Ucrania

Atrapados en la historia

Más de 70 años después de su publicación, la profecía orwelliana parece cumplirse: en su retorcida argumentación basada en un uso pervertido del pasado, la Rusia de Putin está llevando a cabo una misión militar especial para ‘pacificar’ a Ucrania. Como la historia ha demostrado muchas veces, en las relaciones internacionales no hay fuerza más nociva que el revanchismo, así que es probable que esa paz que en algún momento tendrán que firmar el atacante y el atacado sea el preludio de otro(s) conflicto(s).

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05
May
2022
Ucrania

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La guerra es la paz. Más de 70 años después de su publicación, la profecía orwelliana parece cumplirse: en su retorcida argumentación basada en un uso pervertido del pasado, la Rusia de Putin –cuyo nombre, Vladimir, significa «el que lucha por la paz»– está llevando a cabo una misión militar especial para desnazificar y pacificar a Ucrania. Evocando las hazañas del pasado, desde el más remoto hasta la Gran Guerra patria (en Rusia se pasa por alto su papel en la Segunda Guerra Mundial previo a la invasión alemana a la URSS), la propaganda rusa justifica la agresión a Ucrania ante una sociedad que prefiere creerla antes que enfrentarse a la cuestión de la responsabilidad colectiva. 

Lo que la parte rusa esperaba que fuera una guerra relámpago se ha convertido en semanas de sangrientas atrocidades sobre la población civil. La sociedad ucraniana, alentada por el presidente Zelensky –cuyo nombre Volodymyr también significa «el que lucha por la paz»– ha recibido a los agresores con una resistencia no vista en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Si los ucranianos, una de las naciones más jóvenes de Europa, carecían una argamasa aglutinadora y no podía descartarse el escenario de la división del país, la sangre que se está derramando les está uniendo como nación y cohesionando a Ucrania como proyecto político y cultural.

Independientemente del desenlace de la guerra, los ucranianos, en el país (o en lo que quede de él) y en la diáspora, saldrán unidos y demandarán justicia. Estará por ver si la generación de los que ahora son niños o están naciendo en los sótanos durante los bombardeos además de la justicia querrán también la venganza. Como la historia ha demostrado muchas veces, en las relaciones internacionales no hay fuerza más nociva que el revanchismo, así que puede que esa paz que en algún momento tendrán que firmar el atacante y el atacado sea preludio de otro(s) conflicto(s). La paz es la guerra.

El presente del pasado

En 1984, año que nada tuvo que ver con el libro de Orwell salvo por la inversión de las cifras del año en el que lo terminó de escribir, en la sede del Consejo de Europa en Estrasburgo tuvo lugar un debate entre representantes del mundo intelectual sobre su obra. Como dijo el diplomático español José María de Areilza, «el tema orwelliano sigue fascinando al hombre de Occidente y continúa expresamente prohibido en las naciones del Este europeo, como fruta peligrosa del árbol del pensamiento». Por aquel entonces, los días del bloque soviético estaban ya contados y pronto esa parte de Europa donde la ficción orwelliana era real emprendería el camino hacia Occidente. Este, a pesar su fascinación, o quizás debido a ella, junto con la arrogante creencia en el fin de la historia, no se dio cuenta de cuando la distopía –entonces ya post soviética– empezó a ebullir de nuevo.

Examinar las consecuencias económicas de las sanciones es importante, sí, pero lo es también el examen de la conciencia moral

Cuando lo hizo, la máquina propagandística propulsada por la política de la memoria de la Federación Rusa bajo el liderazgo de Putin ya estaba a toda marcha. Resuenan por su agudeza y actualidad las palabras pronunciadas en 1984 por Marek Halter, un intelectual y polaco-judío afincado en Francia: «La única fuerza que es capaz de hacer frente a la esquizofrenia totalitaria es la conciencia moral. Solamente en la resistencia del hombre a dejarse dominar por los sátrapas que inventan la historia está el talismán eficaz de la lucha entablada. La conciencia del hombre es la que conserva la memoria colectiva que ahora se pretende borrar desde el poder absoluto».

Es cierto que la comunidad internacional ha dado ciertos pasos para demostrar que no permitiría que se borrase la memoria. Sirvan de ejemplo la Resolución 1481/2006 del Consejo de Europa que condenó los crímenes de los regímenes comunistas totalitarios, la declaración del 23 de agosto (aniversario del Pacto Hitler-Stalin de 1939 cuya cláusula secreta repartía las esferas de influencia entre Alemania y la URSS en Europa Central y del Este) como Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo o la la Resolución del Parlamento Europeo de 2009 sobre la conciencia europea y el totalitarismo que reconfirmó la posición unida e la Unión Europea contra todo Gobierno totalitario (sea cual fuere el trasfondo ideológico), entre otros tantos. También la más reciente Resolución de la Asamblea General de la ONU de 20 de enero de 2022 que condenó la negación y la distorsión del Holocausto proponiendo una serie de acciones para prevenir futuros actos de genocidio. Pero la situación actual los ha convertido en papeles mojados, empapados de la sangre de los ucranianos.

El futuro del pasado

El 1 de septiembre de 2019, con la ocasión de la conmemoración del 80º aniversario del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el presidente de Polonia Andrzej Duda pronunció un discurso que entonces pudo sonar a exagerado o incluso rusófobo: «Hoy, desgraciadamente, sigue habiendo actos de limpieza étnica, asesinatos masivos e incluso genocidios en todo el mundo, a pesar del progreso de la civilización y a pesar de esa terrible lección [de la Segunda Guerra Mundial]. Recientemente hemos visto incluso en Europa el resurgimiento de tendencias imperialistas, de intentos de cambiar las fronteras en Europa por la fuerza, de asaltar otros países, tomando en posesión sus tierras, esclavizando a sus ciudadanos».

(…) «Tales actividades no pueden ni deben ser puestas en la agenda. Debe haber sanciones, deben tomarse medidas decisivas y debe quedar claro que cualquier agresión militar será respondida con absoluta firmeza, decisión y fuerza. Estos son los retos de nuestro tiempo. Y por eso les hago un llamamiento: seguir como siempre y hacer la vista gorda no es una receta para la paz. Es una forma sencilla de fomentar las personalidades agresivas. Es una forma sencilla de dar el consentimiento de facto a nuevos ataques. Usted sabe que esto está ocurriendo. En 2008, Georgia, en 2014, Ucrania. Se siguen empujando las fronteras, la ocupación, los prisioneros de guerra, las provocaciones militares. Tenemos que estar determinados. No podemos permitir que continúen las agresiones armadas, porque es nuestra responsabilidad con nuestras sociedades y con las sociedades de Europa y del mundo. Que el drama de la Segunda Guerra Mundial, vivido por todo el mundo, nunca se repita».

Ahora parece una profecía cumplida o, más bien, un diagnóstico muy realista.

Dos semanas después de aquel discurso, el Parlamento Europeo adoptó su resolución, mostrando su «profunda preocupación por los esfuerzos de los actuales dirigentes rusos por distorsionar los hechos históricos y ocultar los crímenes perpetrados por el régimen totalitario soviético, esfuerzos que constituyen un peligroso elemento de la guerra de la información librada contra la Europa democrática con el objetivo de dividirla, y pide a la Comisión, por tanto, que luche firmemente contra ellos». Fue la primera vez que a la Federación Rusa la llamaron por su nombre. De lo que Occidente parece no haberse dado cuenta es que la guerra por la memoria librada por Rusia no tenía por finalidad reescribir el pasado, sino escribir el futuro.

Independientemente del desenlace de la guerra, los ucranianos, en el país (o en lo que quede de él) y en la diáspora, saldrán unidos y demandarán justicia

Hace unos días la agencia rusa RIA Novosti publicó un manifiesto de Timofiey Siergiejcev donde exponía una serie de postulados: que Ucrania no debe existir como un Estado, pues es un constructo artificial y antirruso y que la desnazificación de Ucrania ha de ser al mismo tiempo su desucranización y deseuropeización. Aunque el texto parece estar dirigido al público doméstico para mantener la movilización social a favor de la guerra, cuesta no relacionarlo con el posterior mensaje de Dmitriy Miediediev que, ese sí, tiene cierta y escalofriante proyección internacional: «Cambiar la conciencia sangrienta y llena de falsos mitos de una parte de los ucranianos actuales es el objetivo más importante. Un objetivo en nombre de la paz de las futuras generaciones de ucranianos y de la posibilidad de construir finalmente una Eurasia abierta, desde Lisboa hasta Vladivostok»». La guerra es la paz.

Muchas veces me he preguntado cómo, desde el otro lado del telón de acero, pudo Orwell describir con tanto acierto la realidad soviética. Ni él pensaría, sin embargo, que Oceanía de 1984 espejaría la idea de un cronotopo diferente: Eurasia 20¿?. Retomando las palabras de Halter, «la única fuerza que es capaz de hacer frente a la esquizofrenia totalitaria es la conciencia moral». Occidente aspira a promover la paz y la prosperidad. La preocupación por preservar la paz a cualquier precio que dominó las relaciones internacionales de Entreguerras llevó a Europa a una nueva guerra. Parece que en el actual debate sobre las sanciones prevalece la igualmente perniciosa preocupación por la prosperidad.

Examinar las consecuencias económicas de las sanciones es importante, sí, pero lo es también el examen de la conciencia moral. El intelectual español George Santayana dijo en su día que «aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». La observación diacrónica de la situación actual invita a reformular esa cita: aquellos que impiden recordar el pasado están condenando a que se repita, mientras que aquellos que recuerdan el pasado, pero no impiden que se repita se condenan a ser cómplices. Vladimir lucha por la paz. Volodymyr también. No ayudarle al uno es ayudarle al otro. Negarlo y lavarse las manos no es una opción, a no ser que lo sea el doblepensar.


Anna Dulska es investigadora en el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra y profesora de Historia contemporánea en el doble grado de Relaciones Internacionales y Derecho.

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