Opinión

Viaje al centro del totalitarismo

Pensar en términos de concordia, detenerse piadosamente en todo eso que nos une incluso con los más diferentes y que hace posible el entendimiento en una sociedad que ha trascendido a la tribu, puede antojarse como algo cada vez más complicado. Y se atisba entonces, a veces más cerca, a veces más lejos, el abismo totalitario.

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08
Feb
2021
totalitarismo

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Hay quienes, por motivos que pueden responder a sus íntimas frustraciones, carroñeramente se nutren del conflicto y de la crispación, alimentos cuya esencia descansa en lo putrefacto. La discordia les procurara, en una primera instancia, un asidero donde agarrarse para no caer en los abismos existenciales de lo que llamamos vacío. Algunas de estas gentes pueden ser, sin embargo, certeras a la hora de señalar las bajezas y contradicciones de quienes, da igual si molinos o gigantes, son el centro de su diana, y que conciben como adversarios cuando en realidad no dejan de ser para ellos verdaderos benefactores, puesto que distraen, aunque sea temporalmente, como luego veremos, a sus más íntimos y próximos demonios. La precisión de sus dardos, lo certero de sus argumentos, parece tener en estos amantes de la discordia un efecto autoafirmatorio, es decir, en la huida de sí mismos han encontrado un enemigo, que a veces puede resultar, y esto suele depender de las circunstancias y de la bancada biográfica o existencial donde haya caído uno, digno de ser combatido.

El caso es que, cuando estas almas quisquillosas y abrumadas, que han decidido ser a través de sus numantinas batallas, son certeras en sus diatribas, han de sentir la corriente de cierta torcida verdad acusatoria que ellos, gracias a «su sed mortal de justicia», han desvelado al mundo. En ese movimiento no solo tapizan la oquedad de sus más íntimas fibras, que ahora ya lucen distintas y sueñan con dejar de ser orugas y poder alzar el vuelo, al menos en esa superficie donde al final el hombre puede darse a la vida, esto es, a una cotidianeidad, a un día a día procurable, navegable, sino que, además, forjan una suerte de armadura con un alto voltaje moralizante, a través de la cual pueden acabar coronándose como custodios de una última y acaso Verdad Sagrada.

Pero bajo esa armadura no hay musculatura alguna y, llegados a este punto del viaje, pensar en términos de concordia, detenerse piadosamente en todo eso que nos une incluso con los más diferentes, y que hace posible el entendimiento y la convivencia en una sociedad que hace largo tiempo ha trascendido a la tribu, puede antojarse como algo cada vez más complicado. Y se atisba entonces, a veces más cerca, a veces más lejos, el abismo totalitario. Esa alma que lo era quisquillosa, de corazón picapedrero, a quien quizá le faltó el amor, o quizá saber entenderlo, porque el amor no supo por donde penetrar, desde donde adherirse, solo ha de cruzar su Rubicón particular subido en las briznas de toda esa alucinación disfrazada de odio, para llegar a esa tierra prometida donde solo arriban quienes, como él, han sido por esa Verdad Sagrada elegidos. Allí se les dará fanática forma a esos demonios íntimos de los que, a través la fruta podrida de la discordia, huir habían pretendido. Con ellos podrán decidir qué es lo justo, qué es lo correcto. Habrán realizado entonces un viaje de difícil retorno hasta el centro del totalitarismo.

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