Medio Ambiente

Economía circular: no lo llames residuo

La economía circular se ha instalado como la nueva letanía, coreada hasta la saciedad en foros, conferencias y medios de comunicación. Sin embargo, es mucho más que un concepto. Este nuevo modelo de desarrollo se erige como el único posible ante los problemas demográficos, medioambientales y sociales a los que se enfrenta la humanidad. Comienza un nuevo ciclo en la historia moderna, donde los índices del progreso deben acompasarse con el respeto de los límites de un planeta que hace tiempo que encendió las alarmas.

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12
Nov
2019
economía circular

La historia de la humanidad es, alejada de la mirada de los más escépticos, una historia de progreso. Sin embargo, es también la historia de un crecimiento exponencial en un mundo finito: a más desarrollo, más consumo, más gasto, más población, más contaminación y menos recursos. Como respuesta lógica (y necesaria) a esta tendencia, en los años 70 surgió el concepto de economía circular: gestionar eficientemente y cerrar el ciclo vital de los productos como solución a la escasez de materias primas y al previsible crecimiento demográfico global que, según la ONU, pasará de 8.500 millones de personas en 2030 a 11.200 millones en 2100.

En una sociedad ya inmersa en lo que el fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schawb, bautizó en 2016 como Cuarta Revolución Industrial, emergieron en el panorama empresarial de inicios de siglo nuevos proyectos inspirados en ese espíritu circular. Startups como eBay, Wallapop o Vibbo pusieron en evidencia que esta nueva economía no hacía referencia (solo) al reciclaje, sino que sentaba las bases de otra forma, radicalmente distinta, de hacer negocios: reinventarse circularmente o desaparecer. ¿Y qué están haciendo las marcas para adaptarse o, lo que es lo mismo, para sobrevivir?

La servificación: una respuesta a la escasez

«Muchas empresas han optado por la servificación: convertir un producto en un servicio. Lo que antes era únicamente un mantra marketiniano que buscaba incrementar las ventas, ahora es una herramienta de tránsito hacia un modelo más sostenible», explica Nicola Cerantola, fundador de Ecologing. Aplicaciones de consumo colaborativo como BlaBlaCar o Airbnb son nativas de la economía circular. Por su parte, las marcas con más trayectoria han buscado sorprendentes caminos para integrarse en esta nueva dinámica.

Un ejemplo que puede ilustrar esta tendencia es IKEA, quien hasta hace muy poco nos incentivaba a redecorar permanentemente nuestras vidas gracias a una propuesta low cost, que desde 2017 recompra los muebles a sus clientes y los alquila para darles así un segundo uso. Además, para reducir las emisiones totales de su actividad en un 80% para el 2030, el gigante sueco ha apostado por el uso de energías renovables para la obtención de materias primas y ha iniciado un proceso de rediseño de las redes de transporte y de los productos, elaborados con materiales de larga duración. Su esfuerzo fue reconocido en el Foro Económico Mundial de Davos 2018 (World Economic Forum), donde se le premió por su transformación hacia un modelo circular.

Nicola Cerantola: «La servificación, que antes era únicamente un mantra ‘marketiniano’, ahora es una herramienta de tránsito hacia un modelo más sostenible»

Sin embargo, reconstruir completamente el esqueleto empresarial no está al alcance de todos. Jorge Barrero, director general de Fundación Cotec, explica que la transformación de los actuales modelos de negocio y de producción hacia sistemas completamente circulares «supone cambios sustanciales en todas las etapas de producción, desde el diseño de los productos y servicios hasta la relación con los proveedores y clientes». De ahí que numerosas marcas hayan optado por dar pasos pequeños… con repercusión global.

A inicios de 2019, Carrefour anunció en España que aquellos clientes que lo quisieran podían utilizar sus propios recipientes para comprar productos frescos, como fruta, carne o pescado. De esta manera, la cadena de supermercados busca reducir el consumo de embalajes –8 toneladas de plástico terminan cada año en el océano, por donde navegan durante décadas– y, a la vez, luchar contra el despilfarro alimenticio que, a nivel mundial, se traduce en 1.300 millones de toneladas que se tiran anualmente a la basura.

El ‘efecto mariposa’ de nuestra lista de la compra

La sensibilización de los consumidores sobre su poder es la clave que está transformando silenciosamente el mercado desde sus cimientos. El consumo responsable creció un 15% en 2016, doblando el de los dos años anteriores y llegando a ventas que se tradujeron en 40 millones de euros, según el último informe de Comercio Justo en España. Pero la magnitud de la crisis ecológica a la que asistimos nos impide bajar la guardia: hoy, nos hacemos con un móvil nuevo cada 14 meses y compramos un 60% más de prendas de ropa que hace 15 años –y las conservamos la mitad de tiempo–.

El camino hacia un modelo de negocio sostenible tiene su origen en el inicio de la cadena de producción: el mejor residuo es el que no se genera. «No es cuestión de gestionar los residuos, sino de replantearse un tipo de negocio que nazca de la consciencia de que el ecodiseño del producto es también una ventaja competitiva. Si queremos innovar en el modelo de negocio, pero no pensamos cómo hacer el producto mejor, nos quedamos a medio camino», sostiene Cerantola.

El ingeniero italiano hace referencia al ecodiseño, un proceso que reconsidera todos los elementos que forman el producto y los escoge en función de que no sean susceptibles de convertirse en residuos o, en su defecto, que se puedan reciclar. Con estas premisas, la textil francesa Decathlon ha producido en los últimos años cerca de 3.000 productos ecodiseñados. Para ello, se ha ido sustituyendo paulatinamente el poliéster (una resina plástica) por el algodón. A su vez, el algodón se ha ido reutilizando, de modo que el nacimiento del producto se plantea ya en base a sus futuros usos. La marca deportiva espera cerrar el proceso en 2020.

El ‘big data’ como vehículo de la circularidad

Para David MartínezSimarro, director de Tecnologías de la Información y Comunicaciones de AINIA, el big data es una herramienta estratégica que puede ayudar a acelerar la transición hacia una economía circular. Explica que analizar los datos internos permite identificar los flujos menos eficientes de las compañías y sustituirlos por unos más respetuosos con el medio ambiente. «El uso de la inteligencia de datos permite utilizar la información generada por las redes sociales para conocer las preferencias del consumidor y crear productos que se ajusten mejor a las demandas», alega.

Esta práctica incide, además, en el primero de los tres principios –o 3R– de la economía circular: reducir (la producción), reusar (el producto) y reciclar (los deshechos). «Permite crear sistemas de cooperación entre empresas que, a través del intercambio de información, faciliten la circularidad empresarial», asegura Martínez-Simarro. La tecnología de bloques (blockchain) –una gran base de datos dividida en bloques incorruptibles a los que tienen acceso varios participantes–, emerge así como la opción idónea para simplificar las corrientes de información y alimentar esa voluntad de cooperación circular.

Sin embargo, su aplicación en un sistema cerrado sostenible se ha llevado a cabo únicamente en iniciativas a pequeña escala. La startup estadounidense LO3 Energy creó en 2018 la plataforma Exergy, una micro red digital que permite a los vecinos de un barrio neoyorkino cambiar o vender el exceso de energía que han generado con sus paneles solares. Esas operaciones se hacen a través de una cadena de bloques que permite saber qué momento del día es mejor para intercambiar energía y minimizar el excedente.

Un sistema de reaprovechamiento de recursos se ha realizado de manera similar a escala industrial, como en los sistemas de reutilización de aguas depuradas de algunas industrias de alimentación y bebidas: fábricas situadas en zonas agrícolas utilizan los nutrientes de los vertidos de agua ya depurada –como lo pueden ser el fósforo o el nitrógeno– para regar los cultivos de parcelas vecinas. Así, un contaminante pasa a ser un nutriente y, en lugar de eliminarlo, se aprovecha. La multinacional J. García Carrión ha implantado un sistema similar de tratamiento de las aguas residuales en sus infraestructuras de producción de la marca de zumos Don Simón. Entre los principales objetivos de Aqualia, también está transformar el actual paradigma de la depuración de aguas residuales, que actualmente supone un elevado gasto en energías fósiles. Su propuesta es convertir las depuradoras –actualmente gestiona más de 850 plantas– en auténticas fábricas de energía limpia y de producción de biorrecursos de alto valor añadido. Fruto de este compromiso, la compañía desarrolla diferentes proyectos de I+D+i para transformar las aguas residuales de las depuradoras en biometano apto para su uso vehicular. Este biocombustible emite un 80% menos de emisiones de CO2 que un vehículo alimentado con gasolina. Uno de estos proyectos es el All-gas que, liderado por Aqualia, se encuentra en fase demostrativa en las instalaciones ubicadas en la depuradora de Chiclana (Cádiz).

Ecofactorías: reimaginando la industria 

Las ecofactorías encumbran este modelo de relaciones productivas. La más famosa se encuentra en Kalundborg, una ciudad del norte de Dinamarca que, a pesar de su pequeño tamaño –apenas 16.000 habitantes–, ha conseguido situarse como referente europeo de ecoparque industrial a través de imitar las dinámicas presentes en los ecosistemas naturales, en la que cada industria asentada en el lugar constituye un eslabón y su relación con las de otros sectores es totalmente simbiótica.

La dinámica es la siguiente: lo que para una empresa es un desperdicio o un exceso energético, otra lo utiliza como producto o como fuente para otra actividad industrial o va destinado a la red de servicios municipales. De esta manera, el ecoparque industrial no solo permite reducciones en el consumo energético y de materias primas, sino que reduce la emisión de CO2 y de residuos. A su vez, esto supone un beneficio directo para el conglomerado de empresas, que ahorran costes y aumentan su valor añadido en términos de innovación.

Pero ¿es realmente la economía circular el modelo a seguir para alcanzar una dinámica de negocio más sostenible? «La clave para que funcione en el sector empresarial es que aporte a la cuenta de resultados, y eso ya está sucediendo», asevera Iñaki Ortega, doctor en Economía y director de Deusto Business School en Madrid. En retrospectiva, Ortega asegura que la economía circular ha pasado de ser una opción a ser una necesidad. «Antes se incluía en el ámbito de la responsabilidad social corporativa y abrazarla te otorgaba reputación. Ahora se incluye cada vez más en las líneas de sostenibilidad y en los modelos de negocio como estrategia denitoria».

David Martínez-Simarro: «El ‘big data’ permite crear redes de cooperación entre empresas que, a través del intercambio de información, faciliten la circularidad»

Este cambio sustancial responde a una serie de presiones, como el cumplimiento de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) acordados por la ONU o, en el ámbito legislativo, la Ley de Divulgación de Información no Financiera y Diversidad, que exige a las compañías europeas que reporten sus impactos ambientales y sociales. Por su parte, el Gobierno español se ha sumado a la implantación de la Estrategia para la Economía Circular de cara a 2030.

Con todo, el paradigma de la economía circular se presenta como un concepto cerrado: desde la entrada de materiales y el aprovechamiento compartido de la energía y las estructuras industriales hasta la readaptación del modelo de negocio. El planeta está en números rojos. Los índices del progreso deben acompasarse con la disponibilidad de sus recursos. Desarrollo y sostenibilidad. En la unión de esas trayectorias, la palabra ‘residuo’ pierde por completo su sentido.


Este artículo fue publicado en el segundo especial Ethic & Marcas con Valores. Puedes descargarte de forma gratuita el número completo en PDF en este enlace

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