Internacional

«Cada vez que ha habido un avance de las minorías, la supremacía blanca ha respondido»

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24
Sep
2020
Mikel Reparaz

En marzo, cuando la COVID-19 se convirtió en pandemia y España quedó confinada, Mikel Reparaz (Navarra, 1975) estaba a punto de volver de Nueva York, el que fue su hogar durante los cinco años que trabajó como corresponsal en Estados Unidos. Durante aquella época, le tocó vivir dos eventos que le dejaron huella: el asesinato de Freddie Gray a manos de la policía en Baltimore (2015) y el de Heather Heyer como resultado de un ataque de un neonazi en Charlottesville (2017). La primera sucedió durante la presidencia de Barack Obama, el primer presidente negro del país. La segunda, durante la de Donald Trump, «el presidente más blanco que ha habido». En su libro Las grietas de América: Bajo la piel de un país dividido (Península, 2020), estos dos conflictos desgranan los entresijos de un conflicto político y social enquistado en el país desde su fundación.


En tu libro haces un recorrido por las protestas de los últimos años en Estados Unidos. Nos muestra un país lleno de crispación. ¿Cómo se ha llegado, como dices, a «Los Estados Divididos de América»?

Mis años de corresponsal coincidieron con un momento histórico muy interesante de Estados Unidos: el cambio de la presidencia de Obama a la de Trump, es decir, del primer presidente negro de la historia al presidente, seguramente, más blanco que ha tenido Estados Unidos durante estas últimas décadas. Se trata de un momento de un cambio brusco y de trauma para la sociedad. Ha sido una mina periodística no solo por el hecho de que haya habido disturbios, sino porque la sociedad estaba traumatizada y muy crispada por un fenómeno que venía de mucho antes de que Trump llegara a la Casa Blanca. La presidencia de Obama provocó un cortocircuito en la mayoría de la población blanca –más del 70%– conservadora. Él, en sus políticas, planteaba algunas medidas, como Obamacare, por ejemplo, que atacaban directamente a lo que lo que esta población mayoritaria y conservadora creía que eran los valores estadounidenses. Lo que defiendo en el libro es que Obama provocó Trump es decir, este último es una consecuencia de la era Obama. En ese momento histórico me he encontrado con los Estados Divididos de América, porque las grietas que se han ido abriendo en la sociedad tienen unas raíces muy profundas, históricas. En Estados Unidos hay un conflicto político sin resolver desde la fundación del país, pero que en este momento histórico de cambio y de trauma ha aflorado con muchísima fuerza. Lo estamos viendo ahora, sobre todo durante estas últimas semanas o meses, y especialmente lo veremos durante esta campaña electoral: Trump está utilizando deliberadamente esa crispación y esa división para ganar las elecciones.

«Con la pandemia, Trump se ha agarrado a lo que le queda: presentarse como el presidente de la ley y el orden»

¿Tan poco ha cambiado la tierra de las oportunidades desde su fundación?

Lo ha hecho y, además, para bien. Ha habido muchísimas conquistas sociales durante los más de dos siglos de existencia del país. Este mismo conflicto provocó una guerra civil de la que salió la emancipación de los esclavos. Después, en los años sesenta, se conquistaron los derechos civiles, el New Deal de Roosevelt… Hasta la presidencia de Obama fue un gran avance para la diversidad en Estados Unidos. Sin embargo, cada vez que ha habido un avance, cada vez que las minorías han conseguido una conquista, la supremacía blanca ha respondido. En el libro lo llamo el gran arácnido, un monstruo que se quedó en las estructuras, entre los pilares y las columnas de esa nueva democracia, la primera del mundo moderno. Cada vez que alguien intenta destruir su tela de araña, esta supremacía blanca responde. Ocurrió después de la emancipación de los esclavos con la segregación, con el macartismo después de los cambios que puso en marcha el presidente Roosevelt, con Nixon… La historia de Estados Unidos es la historia de esas dos Américas. Continuamente ha habido avances y retrocesos y, en ese proceso, ha cambiado. Durante estas últimas décadas, EEUU ha sido el faro del mundo, en lo cultural, en lo artístico, en la ciencia, en la tecnología… Pero es un país que está agrietado, especialmente en ese concepto de la gran América. En lo internacional, en lo geopolítico, además, está perdiendo peso y eso se nota en la sociedad.

El año pasado decidiste hacer una ruta en autobús y tren por los doscientos cincuenta kilómetros que separan Baltimore de Charlottesville, haciendo escala en Washington, es decir, visitaste los puntos calientes de las protestas raciales. Ahora, esos mismos lugares están siendo arrasados por la COVID-19. ¿Qué crea más sensación de inseguridad entre los vulnerables, la brutalidad policial o el virus?

Ahora se mezcla todo. Trump tenía una gran baza electoral: la buena marcha de la economía y la buena gestión económica. Ese castillo de naipes se le ha caído con la llegada de la pandemia, el paro ha crecido, la situación económica ha empeorado y doscientos mil estadounidenses han muerto por el virus. En este contexto, se ha agarrado a lo que le queda: presentarse como el presidente de la ley y el orden y, de alguna forma, echar más gasolina al fuego de la división. Eso a Trump le conviene para poder ganar en ese sector demográfico y sociológico que le va a votar, que son los blancos conservadores de clase media.

«En Estados Unidos conviven dos países paralelos y dos sociedades que ni se hablan ni se ven»

Charlottesville, Jacksonville, Ferguson, Atlanta, Baltimore… son lugares que se han colocado bajo el foco mediático precisamente por las protestas multitudinarias contra la violencia racial. ¿Son ahora las movilizaciones masivas más intensas que antes o es que antes no había tanto interés?

La brutalidad policial ha existido siempre y la minoría más golpeada ha sido siempre la comunidad negra. Cuando los móviles empezaron a tener cámara comenzamos a ver esa realidad, que estaba oculta, en las redes sociales. 2014 y 2015 son los años de las grandes protestas en Ferguson, en Baltimore… Ahí surge el movimiento Black Lives Matter y empieza esta nueva oleada de manifestaciones. Lo que estamos viendo ahora es que tenemos una sociedad mucho más dividida por la presidencia de Obama y un presidente que echa gasolina al fuego. Estados Unidos ha pasado una línea roja que hasta ahora no se había sobrepasado: la del enfrentamiento civil. Durante las últimas semanas lo hemos visto en Kenosha, cuando un chico de 17 años armado con un fusil mataba a dos manifestantes de Black Lives Matter, y después en Portland, cuando un militante antifascista mataba a un seguidor de Trump, y después era asesinado por la Policía Federal. Esto no tiene precedentes, al menos, no en las últimas décadas. Estamos ante un enfrentamiento civil en toda regla y las elecciones no parece que vayan a calmar esta situación.

¿Podemos hacer paralelismos entre las manifestaciones actuales y las reivindicaciones de figuras como Martin Luther King Jr., Malcolm X o, incluso, los Panteras Negra?

Creo que sí, aunque la historia nunca se repite. La actual no es la misma situación que la de los años 60 del siglo pasado, pero tampoco son los años 30, como dicen otros. No estamos ante un auge del fascismo. Pero hay muchas cosas en común, como la crispación. En Estados Unidos conviven dos países paralelos, dos sociedades que ni se hablan ni se ven. Tenemos a dos grupos de personas en dos salas de cine diferentes: unos están viendo la película de Fox News y otros la de la CNN o del New York Times. No están viendo la misma realidad. Y luego, cuando salen a la calle, tampoco hablan ni se ven. Hay una división total y es uno de los motivos por los que estamos viendo lo que estamos viendo. Si a eso le sumas el conflicto político y racial sin solucionar en Estados Unidos, tienes una mezcla explosiva.

La muerte de George Floyd provocó una reacción en cadena de protestas en todo el mundo, pero la discriminación contra la población racializada no es exclusiva de Estados Unidos, se da en el resto del continente americano y también en Europa. ¿Por qué se reacciona así ante un caso allí, pero no ante los de aquí?

En Colombia acabamos de ver una reacción muy fuerte contra un caso de brutalidad policial, pero es cierto que en otros lugares no se reacciona de la misma manera o, al menos, no con la misma intensidad. Después de la muerte de George Floyd en Minneapolis sí que se extendieron las protestas de Black Lives Matter a Europa. Lo vimos en Londres, en París… Pero no es la misma situación porque la historia, la sociedad y la cultura de Estados Unidos no tiene nada que ver con la nuestra, a pesar de que nosotros somos su satélite cultural. En Europa no hay ningún país en el que haya más armas que personas y en el que, potencialmente, cualquier persona esté armada. El nivel de violencia en EEUU, por el simple hecho de poder llevar un arma, es mucho mayor. La historia de Estados Unidos y de España es muy diferente, y nuestros valores también. A pesar de que aquí el racismo existe y está extendido, no existe el mismo conflicto que en Estados Unidos, precisamente porque se trata de un conflicto político.

¿Es el Black Lives Matter ya un movimiento global?

Sí. Es un movimiento que está teniendo repercusión en diferentes países y, de alguna forma, eso es bueno. Como decía el escritor James Baldwin, los estadounidenses blancos tienen que convertirse en negros y, en el momento en que lo hagan, se solucionará este conflicto: verán las desigualdades de un país fundado sobre la economía esclavista que ha provocado una minoría oprimida que sigue estándolo. En el momento en que los blancos renuncien a sus privilegios verán realmente lo que está pasando, eso es lo que intenta hacer el movimiento Black Lives Matter. Lo que pasa es que, en otros sectores sociales, en el medio oeste de Estados Unidos, en los Apalaches, en zonas donde hay muchos blancos sin privilegios que viven en pobreza, este mensaje no se entiende. Y ahí surge el conflicto.

«Se ha cruzado una línea roja que hasta ahora no se había traspasado: la del enfrentamiento civil»

Dedicas un capítulo de Las grietas de América a un lugar imaginario llamado Trumpistán. ¿Cómo lo describirías?

Trumpistán para mí es un concepto que intenta reflejar un país imaginado por Trump y donde el conflicto racial, las desigualdades y la división es lo que predomina. Estados Unidos con Trump –y esto es mi punto de vista– ha empeorado en muchísimas cosas, y lo peor es la división, la falta de diálogo, la estridencia, todo el mundo grita… nada de esto favorece la reconciliación ni la solución del conflicto.

En el libro explicas cómo los resultados electorales en Estados Unidos están cocinados por los estados. Con elecciones a la vuelta de la esquina, ¿qué tácticas se utilizan para «suprimir los votos de las minorías», como escribes?

Como en todas las democracias, hay imperfecciones. Una de ellas es su sistema electoral, donde no se prima el voto individual –una persona un voto–, sino el poder de los estados. Se reparten los votos en función del número de delegados que tiene el colegio electoral de cada estado. Esto provoca que haya algunos que son cruciales, donde quien quiera ganar tiene que ganar. Trump lo sabe muy bien y, por eso, ha hecho siempre campaña dirigiéndose quirúrgicamente a personas que están en condados muy concretos, porque si gana en esos lugares ganará en el estado y si gana en esos estados, ganará la presidencia. Todo esto ha provocado que los partidos hagan trampas. Y el gerrymandering –la manipulación de las circunscripciones electorales para influir en los resultados– o el cambio de los distritos electorales responde a esto. Es algo ha hecho el Partido Republicano y también el Demócrata. Aquí, el factor racial es muy importante: en un estado donde hay una mayoría republicana (blanca), la Asamblea decide cambiar un distrito partiendo una bolsa de voto negro, por ejemplo. Esto tiene repercusiones electorales y todos lo saben. Incluso ha habido sentencias del Tribunal Supremo de Estados Unidos en contra del gerrymandering, pero es algo que se sigue haciendo. Me costó mucho, como corresponsal, llegar a entender el sistema electoral del país. No hay que olvidar, por ejemplo, que Hilary Clinton tuvo tres millones de votos más que Trump y, sin embargo, no es la presidenta. Eso en las elecciones de este año va a tener muchísima importancia. El presidente sabe a quién se dirige con ese discurso del miedo: sabe que si hace campaña para atemorizar a ciertos sectores de la población, va a conseguir su apoyo.

Tal y como está la situación actualmente, ¿qué crees que pasará el 3 de noviembre?

No me atrevo a hacer ningún pronóstico porque en 2016 todos le daban una victoria muy amplia a Hillary Clinton y ya ves dónde está ahora. En este momento, todas las encuestas le dan la victoria a Joe Biden, pero esas encuestas nacionales, por ese sistema electoral que explicaba, no sirven para nada. Habrá que ver cómo evoluciona la situación de aquí a las elecciones y no olvidar que la baza del Trump es la división. Si consigue mantener este ambiente que se vive ahora en Estados Unidos, tiene muchas posibilidades de ser reelegido.

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