Cultura

¿Cultura ‘collage’? El arte de copiar bien

Inspiración, tributo, homenaje… Las denuncias por plagio están a la orden del día en cualquier arte, desde el cine hasta la literatura, pasando (como no podía ser de otra manera) por la música. ¿Dónde se marca el límite entre mostrar la admiración por un predecesor y lucrarse sin acreditar la autoría original de esa creación?

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01
Jul
2021
Madonna (a la izquierda de la foto) fue acusada de plagio por el fotógrafo Horst P. Horst en su videoclip ‘Vogue’, donde rindió homenaje a numerosos artistas, como la actriz Lauren Bacall (a la derecha). Fuente: Youtube, PaigeSix.

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Uno de los videoclips más elaborados y sugerentes de Madonna, Vogue, causó furor en los noventa. Cuando se piensa en él, se piensa en esa escena en la que se ve a la Ambición rubia de espaldas, con un corpiño encintado, una postura un tanto lánguida y una iluminación única. Lo cierto es que esa internacionalmente conocida imagen es una copia exacta de una de las fotografías más icónicas de Horst P. Horst, quien estuvo a punto de demandar a la cantante. Hoy en día apenas se pincha a The Hollies, una banda de rock británica imprescindible en los sesenta. Sin embargo, sí se escucha con insistencia el tema de los Radiohead, Creep, que fue declarado plagio de The Air That I Breathe, de sus predecesores. Fueron condenados a incluirlos como autores de la canción. Posteriormente, Radiohead acusó de lo mismo a la cantante Lana del Rey.

Más próximo en el tiempo es el caso de las palabras que componían uno de los discursos de Melania Trump, aclamadas hasta que alguien se dio cuenta de que se parecían sospechosamente a una intervención que años antes había pronunciado Michelle Obama en el mismo lugar, Cleveland. «Porque queremos que en esta nación nuestros hijos sepan que el único límite para sus logros sea la fuerza de sus sueños y su voluntad para trabajar para ellos», dijo Melania. «Porque queremos que nuestros hijos, y todos los hijos en esta nación, sepan que el único límite para la altura de sus logros sea el alcance de sus sueños y su voluntad para trabajar para ellos», Michelle dixit.

En la radio, muchas melodías actuales han incorporado fragmentos de canciones de los 80 a las que no rinden tributo

¿Dónde están los límites entre la copia, el plagio, la inspiración, la intertextualidad y el homenaje? En la radio, muchas melodías actuales han incorporado fragmentos de canciones de los ochenta a las que no rinden tributo, ni tampoco respetan. A Bunbury se le ha acusado de introducir versos ajenos a sus canciones, sin cita alguna, pero eso ya lo hicieron Blas de Otero, Joaquín Sabina, Bill Watterson y su cómic Calvin y Hobbes…  Y viene de mucho antes. En El Quijote leemos «¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,/ dulces y alegres cuando Dios quería!». Estos versos pertenecen a Garcilaso. No se cita la autoría. Se llama intertextualidad (relación de un texto con otros).

Antiguamente la copia no tenía la mala prensa que hoy en día la acompaña. Había ocasiones en las que el artista no podía sustraerse de la naturaleza y tenía que copiarla. Pero también se copiaban los originales de los grandes mentores. Por ejemplo, la Amazona herida de Fidias fue copiada por sus discípulos. En algunos casos, de hecho, lo único que tenemos son versiones del original. El Diadumeno, de Policleto. Se trataba de imitar a los mejores para igualarlos o superarlos.

No obstante, la idea del artista, tal y como lo conocemos, arranca del Renacimiento, cuando por vez primera se tiene conciencia de que la labor es una creación. Hoy en día, el plagio, es decir, hacer pasar por propio algo que es de otro, es un delito. Condenados por plagio desde Lucía Etxebarría a Bryce Echenique (admitió plagiar artículos, no sin tratar de achacarlo a la impericia de su secretaria); Pérez Reverte, condenado por plagiar el guion de la película Gitano, o Yves Saint Laurent por hurtar la distintiva suela roja carmesí en los zapatos del también diseñador Christian Louboutin.

Los homenajes son un caso distinto: ‘La gran belleza’, de Sorrentino, es un reconocimiento a ‘La dolce vita’, de Fellini

Los románticos nos enseñaron que la imitación es una senda que ha de abandonarse pronto para buscar la originalidad. Inspiración, sí, pero nada de copia. Así, el músico Phil Collins fue acusado de haber remedado a Prince y su canción 1999 en Sussudio. Él dijo que tenía sentido, ya que cuando compuso ese tema el disco de Prince era su favorito, y resultaba posible que de manera inconsciente incorporase algunos compases. Lou Reed, en cambio, jamás admitió que le entusiasmó el arte del historietista y pintor Nazario Luque, y le robó un dibujo que calzó como portada de uno de sus directos. Ni una mención al español en los créditos. Tras una serie de avatares, recibió cuatro millones de pesetas en concepto de indemnización.

Casos muy distintos son los homenajes: el de Pablo D’Ors en su libro Lecciones de ilusión a La montaña Mágica, de Thomas Mann, La gran belleza, de Sorrentino, como deudora de La dolce vita, de Fellini, o Memoria de mis putas tristes, de García Márquez respecto de La casa de las bellas durmientes, del también Nobel Kawabata. ¿Dónde se coloca el vínculo entre La piel que habito, de Almódovar, y Los ojos sin rostro, del francés Georges Franju? Basta con tener presente la reflexión del André Gide: «Todo lo que se necesita decirse ya se ha dicho. Pero, como nadie estaba escuchando, todo tiene que decirse de nuevo». 

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