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Apostar por la circularidad para seguir rodando

La economía lineal y extractiva de la Revolución Industrial nos permitió subirnos al tren del progreso. Sin embargo, en un contexto de cambio climático, degradación medioambiental y escasez de materias primas, convertir los residuos en recursos será imprescindible para no descarrilar.

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Yvone Redín
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Yvone Redín

Más allá de los sentidos, nuestra percepción de la realidad está condicionada por el lenguaje y, al menos el que utilizamos en Occidente, respeta unas reglas claras de espacio-tiempo: de atrás hacia adelante, de izquierda a derecha, de antes a después… Secuela de la evolución, nuestra forma de entender el mundo es lineal. Tenemos la manía de poner un principio y un final a todo lo que hacemos. Lo demuestran, por ejemplo, los sistemas de producción, que se rigen por tres pasos consecutivos: En primer lugar, extraer (materiales); después, fabricar y, por último, tirar. Si antaño pensábamos que después del tercer paso se reiniciaba el proceso sin ninguna consecuencia, en el siglo XXI hemos conocido las sombras medioambientales de esta sucesión unidireccional. Por eso, ahora que trabajamos para proteger la Tierra de la crisis climática, nuestra responsabilidad es agarrar esa línea recta de la economía y doblarla hasta formar un círculo. Este será el nuevo lenguaje en el que «tirar» sea tan principio como «extraer».

Hace 200 años se predijo con la Revolución Industrial un plan de crecimiento eterno y sin fisuras en el que producir era la prioridad y desechar un mero trámite. Lo aceptamos, se infiltró en las ciudades y nos gustó tanto que aún lo mantenemos. Hoy por hoy consumimos a nivel global unas 100 billones de toneladas de materiales cada año, y para finales de este siglo se prevé un aumento de temperatura de 3,2 grados. En resumen, el alegato que se oye por enésima vez es que necesitamos adoptar un nuevo modelo económico. Inevitablemente, tras tanto tiempo sobreexplotando los recursos del planeta, ahora nos salpica la metralla y queremos dar con la cura a través de la circularidad.

Actualmente consumimos a nivel global unas 100 billones de toleradas de materiales cada año

La economía circular, un término acuñado en los 80, implica compartir, alquilar, reutilizar, reparar, renovar y reciclar materiales y productos existentes todas las veces que sea posible para crear un valor añadido. De esta manera, el ciclo de vida de los productos se extiende y asegura que, con un menor consumo de materiales –y por tanto menos emisiones de CO2–, podemos obtener un mejor resultado –o por lo menos el mismo–.

No obstante, estableciendo como base la cita del filósofo L.Wittgenstein «los límites del lenguaje son los límites de mi mundo», ¿se puede realmente transitar de un modelo lineal a un modelo circular sin cambiar de percepción ni lenguaje? A pesar de las buenas intenciones, el Circularity Gap Report de 2020 es pesimista. El estudio reveló que la economía global era un 8,6% circular, mientras que dos años antes, en 2018, esta cifra era de 9.1%. La apuesta por este método ha empeorado con los años, y la pandemia nos está retrasando aún más en la carrera por hacer bien las cosas.

Ahora, si el progreso de la Revolución Industrial no fue infinito, el presente tampoco lo será. Porque el sistema, a pesar de percibirlo de forma lineal, no acaba en ninguna parte. Por eso, las cifras negativas no deben mermar en el ánimo de empresas y Gobiernos a la hora de transformar el sistema. En este sentido, la circularidad será la piedra angular para una recuperación económica resiliente, y más en estos tiempos de «building back better» («reconstruir mejor»).

Según el Circularity Gap Report 2021, la introducción de economía circular a escala mundial junto a la acción climática nos pondría en camino hacia un 2032 por debajo de los 2 grados. Por otra parte, para 2050 es posible reducir hasta un 40% las emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de las industrias del acero, cemento, aluminio y plástico, según la Fundación Ellen MacArthur. Las previsiones optimistas existen y, si pretendemos hacerlas realidad, todos los Gobiernos tendrán que cooperar. Bajo este pretexto, cada país tendría un rol en la creación de entornos adecuados para la transición circular, en función del grupo al que pertenezcan (según la clasificación realizada en el Circularity Gap Report).

La introducción de la economía circular a nivel global nos pondría en camino hacia un 2032 por debajo de los 2 grados

Los «países en construcción», entre ellos India, Filipinas y Nigeria, son aquellos que todavía necesitan establecer los cimientos de un sistema económico que satisfaga las necesidades básicas de sus habitantes. Albergan al 46% de la población mundial, son los que menos contribuyen con las emisiones pero, irónicamente, las más vulnerables a los impactos del cambio climático. Por otro lado, se encuentran los «países en crecimiento», que se están industrializando rápidamente y construyendo infraestructuras para sacar a su población de la pobreza. Ahora bien, se debe exigir que su crecimiento sea dentro de los límites planetarios, es decir, incluido en un marco conceptual que permita habitabilidad del territorio. Son el hogar del 37% de la población y entre ellos están China, Indonesia y Brasil.

Por último encontramos los países «del cambio», con los ingresos más altos, como Estados Unidos, Japón y España. Representan a una minoría de la población mundial, pero consumen el 31% de los recursos y provocan el 43% de las emisiones. Por eso, estas naciones tienen que reducir su consumo con urgencia si pretenden mantener su nivel de vida a largo plazo. Además, para España es especialmente importante apostar por la circularidad. Nuestro país es –junto a Italia– el Estado europeo con mayor biodiversidad, y uno de los que se verán más afectado por el cambio climático. Por este motivo, deberíamos comprometernos para garantizar a las futuras generaciones un lugar sostenible donde vivir.

En conclusión, si 2021 no ha sido un año que haya servido para mucho en materia de sostenibilidad y circularidad, por lo menos, tirémoslo al contenedor del color adecuado. Gobiernos, empresas y ONG ya han establecido objetivos a corto y medio plazo para dinamizar el cumplimiento del Acuerdo de París; para que todos los perfiles de país puedan crecer manteniéndose bajo los 2 grados de incremento de temperatura; y para facilitar la transición circular mediante políticas públicas. ¿Será posible llevarlo a cabo? Quizás no estemos del todo preparados, pero parece que los límites de nuestra percepción ya incluyen la capacidad de unir los dos extremos de la linealidad tradicional para devolver al planeta la salud que siempre tuvo.

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