Opinión

Sobre el síndrome populista

Las estrategias de deslegitimación son una constante en el debate político contemporáneo. Giacomo Marramao defiende en ‘Sobre el síndrome populista’ (Gedisa) que solo una democracia desaprendida de fetiches identitarios logrará promover la acción colectiva y el debate social.

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Carla Lucena
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29
Abr
2021

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Carla Lucena

La deslegitimación es, sin duda, una constante del conflicto político: baste pensar en las «injurias» de Maquiavelo. Pero precisamente por eso corre el riesgo de resultar, al igual que el conflicto sans phrase, un contenedor vacío. Solamente puesta en relación con contextos y contenidos específicos puede producir efectos de conocimiento. En nuestro presente, el conflicto político aparece impregnado de elementos de orden ético, religioso, antropológico: elementos convertidos en no accesorios, en constitutivos de lógicas identitarias que han ocupado el lugar de los marcos ideológicos conocidos (y experimentados) en los dos últimos siglos de la modernidad. Siglos largos: tampoco el siglo XX ha sido un siglo breve, sino, según la definición de Giovanni Arrighi, el «largo siglo XX».

A caballo entre los siglos XX y XXI, estamos asistiendo al fracaso de los dos principales modelos de integración en la ciudadanía que hemos teorizado y practicado en el curso de la modernidad: el modelo universalista-asimilacionista republicano y el modelo diferencialista-multiculturalista fuerte, o «en mosaico» –por retomar la metáfora de Seyla Benhabib–. Ironías de la historia: el «modelo République» y el «modelo Londonistán» producen las mismas formas de conflicto identitario, caracterizadas por el paso de la lógica del cálculo racional de los intereses a la lógica de la pertenencia (o, si adoptamos el léxico de Alessandro Pizzorno, de la«conversión»).

Para complicar el panorama, el mundo globalizado se encuentra en una especie de «interregno» entre el ya no del viejo orden de los Estados-nación soberanos y el aún no de un orden posnacional que, después de perfilarse a duras penas, parece replegarse sobre sí mismo levantado fronteras anacrónicas y coagularse en una geopolítica y una geoeconomía de grandes espacios dominados por los Estados-continente: de Estados Unidos a China, de India a Rusia y a Brasil. En este interregno, como en todo interregno, se divisan ya híbridos monstruosos que podrían marcar el final de ese conjunto de saberes y prácticas al que desde hace dos mil quinientos años venimos dando el nombre de política.

«Del populismo existe una versión más sofisticada, aunque escasamente considerada por la ciencia política ‘mainstream’»

Uno de dichos híbridos lo representa ese mix de «antipolítica» (término polémico y engañoso con el que referirse a movimientos anti-establishment) y retórica hiperdemocrática con que se caracteriza la naturaleza doble del Pueblo en los movimientos populistas. El pueblo se presenta, por un lado, como una entidad sustancial, homogénea y factor de identidad; por el otro, como «el pueblo virtuoso contra sus representantes corruptos», cuya soberanía puede ser rescatada únicamente por un jefe capaz de encarnar su voluntad.

Del populismo existe, no obstante, una versión más sofisticada en su teoría, aunque escasamente considerada por la ciencia política mainstream. Se sitúa en clara oposición a la tendencia «antipolítica» y deslegitimadora y apuesta por el «momento populista» como única vía posible para un «retorno de lo Político» con vistas a una democracia radical aunque no «inmediata», una democracia basada en el antagonismo pero al mismo tiempo pluralista y antiautoritaria. Sin medirse con esta propuesta fuerte en lo teórico, dar con una solución al síndrome populista se quedará en vana ilusión.

El doble régimen de la memoria

Y sin embargo, queda mucho aún por debatir, revisar y contestar. En primer lugar, la cuestión de la doble alma de la democracia de los modernos:

a) el alma «madisoniana», con su principio de limitación del poder, incluido el poder del «pueblo soberano»

b) el alma «populista», con su principio de la participación.

De esta duplicidad constitutiva nace la «perenne tensión inherente al constitucionalismo occidental entre limitación jurídica y responsabilidad política» y, junto con ella, el riesgo de dos tendencias involutivas: la democracia sin derechos y los derechos sin democracia.

En segundo lugar, la radical diferencia entre el populismo políticamente apasionado y cautivador de Laclau y Mouffe y el neopopulismo mediático de nuestras sociedades digitalizadas, donde la idea de pueblo no se construye, sino que queda deconstruida y desestructurada en una masa de individuos aislados y reducidos a mera audiencia, a despecho de la ilusión de adquirir protagonismo a través de la red. Como en una especie de síndrome contemplativo barroco: Spectator sum in hac scena, non actor…

Así pues, no es difícil vislumbrar en el llamado «populismo digital» de nuestros días –con sus estrategias de descrédito y su uso desenvuelto de las fake news, con sus estados de excepción «formateados», construidos arteramente conforme a un «ocasionalismo» a años luz de la grande y trágica política del siglo XX– la otra cara de la descomposición neoliberal del vínculo comunitario.

¿Cuál es el destino, entonces, de las poliarquías democráticas? Para intentar una regeneración de la democracia no hay sino un camino: abandonar definitivamente el léxico de la legitimación/deslegitimación para trabajar en una reactivación del tema de la autoridad.

Pero dicha reactivación debe coincidir con una redefinición radical del concepto. En la actual situación de interregno, marcada por un poder sin autoridad y por una autoridad carente de poder, es necesario liberar la idea de autoridad de su anclaje en el arché, en el Principio-Principado, desarrollándola en dirección a una auctoritas entendida, conforme a su etimología, como un augere, un augmentum, crecimiento y energía simbólica, que procede, de manera autónoma, de la dinámica de las relaciones cooperativo-conflictivas del cuerpo político. Se trata, en otras palabras, de reconsiderar el elemento de Maquiavelo de una república generativa, libre y cohesionada, en condiciones de constituir un horizonte de sentido para la acción individual y colectiva.

Pero, si desplazamos ahora el foco de la atención al nexo entre filosofía, política e historia, se hace necesario pensar en un proceso de constitución de subjetividades capaces de llevar a cabo –con la ayuda de la importante distinción introducida por Aleida Assmann– una conjunción entre dos dimensiones distintas de la memoria:

a) la memoria-función, con su carácter doble: selectivo, que transmite los valores fundadores de la identidad, y constructivo de un horizonte de sentido de la colectividad;

b) la memoria-archivo, que conserva lo no funcional, lo excluido, lo «superado» y, junto con ello, también «el repertorio de las ocasiones perdidas», las alternativas de la historia individual y colectiva dejadas al margen y derrotadas, o las posibilidades no realizadas, que han quedado «hundidas» y permanecen en estado de latencia.

Dentro de tal visión estratigráfica del tiempo histórico es urgente considerar también nuevamente el tiempo de la política y el de sus espacios de acción, más allá de la antítesis clásica entre línea y círculo, ciclo y flecha del tiempo. Y, a partir de aquí, elaborar una estrategia a la contra que pueda frenar e invertir una deriva de la democracia que hoy se ve cada vez más marcada por el síndrome populista.


Este es un fragmento de ‘Sobre el síndrome populista: la deslegitimación como estrategia política’ (Gedisa), por Giacomo Marramao.

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