Siglo XXI

«Tenemos una democracia tan digna como la de nuestros vecinos europeos»

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23
Mar
2022
democracia

Dialogar con el historiador y académico Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942) significa adentrarse en un delicado viaje hacia el albor de la humanidad misma, tanto en el sentido de recorrer la sucesión de acontecimientos que llamamos ‘Historia’ como observar al detalle aquellos rasgos de nuestra condición natural que rutilan entre las asperezas del presente. Colmado de sabiduría, García de Cortázar analiza la salud de la democracia española y el futuro mundo a través de nuestra propia existencia. 


Historia, en su origen etimológico griego, procede de una curiosa palabra: historíe, que significa «investigar, preguntar». ¿Cuánto cree usted que hay de detectivesco en el estudio de la Historia? 

Historíe, sí. Contar lo que ha pasado y explicarlo es y sigue siendo el sentido fundamental de lo que hoy llamamos Historia. Heródoto, a quien podemos considerar con certeza el padre de la Historia, lo resume a la perfección en la primera frase del libro que dedicó a narrar las Guerras Médicas. La historia se escribe para «evitar que con el tiempo caiga en el olvido lo ocurrido entre los hombres y así las hazañas, grandes y admirables, realizadas en parte por los griegos y en parte por los bárbaros, queden sin gloria; y, ante todo, para que se conozcan las causas que les indujeron a la guerra». Ahora bien, la Historia, para ser útil, debe estar bien escrita. Yo siempre he cuidado esto en todos mis libros, y especialmente, en el último, Paisajes de la historia de España, una obra con la que sigo fiel a mi empeño de llevar al presente la realidad histórica de nuestro país como algo que nos apela e implica, superando el discurso de la decadencia y el pesimismo.

¿Hasta qué punto es importante el estudio de la Historia para el devenir de la humanidad? 

«El hombre», decía Ortega, «es el hombre del paleolítico, pero también es la marquesa de Pompadour, es Genghis Khan y Stephan George, es Pericles y Charles Chaplin». Y concluía: «El hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia». Sucede, pues, que para saber lo que es el hombre, el mundo, un país, hay ante todo que saber cómo hemos llegado a ser lo que somos. La Historia nos enseña que la identidad es un proceso –España, como Francia o Inglaterra son lo que ha sido a través de su historia– y desconocerla es como carecer de derechos civiles. De hecho, la Historia es una vacuna contra la ignorancia y la propaganda: una sociedad que desconoce su pasado es más indefensa y manipulable. La historia es completamente necesaria para desbaratar las mentiras que los aspirantes al poder cuentan sobre ella e inculcar el sentido de las responsabilidades políticas, morales y civiles, mostrando que nada de lo ocurrido tuvo que ocurrir inevitablemente, que lo que pasó ayer y pasa hoy no responde a un destino ciego, sino a la inteligencia de la humanidad y, por supuesto, a su perversidad, estupidez e ignorancia. Por último, la Historia nos recuerda algo que olvidamos con frecuencia: que el desarrollo, el progreso y la cultura son frágiles.

Como experto en la Historia de España y del País Vasco, ¿considera que los españoles acogemos críticamente nuestra historia en común, o se utiliza esta, en cambio, como simple arma arrojadiza?

La Historia debe cumplir una misión esencial: iluminar el pasado, sustituir las falsedades por conocimiento verdadero. El problema que tiene España es que hay demasiados intereses creados en torno a potenciar una versión determinada de nuestro pasado. Hoy la historia se ha convertido en una especie de campo de batalla, una que obedece a la obsesión del nacionalismo y de la izquierda por reescribir el pasado y manipular el presente a su conveniencia. Tenemos la rémora del nacionalismo separatista, que confunde, a sabiendas, historia y esencia, potenciando una visión narcisista y excluyente del pasado. Y a la vez una izquierda que habita en las coordenadas morales de los líderes totalitarios que sirvieron de inspiración a Orwell para escribir su novela 1984. Estamos atrapados sin remedio en los sermones patológicos de un Gobierno que no solo nos cuela una ley de la memoria histórica aberrante, hija de su obsesión patológica con Franco y sus fechorías de hace más de medio siglo que nos obliga a recordar y en cambio nos pide una amnesia colectiva respecto de los crímenes de ETA y los terroristas.

«Vivimos en un mundo donde reinan los opinadores superficiales y juzgamos el pasado con los ojos vacíos del presente»

Para colmo quiere eliminar de la asignatura de Historia de España transmitida a los adolescentes la época de los Reyes Católicos y de los Austrias, el Siglo de Oro. Si alguien sale perdiendo es, una vez más, la idea de España, amputada de raíz por quienes debían protegerla. Sin pecar de pesimista, he de reconocer que el mundo actual está sufriendo una crisis radical, difícilmente reversible, de lo que en otra época se entendía por jerarquía del saber, por liderazgo del pensamiento, por hegemonía cultural. Los sistemas educativos que, antes buscaban la excelencia, han sustituido el conocimiento humanístico y científico por la mera adquisición de habilidades lingüísticas y técnicas y el saber de quienes habían dedicado años de esfuerzo a construir una idea del mundo ha sido reemplazado por la primacía de las opiniones, mientras que las convicciones firmemente asentadas abdican en favor de las pasiones momentáneas. Vivimos, y hay que reconocerlo, en un mundo donde reinan los opinadores superficiales, tertulianos a los que se pregunta de todo y se obliga a responder de todo. Juzgamos el pasado con los ojos vacíos del presente. Ningún personaje de la historia resiste la aplicación de las normas morales de nuestro tiempo. Ninguno, y la explicación es muy sencilla: la Historia la hacen personas de carne y hueso, sujetas a los valores de su época. Todo ese griterío que se monta con esa interpretación anacrónica e interesada de la Historia nos aleja del conocimiento verdadero del pasado.

Ahora mismo, además, nos encontramos ante desafíos antiguos que parecen volver a ocurrir cíclicamente.

Tucídides, que dio un paso más que Heródoto hacia nosotros, escribió su Historia de la guerra del Peloponeso con la idea de mostrar las leyes generales de las pasiones que gobiernan la política, más que para conservar la memoria de los acontecimientos que cambiaron Grecia para siempre. Testigo del conflicto bélico que narra, quiso componer un relato tan racional y preciso en la búsqueda de la verdad que resultara, según sus palabras, un tesoro que pudiera guiar a las generaciones futuras y singularmente a los políticos. Pero la historia no se repite. Cada época tiene su singularidad y resulta difícil compararla con cualquier otra. Admiramos, por ejemplo, el discurso de Pericles, la oración fúnebre por los primeros muertos de la guerra. Un hombre de Estado de nuestro tiempo podría repetirlo si tuviese talento para ello, pero nuestros problemas no son los de la Grecia de Pericles y, por ejemplo, una guerra mundial en nuestros días poco tendría que aprender de la del Peloponeso, de no ser, quizá, algunas virtudes morales permanentes.

En cuanto a España, su viaje hacia la democracia ha sido tortuoso. ¿Nos encontramos, por fin, ante un país sólido y estable?

Las naciones cambian. La España de Quevedo tiene muy poco que ver con la de Jovellanos, pese a que apenas cien años separan una de la otra. España, en efecto, es uno de los países europeos que más ha avanzado en el último siglo. Yo he conocido, por lo menos, tres de sus variantes. En primer lugar, la España de finales de los años cuarenta –los del predominio de Falange–, con la autarquía imposible y el silencio (y el hambre). También la España de los Planes de Desarrollo, en la que el creciente bienestar económico se hizo subversivo y el rechazo a la dictadura dio lugar a un brillante florecimiento artístico y literario. Y la España de la democracia, que 45 años después de la muerte de Franco se ha convertido en un país completamente distinto al que era: una sociedad plural, dinámica y vigorosa que ha aceptado, sin excesiva violencia moral, cambios extraordinarios en la legislación que hasta ayer mismo parecían consustanciales a nuestra nacionalidad y a nuestra conciencia colectiva conviviendo, sin especiales problemas, con el divorcio, el matrimonio homosexual y las familias de un solo progenitor (por citar algunos ejemplos significativos). Los españoles tenemos una democracia tan digna, desarrollada y e imperfecta como la de nuestros vecinos europeos. Sin embargo, hay demasiada miseria moral y escasa densidad cívica en aquellos ambientes en los que la Transición se revive como una mentira descomunal que arrebata a nuestros jóvenes esa parte indispensable de nuestra Historia. Es un verdadero saqueo cultural con consecuencias trágicas que tiñen de guerracivilismo la vida pública, como si las mejores circunstancias de una nación fueran las que la dividen.

«La Historia es una vacuna contra la ignorancia y la propaganda: una sociedad que desconoce su pasado es más indefensa y manipulable»

Europa siempre interpreta España como un país peculiar dentro del continente. ¿Hay un mito diferencial alrededor de nuestro país?

Claro que lo hay. Durante más de 200 años España ha sido vista a través de unos anteojos que resaltaban lo excéntrico, a través de un espejo cóncavo que fijaba la vida española en la geografía del loco Quijote, del pendenciero don Juan o de la Carmen de Merimée. Pero lo peor de todo es que los propios españoles nos hemos terminado creyendo ese mito. Muchos siguen leyendo nuestra Historia desde la óptica de la decadencia. O peor aún, desde los estereotipos de la España negra: la Inquisición, la intolerancia, la predisposición a matarnos los unos a los otros. Hay que tener cuidado con los tópicos. Ese mito, por ejemplo, de que España es la tierra de Caín. O esa identificación de España con el franquismo, tan dramática, tan presente en la izquierda de nuestros días. Hay que recordar que Azaña, por ejemplo, terminaba sus discursos con vivas a España que hacían temblar de emoción a su audiencia. Es triste decirlo, pero nos hemos tragado la leyenda negra sin ningún espíritu crítico hasta el punto de que somos la única nación europea que parece avergonzarse de sí misma, la única nación incapaz de aceptar con naturalidad su pasado o de tener una visión positiva de su historia. La Historia de España está hecha de luces y sombras, como todas las historias de la Historia y, si ha engendrado tiranos y dictadores, también ha dado personajes que han sido leales al humanismo: Séneca, Gonzalo de Berceo, Alfonso IX de León, Alfonso X el Sabio… además de los padres de la Constitución de 1978 y de los seis millones de españoles que, con ocasión del asesinato de Miguel Ángel Blanco, confirmaron su compromiso con la defensa de las libertades a través de una explosión de civismo como no se había visto desde las manifestaciones contra la intentona golpista del 23-F.

En tiempos de polarización, donde lo que parece trascender es el estruendo y la desinformación, ¿qué papel juega la tolerancia, tan reclamada desde el inicio de la filosofía en Occidente?

Decía Voltaire que el gran principio universal es «no hagas lo que no querrías que te hiciesen», añadiendo que no entendía cómo, siguiendo ese principio, un hombre podía decir a otro «cree lo que yo creo y no lo que tú puedes creer, o perecerás». Para el autor de Cándido, la intolerancia era absurda y bárbara. Y estoy de acuerdo. La tolerancia, que es hija de la tradición europea y constituye una de sus más admirables conquistas, es un pilar fundamental de nuestra democracia. El problema es que, cada vez más, suele confundirse con un relativismo gelatinoso que idolatra las diversidades en una negación de toda universalidad. Y no, no todos los valores son iguales. Hay algunos irrenunciables.

Ahora hay discusiones sobre el peso asiático en los países como Ucrania y, especialmente, Rusia. ¿Podemos considerarlos, realmente, naciones completamente europeas, tal como lo entendemos desde nuestra óptica?

Ucrania aspira a serlo; al menos su Gobierno actual parece dispuesto a abrazar los valores irrenunciables que constituyen el alma de Europa. En cuanto a Rusia, me temo que Putin ha vuelto a poner de rabiosa actualidad algunas de las consideraciones que el marqués de Custine hizo en el siglo XIX después de viajar por la Rusia de los zares. Él escribió en sus Cartas a Rusia: «si ustedes me hubieran acompañado en este viaje habrían descubierto conmigo, en el fondo del alma del pueblo ruso, las inevitables devastaciones del poder arbitrario llevado hasta sus últimas consecuencias; primero, una indiferencia salvaje por la santidad de la palabra, por la verdad de los sentimientos, por la justicia de los actos; luego la mentira triunfante en todas las acciones de la vida». En medio del dolor producido por la invasión de Ucrania, quiero recordar cómo los dos gigantes de la narrativa rusa, Tolstói y Dostoievski, fueron capaces de restaurar un sentido de la literatura que devolvió a los hombres y a las mujeres la sensación de formar parte de la Historia. Tan grande ha sido la enseñanza que el ensayista George Steiner sugiere que podría analizarse el carácter de casi todas las personas sabiendo con cuál de los dos escritores se identifica: con la solemne presentación de los grandes ciclos históricos habitados por muchedumbres benévolas, de grandioso corazón, cuya cotidianeidad sólo puede comprenderse formando parte de la constitución del mundo contemporáneo; o con la aproximación mística al sufrimiento liberador de individuos señalados por el destino, enturbiados en el lodazal de sus pasiones, dispuestos a llegar al crimen o al suicidio para demostrar que todo o nada tiene sentido. Que la rusofobia que puedan generar las crueles acciones de Putin no nos haga olvidar lo que la humanidad debe a Tolstói y Dostoievski.

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