Medio Ambiente

¿Fue Margaret Thatcher una pionera en la lucha ambiental?

En un momento político en el que ningún mandatario priorizaba el cambio climático en su agenda, la por entonces primera ministra británica situó problemas como el calentamiento global, la contaminación o la acidificación de los suelos ante los ojos de su país y de las Naciones Unidas.

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Yvonne Redín
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27
Ene
2022
Margaret Thatcher

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Yvonne Redín

Durante los años ochenta, los políticos no hablaban acerca del cambio climático. La idea de un mandatario angustiado por el medio ambiente era más propia de la ficción. En aquellos años, el calentamiento global –tan presente en la agenda actual– difícilmente resultaba una prioridad para alguien ajeno al gremio científico: solo los investigadores conocían con detalle la magnitud del daño que causaba la dependencia de la economía mundial de los combustibles fósiles.

Por aquel entonces, la opinión pública estaba más atenta al inminente final de la Guerra Fría y cómo se recompondría el mapa geopolítico que al creciente agujero en la capa de ozono. Sin embargo, había una excepción: Margaret Thatcher, la mujer que gobernó Reino Unido durante 11 años, y de la que se dice haber sido la primera política de una potencia mundial en llevar la crisis climática y las preocupaciones medioambientales al debate global desde las tribunas internacionales.

Los científicos de la época vivieron con emoción que una autoridad de tal calibre hablara sobre reducir el cambio climático

Antes de entrar en el detalle, cabe destacar que la conocida como ‘Dama de Hierro’, antes de obtener el título de abogada e iniciar su carrera política, se graduó de su «primera pasión»: la química. Es un dato que el escritor estadounidense Charles Moore no dejó pasar en su libro Herself Alone una biografía de Thatcher donde dedica varias páginas a explicar por qué la primera ministra británica fue una pionera en la lucha contra el cambio climático. En él asegura, además, que muchos científicos de aquel entonces vivieron con emoción el hecho de que a partir de 1988 «Thatcher comenzara a hablarles sobre reducir el cambio climático», algo que, como sostiene Moore, «jamás habían visto en una autoridad».

No obstante, hay otro argumento que sostiene todo lo contrario. La otra cara de la moneda dice que fue justo durante su Gobierno cuando los efectos negativos de las políticas privatizadoras y de desregulación, tanto dentro del Reino Unido como en países en vías de desarrollo, crecieron exponencialmente. Es decir, áreas como la educación, el transporte y la salud fueron desatendidas, mientras que la pobreza y la contaminación registraron importantes aumentos. Pero ¿qué fue lo que dijo realmente Thatcher en sus dos famosos discursos que el valieron la imagen verde durante algún tiempo?

Primer discurso: efecto invernadero y contaminación de los suelos

El primer discurso fue pronunciado en la Royal Society, el 27 de septiembre de 1988. Thatcher, tras recordar los beneficios que la investigación científica ha tenido tanto para el Reino Unido como para el resto de la humanidad, abordó por primera vez ante una autoridad científica de tal prestigio la crisis medioambiental. Sostuvo que, durante generaciones, se ha asumido que los esfuerzos y los avances tecnológicos de la humanidad proporcionarían el equilibrio fundamental en la Tierra, pero que los enormes cambios (poblacionales, en la agricultura, el uso de combustibles, etcétera) acontecidos en tan poco tiempo habían causado un cambio drástico en el sistema del planeta. 

Thatcher: «Es la vida misma, la vida humana y la de las especies, la que destruimos sin sentido; la vida que debemos preservar»

Justo después mencionó los tres puntos esenciales que preocupaban a los científicos: el aumento de los gases de efecto invernadero, el creciente agujero en la capa de ozono y la acidificación y contaminación de los suelos. Expresó su temor por el hecho de que estuviésemos «creando una trampa de calor global», algo que ineludiblemente derivaría en la inestabilidad climática. En concreto, explicó que nuestras sociedades serían incapaces de hacer frente al desastre si la temperatura aumentaba un grado centígrado por año. Y después hablo del derretimiento acelerado del hielo glacial, el aumento en el nivel del mar y los efectos negativos –sociales y ecológicos– que eso tendría. Finalmente, mencionó que los cinco años más cálidos registrados a lo largo del siglo XX pertenecían a esa década. Y cerró con la siguiente alerta: «Aunque es posible que no hayamos visto mucha evidencia en Gran Bretaña».

Segundo discurso: las emisiones, frente a la ONU

Este es el más conocido. Fue pronunciado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 8 de noviembre de 1989. Para entonces, Thatcher ya tenía claro que el medio ambiente y la política eran dos caminos que terminarían por juntarse y fue ella «la primera en ofrecer la perspectiva (medioambiental) para una legislación internacional», como defiende un artículo de The Guardian. 

Su férreo discurso comienza refiriendo a la importancia científica de Charles Darwin y luego a una anécdota del científico británico Fred Hoyle, que dijo –mucho antes de la llegada del hombre a la luna– que en cuanto la humanidad tuviese una fotografía de la Tierra, tomada desde el espacio, nacería una poderosa y nueva idea sobre la vida, con una fuerza inigualable. Algo a lo que Thatcher añadió: «Esa poderosa idea es el reconocimiento de la herencia que compartimos en este planeta. Sabemos, con mucha más claridad que antes, que llevamos cargas comunes, enfrentamos problemas comunes y debemos responder con acciones comunes». Y expresó que después de ir conociendo cada vez más el universo podemos comprobar que si algo hace único al planeta Tierra es la vida «de incomparable belleza» que hay dentro de él.

Las frases son contundentes. Ninguna deja lugar a dudas que la intención de esa intervención es convencer a la comunidad internacional de que la crisis medioambiental es un tema tan grave como urgente. «Es la vida misma, la vida humana, las innumerables especies de nuestro planeta, lo que destruimos sin sentido. Es la vida misma la que debemos preservar. Durante más de cuarenta años, esa ha sido la principal tarea de estas Naciones Unidas. Para llevar la paz donde había guerra. Comodidad donde había miseria. Vida donde había muerte», es un ejemplo de ellas.

Después, Thatcher habló del daño causado por el incremento en las emisiones de dióxido de carbono. Señaló que el aumento anual –en aquel entonces– era de 3.000 millones de toneladas, además de que la mitad del carbono emitido desde la Revolución industrial aún permanecía en la atmósfera. Sumado a eso, destacó que la deforestación solo agravaba el problema, pues los bosques tropicales (como el Amazonas) eran los únicos capaces de eliminar ese dióxido de carbono tan dañino. Agregó un dato escalofriante: cada año, un área equivalente al territorio del Reino Unido es deforestado en el mundo. De seguir por ese rumbo, advirtió, para el año 2000 el 65% de los bosques tropicales ya no existirían.

Finalmente, invitó a la acción internacional conjunta para recuperar los ríos (y los peces) que han desaparecido, a implantar métodos agrícolas menos agresivos con la tierra para evitar la degradación de los suelos y considerar la energía nuclear como una fuente energética segura y limpia, entre otros aspectos.

Las controvertidas privatizaciones de su Gobierno, sin embargo, dedicaron millonarias inversiones al crecimiento urbano sin límites

Margaret Thatcher terminó su mandato el año siguiente de aquel discurso, es decir, en 1990. Pero justo después de haber puesto la crisis medioambiental en el foco global, desapareció de la escena climática internacional hasta 2002, cuando publicó sus memorias y se pronunció contra Al Gore y sus posturas «apocalípticas».

No obstante, en ese último discurso ante Naciones Unidas, la mandataria británica también destacó lo imprescindible que era una Convención para el Cambio Climático –que ya se planteaba para 1992, y que sería lo que hoy conocemos como la COP–. También hizo hincapié en la importancia de la Convención de Viena (1985) y del Protocolo de Montreal (1987) como marcos legales de referencia internacional. Aún así, insistió en que un documento o un marco legal no bastaban para lograr acciones conjuntas contra el desastre climático ya comprobable. «No podemos, sencillamente, no hacer algo al respecto».

Finalmente, en su condición de representante de Reino Unido, habló sobre las propuestas que el Gobierno británico tenía dispuestas para frenar el calentamiento global (el desarrollo de nuevas tecnologías para reducir la generación de residuos y la mejora de su gestión, tecnologías para mejorar la eficiencia agrícola –así como en materia de transporte y desarrollo– y dos billones de libras que se destinaban para luchar contra la lluvia ácida). «La razón es el don de la humanidad… Nos ha permitido explorar lo cielos. Nos ha ayudado a vencer a la enfermedad. Ahora debemos de utilizarla para encontrar una forma para vivir con la naturaleza y no simplemente dominarla», dijo justo antes de cerrar con otra frase: «Preservar la vida, con todos sus misterios y maravillas, es una tarea en la que todos somos iguales»

El otro lado de la moneda: contaminación y pobreza a nivel mundial

John Vidal, el periodista de The Guardian encargado de los temas medioambientales cuenta que, pese al legado ambientalista que dejó Thatcher, su Gobierno estuvo marcado también por esas controvertidas privatizaciones que generaron más desarrollo urbano que protección del medio ambiente, además de millonarias inversiones en nuevas carreteras (y no en ferrocarriles, por ejemplo). Además sostiene que las gestiones sobre desechos urbanos y residuos, así como del agua, fueron entregadas a corporaciones globales.

Sin embargo, el dardo más duro se lanza a sus movimientos internacionales. Cuenta que el Gobierno británico, en conjunto con el de Estados Unidos, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio presionaron a más de 100 países endeudados para que desregularan sus industrias estatales para que ya no pudieran gestionar ellos los servicios básicos como el agua, la educación y la salud. También que esos «programas de desarrollo estructural» («hoy abiertamente desacreditados») fueron una puerta abierta para la explotación de recursos en países desfavorecidos económicamente, situación que causó el crecimiento de los barrios marginales en muchas de las grandes ciudades e incrementó exponencialmente la pobreza, así como la degradación del medio ambiente.

Por último, afirma que durante los once años que Thatcher estuvo al frente del Reino Unido, el mundo perdió 150 millones de hectáreas de bosque. «No se puede responsabilizar al Gobierno británico y al de los otros países por el daño causado, pero la historia demostrará que todo eso sucedió bajo su conocimiento».

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