por eso los profetas y los discursos apocalípticos siempre encuentran un público hambriento. Y no se trata tanto de buscar consuelo en las cicatrices del tiempo como de sacudirse ese adanismo y ese ensimismamiento narcisista que nos hace sentirnos tan especiales, tan distintos, tan víctimas de nuestra época.

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09
Jun
2022
historia
‘Le surfeur’, por Jean Jullien.

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Una de las ideas más repetidas sobre la pandemia es que nos desnudó con violencia, devolviéndonos a la fragilidad y a la insignificancia azarosa de nuestra existencia. El hombre se volvía a sentir vulnerable, como ese ciervo asustado de los poemas de Panero que escucha –¡baaaang!– el sonido del rifle en mitad de la noche. Nos despedimos de una crisis para dar la bienvenida a otra, pero las heridas sociales y anímicas que nos hacen sentir tan quebradizos aún no se han cerrado. Ahora, con la resaca a cuestas de tres crisis globales (financiera, sanitaria y bélica), la angustia cotiza al alza en estos nuevos locos años veinte de la historia en los que los fabricantes de ansiolíticos no dejan de hacer caja.

Y en ese cenagoso malestar se detiene con lucidez envidiable –ese es el peligro de las buenas compañías que tenemos en Ethic– el filósofo Javier Gomá en el tema de portada que ha escrito para el número 52 de la revista, un artículo largo sobre la crisis de la democracia liberal y los claroscuros de la condición del hombre moderno. Gomá es un tipo que sabe pensar; es decir, es algo así como una especie en peligro de extinción y en su artículo, pone el foco en ese malestar que se ha instalado entre nosotros como una tubería podrida. Ese descontento no atiende al balance rotundamente óptimo que en términos históricos viene generando ese esfuerzo colectivo y errático al que llamamos progreso.

Ortega nos advirtió en La rebelión de las masas sobre la inconsciencia y el desapego del hombre en relación con la herencia y los privilegios que recibimos de la historia y de las generaciones que nos precedieron. Tener elecciones libres, que las universidades no sean cotos privados restringidos a unos pocos, abrir el grifo de la cocina y que salga agua fresca, contar con un hospital público a una distancia razonable de casa o poder plantarse tras unas horas de avión en Nueva York, Tel Aviv o Sri Lanka son conquistas que nos han sido dadas gracias al esfuerzo acumulado y a la creatividad y ambición de quienes nos precedieron. Sin embargo, nuestra inteligencia y nuestra cartografía emocional se muestran incapaces de sentir gratitud por todo ese legado que hemos recibido.

«La historia es una sucesión de situaciones críticas, por eso los profetas siempre encuentran un público hambriento»

Nuestro talento se revela mucho más eficaz a la hora de escudriñar la parte más desfavorable de la balanza y también de cimentar las rencillas y el odio frente a esos enemigos públicos –que a veces son molinos y otras, gigantes– contra los que se vive mejor, pues le suelen dar forma a ese sentimiento de náusea e impotencia que a veces nos acompaña. Esta división cainita supone otra herida profunda. De toda esa carroña, como sabemos, se alimentan populistas de uno y otro plumaje. Tampoco deberíamos pasar por alto que la desigualdad no sirve, por sí sola, para explicar las profundas corrientes eléctricas por las que circula el malestar creciente. Ojalá fuera tan fácil como lo pintan algunos.

Nuestra época no tiene, ya lo sabemos, el monopolio de la desazón. La historia es una sucesión de situaciones críticas y por eso los profetas y los discursos apocalípticos siempre encuentran un público hambriento. No se trata tanto de buscar consuelo en las cicatrices del tiempo como de sacudirse ese adanismo y ese ensimismamiento narcisista que nos hace sentirnos tan especiales, tan distintos, tan víctimas de nuestra época. «Little boy lost, he takes himself so seriously», cantaba Bob Dylan. Siempre nos ha acompañado una letanía amarga, un cante jondo, una canción de amor desesperado. Aunque en las bodas de Caná no les faltara el vino, los mitos que moldeamos y que nos han moldeado sirvieron para expulsarnos de un edén para el que nadie ha vuelto a encontrar las llaves. En un gesto tan heroico como temerario, Prometeo robó el fuego para dárselo a los mortales y le hicieron pagar por ello: un águila devoraba su hígado cada día hasta que fue liberado por Hércules, que por allí pasaba.

«Las fronteras entre el bien y el mal se desdibujan continuamente, aunque algunos cráneos privilegiados lo vean todo siempre tan claro»

En el siglo XIX, los ilustrados reivindicaron el ideal de felicidad al mismo tiempo que Kierkegaard, el padre del existencialismo, ilustraba nuestra perpetua inclinación a la angustia. En el XX, Sartre dijo eso de que «el infierno son los otros», mientras que el mundo se dotaba de una Declaración Universal de Derechos Humanos. Las fronteras entre el bien y el mal se desdibujan continuamente, aunque algunos cráneos privilegiados lo vean todo siempre tan claro. Realidades divergentes y antagónicas conviven en el tiempo y en el espacio. Ese fuego cruzado hace que a los homínidos se nos vuele la cabeza con cierta frecuencia. Tampoco debemos flagelarnos por ello. A veces, simplemente, toca seguir circulando.

La historia y la condición del hombre es, en parte, la historia de un grito desesperado, tan desgarrador e impactante como refleja el popular cuadro de Munch que hace unos años pudimos admirar en el Thyssen gracias a esas cosas del mundo moderno que mencionábamos antes. Pero también es la historia de la búsqueda de la belleza, que a veces se nos regala y otras tantas es el resultado de una esforzada conquista; del amor que muchas veces nos lleva al éxtasis y que desde luego nos mantiene vivos, juntos y esperanzados; de la inteligencia que en ocasiones hace que brillemos por dentro como si nos hubiéramos comido una ración de luciérnagas; o del humor, que alcanza su forma más elevada cuando le hacemos caso a Bob Dylan y aprendemos a reírnos de nosotros mismos y de esa insignificancia nuestra que tanto nos pesa. Me mola pensar que el protagonista de la pintura de Munch se quedó a gusto después de dar ese grito y se fue a tomar unos vinos con sus amigos, a quienes llevaba tiempo sin ver por unos u otros motivos. Su vida continuó: unos días bebía buen whisky y se iba con una mujer hermosa a la cama; otros, mordía el barro y daba vueltas, solo y de noche, por una ciudad que colgaba del cielo y parecía abandonada por esos dioses que nunca fuimos los hombres

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