Siglo XXI

«La expresión política se ha transformado en una adscripción a grupos superidentitarios»

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16
Mar
2021
Pol Morillas CIDOB

«De la pandemia saldremos mejores» es una frase que cada vez se escucha menos, aunque durante una época no dejaba de aparecer en cada conversación. Sin embargo, ¿hasta qué punto puede el coronavirus transformar las sociedades? «El mundo prepandemia ya venía caracterizado por un aumento de la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China», pero también por las crecientes desigualdades –entre países y también dentro de una misma comunidad–, la fragmentación de la opinión pública y la polarización en todos los niveles. Pol Morillas, director del think tank CIDOB – Barcelona Centre for International Affairs, explica así por qué solo cambiaremos hasta donde las condiciones preexistentes nos lo permitan. Porque, asegura, vivimos el momento más globalizado e interdependiente de la historia y las instituciones internacionales creadas de acuerdo con un mundo que ya no existe necesitan, más que nunca, salir del bloqueo al que las someten las grandes potencias, reformarse y liderar la transformación social y medioambiental que el planeta reclama.


La polarización social y política parecen haberse acentuado en los últimos años, y prueba de ello es el asalto al Capitolio estadounidense, por ejemplo. ¿Cómo afecta o puede llegar a afectar a las democracias esta polarización?

La polarización es la expresión de una serie de fenómenos convergentes en el ámbito político. Pero que tienen que ver mucho con factores estructurales que se remiten al aumento de las desigualdades en muchas sociedades democráticas, a la influencia de las redes sociales y a la fragmentación y segmentación de la opinión pública y de los medios de comunicación. Además, vivimos un entendimiento del liderazgo político sobre la base de una concepción de hiperliderazgo, que está muchas veces por encima de las costuras de cualquier estado de derecho, de su separación de poderes y de respeto de aquello que lo conforma.

Hay toda una serie de fenómenos recientes que lo que han fomentado, junto con las divisiones existentes en cada una de las sociedades –raciales en Estados Unidos o identitarias en la India, por ejemplo–, que la expresión política se haya transformado en una adscripción a grupos superidentitarios, como dice el periodista Ezra Klein, en los cuales convergen todo este tipo de fenómenos que acabo de explicar. Se escuchan los mismos medios de comunicación, se siguen las mismas cuentas de redes sociales, se forma parte de un determinado segmento socioeconómico y de una determinada comunidad o minoría racial, se tiene un nivel educativo determinado… todo eso conforma identidades políticas que, muchas veces, parecen inmutables y permiten muy poco el trasvase. Y, por eso, se consolidan en torno a estas superidentidades. Este es el sustrato sobre el cual líderes políticos en particular movilizan y articulan su mensaje político: más para consolidar la base propia que pensando en el conjunto de la sociedad, del bien público o de una concepción general de la política más allá de los tuyos. La polarización es la expresión de todos estos elementos de fondo y que, juntos, producen sistemas políticos que impiden la acción concertada, el diálogo entre partidos o los grandes acuerdos o mass policies para llevar a cabo reformas, desde un sistema impositivo hasta una constitución o cualquier política que requiera una visión conjunta.

En el documental Bouncing Back, se dice que la pandemia ha exacerbado y fortalecido condiciones preexistentes del orden mundial que ya de por sí no eran buenas. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo serán esas sociedades que surjan tras la COVID-19?

El mundo prepandemia ya venía muy caracterizado por un aumento de la rivalidad geopolítica entre grandes potencias –en particular entre China y Estados Unidos– y un debilitamiento y pérdida de eficiencia y eficacia de las instituciones internacionales para actuar en asuntos de la agenda global. Esas mismas potencias utilizaban esas instituciones para avanzar sus intereses nacionales e impedían su buen funcionamiento o lo bloqueaban, como es el caso del Consejo de Seguridad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) o la Organización Internacional del Comercio. Además, como parte de los factores preexistentes, había una creciente renacionalización de las prioridades en política exterior. Es decir, esa lógica que Trump caracterizaba tan bien con el America First, pero mi país primero también es una realidad en India, China, Turquía o Rusia y para muchas más de las potencias grandes y medias. También había un debilitamiento generalizado del estado de la democracia alrededor del mundo: desde 2005 vemos, por un lado, una regresión en los avances en sociedades democráticas cuyos Gobiernos dilapidan los fundamentos democráticos con ataques a la libertad de prensa, a los derechos de las minorías –como en India, China, Hungría o Brasil–. Por otro, se da un elemento fundamental: las crecientes desigualdades entre sociedades, pero también en el seno de muchas sociedades. Todos estos condicionantes ya estaban presenten en el mundo prepandémico, y lo que sería raro es que con una pandemia desaparecieran. Más bien se pueden reforzar desigualdades, tendencias renacionalizadoras, lucha entre grandes potencias… y eso es lo que hemos visto.

«La polarización política nos impide actuar en el largo plazo necesario en la lucha climática»

Lo que cambia la pandemia es la percepción de que, efectivamente, más allá de estos elementos hay una mayor conciencia global de que hay problemas transnacionales que, aunque no afecten por igual, tienen alcance global. Y ante fenómenos de alcance global lo más natural sería que tuvieras estructuras de gobernanza y acción global eficientes para dar respuesta a este tipo de situaciones. Y aquí es también donde surgen oportunidades para la cooperación internacional cuya necesidad la pandemia pone de manifiesto: desde la iniciativa COVAX al refuerzo de la OMS, la preparación para una próxima pandemia o al cambio climático y sus consecuencias.

La investigación de la vacuna de la covid parecía acercarnos hacia una gobernanza global. Pero su llegada y las diferentes estrategias que se están tomando, tanto a nivel autonómico como europeo o mundial, parecen acercarnos a una fragmentación global.

Conviven ambos fenómenos. Por un lado, vemos una articulación de grupos de investigación internacional, un apoyo público a las tareas de investigación transnacional para la consecución de la vacuna, un avance también en la investigación de tratamientos del coronavirus… Eso existe, es fundamental y, además, se plasma en el ámbito internacional con iniciativas como COVAX o la Gavi Alliance. Este tipo de propuestas responden a la lógica transnacional de la pandemia de que cuando recuperemos movilidad, si no tenemos todos los rincones del mundo más o menos seguros respecto al coronavirus y a sus posibles variantes, su capacidad de volverse a expandir será mucho mayor.

Pero al mismo tiempo esa concepción global convive con esas dinámicas que vienen de antes y que refuerzan, por ejemplo, una lógica mucho más basada en la geopolítica de la vacuna y en los intereses nacionales de las distintas potencias que hacen diplomacia con el acceso o la provisión de vacunas. La china y la rusa, a primera instancia, tienen aparejadas mucha lógica de geopolítica de la vacuna para sacar un rédito que puede ser en influencia en algunos gobiernos, en acceso a los datos de la población vacunada, o puede venir condicionada a futuras inversiones y vínculos comerciales. Esto remite a esa lógica de provecho geopolítico del coronavirus. Pero lo importante es que ambas conviven, y la opción hacia una u otra depende mucho de decisiones políticas que se tomen en el ámbito global o nacional. Lo que estamos viendo es que precisamente todas aquellas voces que dijeron que la pandemia nos generaría una mayor capacidad de acción y conciencia global se encuentran con esas realidades geopolíticas nacionales reforzadas. Por su parte, estas últimas saben perfectamente que si no hay un tratamiento o acercamiento más transnacional al coronavirus tampoco podremos salir de manera efectiva de la pandemia y de la crisis que ha generado.

En el documental se hace hincapié en que China y Estados Unidos compiten por ser la nación más poderosa. ¿Viviremos un retorno a un mundo bipolar, de ejes, como una especie de nueva Guerra Fría?

Es difícil hablar de una nueva Guerra Fría precisamente por el hecho de que, a diferencia de la vivida con la Unión Soviética, las dos superpotencias de hoy –China y EEUU– no existen de manera autónoma en el mundo. Los niveles de interdependencia e interrelaciones entre ambas –y en el marco internacional de relación entre distintas potencias con estas dos– son mucho mayores. Es decir, las interconexiones han aumentado en el ámbito digital, en el del comercio, en el energético… hay toda una dinámica que hace que la interconexión no nos permita volver a hablar de dos mundos en paralelo que coexisten y que casi no tienen relación entre ellos salvo por control armamentístico o nuclear. Por lo tanto, no estamos en el mismo paradigma. Si algo ha aumentado desde el final de la Guerra Fría hasta hoy es el creciente valor e influencia de las dinámicas transnacionales. El mundo está mucho más globalizado: no podemos replicar ese modelo entre China y Estados Unidos a día de hoy porque el mundo ha cambiado.

«Antes de la pandemia ya había un debilitamiento generalizado de la democracia en el mundo»

¿Cuál será el futuro de esa confrontación existente entre China y Estados Unidos?

Esa confrontación, que es evidente que existe y que seguirá existiendo, nos remite a los clásicos de las relaciones internacionales: la tragedia de la política de las grandes potencias. Esto es, en un mundo basado en la lógica realista, cuando la primera superpotencia (EEUU) ve que su estatus disminuye mientras que el de la segunda (China) aumenta, las dinámicas de conflicto entre ambas aumentan. Es un poco como la trampa de Tucídides, que explica que esas relaciones entre grandes potencias, en algún momento, terminarán en conflicto por ese reequilibrio de fuerzas. Sin embargo, dada esta transnacionalidad e interdependencia, hay un elemento adicional que nos hace pensar que, como los condicionantes son distintos, la acción y decisiones políticas que se tomen en esas grandes potencias son determinantes. Por lo tanto, mientras que la competición entre Estados Unidos y China es inevitable y natural, el conflicto y las dinámicas de rivalidad son absolutamente evitables. Aquí entra en juego quien ostenta la presidencia: para Trump no había una lógica posible basada en buscar ámbitos de cooperación a pesar de que la competencia seguía existiendo; para Biden, la lógica de la cooperación es también una posibilidad política. Esto es lo que hace que podamos hablar de una competencia natural, pero no tengamos que remitirnos a un conflicto o rivalidad inevitable, sino que puede haber también ámbitos en los que la cooperación sea necesaria.

La marcha de Trump de la Casa Blanca ha sido, cuando menos, controvertida. Hace pocas semanas, en su reaparición, reafirmó que «el viaje no ha acabado». ¿Qué condiciones se tienen que dar para que vuelva al despacho oval en 2024?

En buena medida las condiciones están ahí y seguirán estándolo con o sin Trump: la creciente polarización de la sociedad estadounidense, el desarraigo o desilusión hacia el sistema institucional, las crecientes desigualdades entre ciudadanos, la fragmentación de los grupos sociales, los sentimientos de agravio… Todo esto está presente en la sociedad estadounidense haya o no líder en el ejercicio del poder que lo personifique. Trump supo canalizar buena parte de ese descontento hacia las instituciones, los grandes partidos, la política convencional, el enemigo externo –fuera México, la inmigración o China– y, con un discurso populista, consiguió articular ese movimiento. Pero los 74 millones de votos siguen estando ahí: no todos son fieles seguidores pero, si bien puede haber cambios en la adscripción política, hay unas bases del partido republicano cuyo mensaje político se ha articulado de acuerdo con las principales visiones del mundo de Trump que sigue estando presente. La acción contra Trump no es solo hacia su persona, no es una cuestión de acabar con el líder, sino de procurar que las condiciones del sustrato que explica su crecimiento sean abordadas. La agenda de Biden tiene que proveer de ese tipo de elementos para despolarizar, reducir las desigualdades o aumentar la capacidad de reenganche de aquellos sectores que por la pandemia se hayan quedado atrás. Hay una acción política a llevar a cabo.

¿Qué puede pasar en 2024? En buena medida dependerá del éxito de las políticas establecidas en estos cuatro años. Los que no desaparecen son esos condicionantes. Y hay que entender que el populismo es una manera de expresar política, de articular mensajes y movilizar electorado, pero también hay condiciones que fomentan esa aparición de líderes populistas. Trump dio una narrativa, un escenario y una visión a ciertos grupos de población que vieron –a pesar de sus contradicciones– en él a la personificación de esos agravios, o esas sensaciones de haber sido dejados de lado. Eso es lo que importa, fijarse en ese sustrato.

«La competición entre Estados Unidos y China es inevitable. El conflicto y las dinámicas de rivalidad no»

Por el contrario, el presidente Biden parece querer dar un giro a la política doméstica e internacional de su país. Las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea han sido tensas los últimos años, pero ¿qué camino crees que tomarán ahora que la Casa Blanca tiene un nuevo residente?

Está claro que Biden ejercerá una política exterior tradicional en el sentido de contar con las alianzas más proclives a Estados Unidos: la UE, la OTAN o la lógica transatlántica. Todo esto volverá a estar en el centro de la acción política. Además, tiene una voluntad normativa respecto a las democracias mucho mayor de la que tenía Trump, para quien eran alianzas ad hoc y poco importaba el régimen con el que estuviese hablando: de vez en cuando era Kim Jong-Un su mejor amigo, después lo era Vladimir Putin, se decepcionaba y cambiaba de preferencias… es decir, había una lógica mucho más personalista del ejercicio de la política exterior.

Biden restaurará esa lógica más institucional, basada en alianzas tradicionales y en el retorno a consensos e instituciones internacionales como el Acuerdo de París, la Organización Mundial de la Salud, etc. Por lo tanto, hará política exterior en las instituciones, algo que Trump optaba por ningunear. Pero al mismo tiempo, los condicionantes de esa política exterior seguirán marcados por la evolución internacional, y China seguirá siendo la mayor preocupación. Desde la óptica europea, el hecho de que estemos en un mundo de tres, en el que la UE quiere jugar un papel, pero donde hay dos potencias que siguen una rivalidad geopolítica muy fuerte, cambia las condiciones bajo las cuales la alianza transatlántica se sustenta. Siempre se tendrá un ojo puesto en el tercer actor, que es China, y en las relaciones con el gigante asiático en este nuevo marco. Y esto es condición necesaria de la política exterior norteamericana, como también lo es el legado de Trump. Es difícil dar marcha atrás a según qué políticas adoptadas por el expresidente, como el traslado de la embajada a Jerusalén. Esto dificulta el giro de 180 grados de la política exterior de Biden.

¿Cómo afectará entonces el legado de Trump a las relaciones entre EEUU y la UE?

Para la Unión, como es lógico, esos condicionantes de fondo también dificultarán volver a una alianza incuestionable, es decir, en buena medida la UE tendrá que responder por su propio potencial y acción, y estar a la altura. Era muy fácil para la Unión Europea hablar en contra de Trump. Será mucho más difícil hacerlo en contra de Biden: es un presidente que demandará más compromiso de los europeos y que, además, hablará nuestro lenguaje. Por tanto, es todavía si cabe más urgente la autonomía estratégica y la capacidad de acción propia europea ante esos desafíos. Pero también condicionará el repliegue nacional y la recuperación de puestos de trabajo en Estados Unidos.

Y precisamente para aquello que decíamos al principio, para los condicionantes del populismo, Biden sabe muy bien que su gobierno también dependerá del bienestar económico de la población, de la recuperación tras la pandemia, de la superación de ciertas desigualdades… Así que el buy American todavía será un condicionante de la acción exterior de Biden, que mirará hacia dentro. Eso, en buena medida, es contradictorio con esa agenda más global y multilateral, y refuerza esa lógica condicionante de mirar hacia las prioridades nacionales. Es decir, Biden mirará hacia adentro cuando lo que se reclama es más política global.

Este último año, y pese al brexit, la Unión Europea ha intentado proyectar una imagen de unidad frente a la pandemia, aunque la heterogeneidad de las medidas tomadas para enfrentarse a ella parece decir lo contrario. ¿Cómo valoras los esfuerzos de la Unión durante estos meses?

A diferencias de con las crisis del euro y la de refugiados, la UE ha aprendido con las dos recientes que, en buena medida, la respuesta eficiente y eficaz a crisis internas es la acción concertada. Lo aprendió con el brexit, donde tanto la Comisión Europea como los Estados miembro vieron que, de cara a las negociaciones, era mucho mejor una conversación bilateral UE-Reino Unido y no una de 27, precisamente para evitar las divisiones internas y que el otro dividiera a la Unión para sacar más rédito. Y eso se ha plasmado en el éxito de un acuerdo comercial muy en la línea de lo que era la relación anterior, es decir, de acuerdo con la UE en primera instancia. Las bondades de la negociación sobre el brexit de manera unida han tenido su rédito para Europa. Y esa misma receta se aplicó en el Joint Procurement y en el Joint Roll-out de las vacunas: la UE en su conjunto negociaría con las farmacéuticas contratos para el conjunto de la Unión, porque eso sería beneficioso para aquellos países más pequeños o de renta más baja que si tuvieran que negociar de tú a tú les costaría mucho que sus prioridades de vacunación fuesen igual de exitosas que las de Francia, Alemania, Holanda o los países más ricos. La lógica conjunta era positiva.

¿Qué ha sucedido entonces?

La capacidad de la UE para negociar en el ámbito de la salud es muy baja porque, a diferencia de las cuestiones comerciales, esas competencias no son europeas. El punto de partida es diferente en la crisis sanitaria y la del brexit. Además, ha habido una excesiva centralización en manos de la presidenta de la comisión y poca capacidad de anticipar algunos de los problemas que estamos viendo ahora. Por ejemplo, el hecho de que las farmacéuticas hayan priorizado otros mercados, que no hayan dado respuesta a sus compromisos de producción o que priorizan el precio al que venden. Pero también hay países que han invertido mucho más en la reforma del sistema productivo de vacunas que los europeos, y eso también ha condicionado. Ahora estamos viendo las primeras consecuencias de esos errores o de esa incapacidad para ir tan rápido como se quería, del mismo modo que durante el brexit vimos fisuras o cómo se tardaba en acordar, cumbres interminables, dificultades en Irlanda del Norte… La diferencia es que ahí no había vidas humanas en riesgo de la misma manera que ahora las hay, al igual que hay afectación en salud y en economía. Mientras negociábamos el brexit, el Reino Unido estaba en periodo transitorio. En el caso del coronavirus no, la pandemia está ahí y es disruptiva en todo.

«De poco sirve que la UE sea la avanzadilla en reducción de emisiones si en otros países no se compensa»

En el largo plazo, probablemente esa lógica de acción común tiene sentido, es una buena estrategia, la cuestión es que en el corto estamos viendo sus consecuencias negativas. Al fin y al cabo, la decisión de más Unión Europea, de mayor integración, no puede venir dada por accidente o por defecto. Tiene que ser una elección de los Estados miembro, que entiendan que ante las rivalidades sistémicas y las otras potencias más le vale a los europeos –a la ciudadanía– que entiendan que una mayor integración es en su provecho. Tiene que ser percibida como legítima. No podemos seguir con una lógica de integración por defecto sin que haya una voluntad política de hacerla fuerte y de cambiar las estructuras de gobierno europeos, los límites institucionales, las tomas de decisiones, etc. Y todo refrendado por la voluntad popular. Ese es el mañana de la Unión Europea: tiene que ser un proyecto político mucho más complejo de conseguir. Es fundamental para el futuro eficaz y sano de la Unión.

Europa quiere ser ese faro que guíe al resto del mundo hacia la descarbonización, con su Green Deal Europeo y su propuesta de recuperación económica de la crisis actual, pero ¿qué papel jugará en ese nuevo orden mundial que podría surgir tras la pandemia?

Aquí está esa lógica de evidencia de una cuestión global que está afectando y seguirá haciéndolo a la estabilidad internacional y, por lo tanto, esa necesidad de refuerzo de las dinámicas transnacionales y los acuerdos políticos a nivel internacional para hacer frente al cambio climático. De poco sirve, al fin y al cabo, que la Unión Europea sea la avanzadilla en reducción de emisiones si en otros países no se compensa. Es algo que veremos en un futuro cercano, es una cuestión en la que hay consenso científico.

Las recetas están claras: los Objetivos de Desarrollo Sostenible son una estrategia que está encima de la mesa, con la transformación digital y la economía verde. No estamos ante una falta de ideas de cómo deberíamos pensar ese mundo que nos viene, sino ante una falta de acción política para la consecución de esos objetivos y, por tanto, ante una incapacidad de que las acciones de gobierno den respuesta a esas necesidades. Vivimos en una lógica de repliegue de los intereses y, a la vez, hay grandes dificultades para transformar las instituciones que tienen que ser las protagonistas de este cambio: en el momento en el que más necesitamos a las instituciones internacionales, menos capacidad de reforma tenemos porque a más bloqueo están sujetas. A pesar de la conciencia de su necesidad, reformarlas y hacerlas útiles para su propósito es muy difícil. Estamos en esa situación de bloqueo que nos impide realmente avanzar. Mientras tanto, el tiempo pasa y las crisis relacionadas con el cambio climático se van a ir acercando. Estamos bloqueados por falta de liderazgos, de capacidad de gestión política de los cambios, por bloqueos en los países por su propia gobernanza y la polarización. Todos estos condicionantes hacen muy difícil que una entidad gubernamental piense a largo plazo. Esa desincronización entre los plazos –largo y corto– la vemos en todos los países. Las discusiones políticas tan altamente polarizadas, o la política del titular, nos impiden actuar sobre esas transformaciones de más largo alcance que son necesarias para luchar contra el cambio climático, por ejemplo.

«Las bases republicanas, cuyo mensaje político se articuló en torno a la visión del mundo de Trump, siguen presentes»

En un planeta tan convulso como el nuestro, con tantos frentes abiertos, ¿seremos capaces de unirnos para mitigar los efectos del cambio climático? ¿Supondrá la pandemia un nuevo impulso a la lucha climática?

La lógica es que la impulse. Lo natural es que se entienda la evidencia científica creciente que existe entre el deshielo del Ártico, la aparición de nuevos virus y bacterias y, a la vez, la interacción entre humanos y el hábitat natural. Todo ello condiciona las cuestiones de salud global. Hay evidencia tanto de la transferencia de virus de otros animales al ser humano, como del aumento de bacterias y virus procedentes del deshielo, claramente relacionado con el calentamiento global. Esta ecuación debería llevarnos a una mayor vinculación entre pandemia y cambio climático, necesariamente. Pero ¿hasta qué punto estamos en disposición de, ante esa evidencia, articular políticamente las soluciones que son necesarias para hacerle frente, y hacerlo en el plano de la gobernanza global que requieren esos cambios? Esto es lo que más me cuesta ver. Porque miro, no tanto la evidencia científica, como a los condicionantes políticos y geopolíticos que dificultan esos avances. Cuanta más necesidad tenemos de que esa evidencia se traslade a acciones políticas concretas, más dificultades encontramos para conseguir consensos internacionales. Aquí es clave, no solo el sistema multilateral, sino la acción entre las principales potencias internacionales en el marco del G-7, del G-20 y en toda una serie de foros que tendrán que articularse. De la misma manera, tendrán que hacerlo actores que vayan mucho más allá de los estados: desde las ciudades a las multinacionales pasando por la sociedad civil organizada. Estamos hablando de una gobernanza global que no gira en torno solo a los países y a las instituciones internacionales, sino que se ha vuelto mucho más compleja –en el buen sentido de la palabra–.

Hay muchos más actores con capacidad de incidencia y de decisión y, por lo tanto, la gobernanza global no solo tiene que reformarse para dar mejor cabida a los estados o para que las instituciones en sí mismas sean más eficaces. Tiene que hacerlo para ser más inclusiva con todos los actores que realmente importan en estos desafíos. La gobernanza global se ha hecho mucho más necesaria, interdependiente, con más interconexiones y mucho más plural en el número de actores involucrados. Eso es lo que hace que sea más compleja. Venimos de una realidad anterior donde se marcaron los hitos de estas instituciones y sus mecanismos de funcionamiento de acuerdo con un mundo que ya no existe, o que lo hace solo en cierta medida. Por eso, esa modernización es mucho más compleja y, a la vez, mucho más necesaria.

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