Siglo XXI

Los males de la ciencia

Los obstáculos para participar de los beneficios y el desarrollo de los avances científicos van desde la raza, la nacionalidad y el género hasta el nepotismo más descarado. En ‘Los males de la ciencia’ (Next Door Publishers), los autores arrojan luz sobre los puntos ciegos del conocimiento con la esperanza de que este continúe siendo un «factor de progreso».

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17
May
2022
ciencia

El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que es consecuencia directa de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en vigor desde el 3 de enero de 1976, establece que los Estados partes reconocen el derecho de toda persona «a gozar de los beneficios del progreso científico y de sus aplicaciones». Sin embargo, hay grandes diferencias entre los países desarrollados y los que se encuentran en vías de desarrollo en el disfrute de los beneficios de la ciencia.

Si bien es cierto que la vida en estos últimos es mejor de lo que era hace unos años gracias, en gran parte, a la ciencia y la tecnología –más vacunas, mejores tratamientos, acceso a telecomunicaciones, variedades agrícolas mejores y otras–, en la actualidad ese derecho está muy lejos de poder garantizarse. No en todos los países se dan las condiciones socioeconómicas para hacerlo posible. La inmensa mayoría de habitantes de los países más pobres ve muy limitado el acceso a muchos productos que ofrece la ciencia a la ciudadanía de los países más ricos, especialmente en materia de salud.

Hay múltiples ejemplos del incumplimiento del derecho a la ciencia en ese aspecto, pero la pandemia de la covid-19 ha mostrado en toda su crudeza las diferencias enormes que, al respecto, hay entre países pobres y ricos. El caso más claro es el de la administración de las vacunas. A pesar de proclamas, declaraciones y demandas desde diferentes instancias, los tiempos de vacunación han variado muchísimo de unos países a otros, en función de su riqueza. Los que han podido permitírselo han vacunado a su población –o, al menos, a la parte de su población que así lo ha querido– en menos de un año.

La inmensa mayoría de habitantes de los países más pobres ve muy limitado el acceso a muchos de los productos ofrecidos por la ciencia

Otros países han tenido prácticamente que esperar a que terminara la vacunación en las potencias económicas para poder empezar a proteger a su gente. Se ha dado la circunstancia de que se han enviado a países pobres lotes de vacunas que no habían sido utilizadas en los países ricos por la gente reticente a vacunarse. Resulta paradójico, además, que el retraso en la vacunación de miles de millones de personas en los países del sur es un factor que contribuye a socavar la eficacia de los programas de vacunación en los países desarrollados, pues todas esas personas son el medio idóneo para que surjan variantes del SARS-CoV-2 que, eventualmente, pueden acabar superando la barrera inmunológica creada por las vacunas. Los retrasos en la vacunación de los países pobres actuarían así como un bumerán que podría volverse contra los países ricos.

No hace falta irse a otros países. Las diferencias en el acceso a los productos de la ciencia es también una realidad en países desarrollados en los que parte de su población no tiene acceso a, por ejemplo, ciertas terapias contra el cáncer u otros tratamientos caros. La medicina personalizada que promete la ciencia puede convertirse en otra fuente de desigualdad, porque personalizar tratamientos, en algunos casos al menos, estará al alcance solo de unos pocos. Y algo similar cabe anticipar de la previsible aplicación de técnicas de edición genética para curar enfermedades o, incluso, modificar ciertos rasgos in vitro para «mejorarlos».

Desigualdad en la participación en la actividad científica

En lo relativo a la participación en la ciencia, lo ideal es que todas las personas con capacidad para ello puedan hacerlo si esa es su voluntad. Sin embargo, es evidente que tampoco ocurre eso. No todas las personas tienen las mismas oportunidades de dedicarse a la ciencia. La participación en la empresa científica es, por lo tanto, desigual, lo que va en contra o limita su deseable carácter universal. Recordemos, por cierto, que ese rasgo era, precisamente, la primera de las normas CUDOS, según la cual, dado que todas las personas pueden contribuir a la ciencia con independencia de su raza, nacionalidad, cultura o género, todas han de ser tratadas como potenciales contribuyentes a la ciencia.

No todas las personas tienen las mismas oportunidades de dedicarse a la ciencia, lo que limita su deseable carácter universal

Para empezar, y como ocurre con el disfrute de los beneficios de la ciencia, también hay, en virtud de las diferencias económicas, grandes desigualdades entre unos países y otros en las posibilidades de dedicarse profesionalmente a la ciencia. La mayor parte de quienes viven en regiones o países con menos recursos tienen prácticamente vedado el acceso a la actividad científica. Hay dos razones para ello. La más evidente es que los países pobres disponen de pocos recursos y, en teoría, los suelen dedicar a satisfacer necesidades acuciantes o, al menos, la ciencia no se encuentra entre sus prioridades de gasto.

La segunda razón es que la práctica científica requiere de un adiestramiento muy prolongado, para lo que se necesitan largos períodos de formación. Pero en los países más pobres la escolarización es más baja, y la permanencia en el sistema educativo es relativamente breve. Bajo esas circunstancias es realmente muy difícil iniciarse en la carrera científica. Ese es uno de los elementos, de hecho, que sustenta el vínculo entre desarrollo científico y grado de libertad en un país, porque para poder promover la ciencia en un país hay que proporcionar educación al conjunto de la población, y esa educación es también la base de una ciudadanía más crítica y exigente.

De un modo similar, las diferencias socioeconómicas en el seno de un mismo país también pueden representar una limitación para el acceso universal a la ciencia. Los chicos y chicas de extracción sociocultural más baja encuentran en la práctica más dificultades para acceder a altos niveles de formación y, por lo tanto, al desempeño de profesiones científicas. Eso ocurre, incluso, en países en los que hay políticas activas de promoción de la igualdad de oportunidades, pero es más grave la desigualdad en aquellos en los que no hay tales políticas.

Favoritismo y «efecto Mateo»

Las posibilidades de participar en la actividad científica también se ven limitadas, o incluso pueden anularse, cuando el acceso a la financiación para desarrollar proyectos no se rige por criterios estrictamente meritocráticos o, alternativamente, mediante procedimientos aleatorios. Por ejemplo, quienes forman parte de las comisiones que evalúan propuestas de financiación de proyectos de investigación o de concesión de becas o puestos de trabajo no siempre toman sus decisiones de acuerdo con criterios objetivos basados en la competencia y capacidad de quienes hacen las propuestas, tal y como quedan reflejadas en sus currículos, o en su interés intrínseco.

Los chicos y chicas de extracción sociocultural más baja encuentran en la práctica más dificultades para acceder a altos niveles de formación

En un estudio ya clásico en Suecia, se encontró que los miembros de comités que asignaban puestos posdoctorales favorecían a las personas con las que tenían alguna relación. Una década después, un nuevo análisis con la misma metodología concluyó que el favoritismo hacia las amistades persistía. De estudios realizados en un único país no pueden extraerse conclusiones universales firmes, pero no se trata de asignar carácter universal al problema, sino de señalar que en algunos sistemas existe y que, por lo tanto, es un mal que puede afectar potencialmente al resto de los sistemas científicos, por lo que conviene que se estudie y, de existir en algunos de ellos, se detecte para poder actuar. El favoritismo a la hora de asignar recursos a los proyectos de investigación o de promover a determinadas personas en el acceso a becas y contratos, en el contexto de una carrera investigadora, es la forma más grosera de discriminación en el mundo de la ciencia. Pero no es la única, porque pueden verse favorecidas de forma más sutil unas personas antes que otras en esas tesituras, incluso sin que haya plena consciencia de ello. El llamado ‘efecto Mateo’ es una de esas formas.

El efecto Mateo es, según Robert Merton, una de las consecuencias que se derivan del carácter social de la ciencia. Fue descrito inicialmente como la mejora de la posición o estatus de científicas y científicos eminentes como consecuencia de la consideración mayor que reciben en comparación con quienes colaboran en sus investigaciones, obtienen resultados similares o hacen los mismos descubrimientos de manera independiente. Pero también puede dar lugar a que aumente la visibilidad de las contribuciones que hacen las personas de más renombre en perjuicio de las menos conocidas.

Como consecuencia de esa mayor consideración y visibilidad se produce un efecto adicional, psicológico, en virtud del cual quienes logran un mayor reconocimiento tienen, además, más confianza en sus posibilidades y se dedican en mayor medida a intentar resolver problemas científicos fundamentales. En consecuencia, quienes alcanzan más alto nivel publican más artículos que son más citados por sus colegas y consiguen más recursos, lo que, a su vez, les permite aumentar la distancia con quienes obtienen menor reconocimiento.

Los lectores o lectoras que no han recibido una educación religiosa como la que recibimos los autores de este ensayo quizás no se hayan percatado de la razón de denominar «Mateo» al efecto considerado en estas líneas. Se trata de una expresión cuyo origen se halla en la parábola de los talentos del Evangelio de Mateo (13:12), en esta afirmación: «Porque al que tiene se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene le será quitado».


Este es un fragmento de ‘Los males de la ciencia’ (Next Door Publishers), por Juan Ignacio Pérez y Joaquín Sevilla.

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