Cambio Climático

Luces y sombras del plan de China para alcanzar las cero emisiones en 2060

Hace unas semanas, Xi Jinping anunciaba una ambiciosa hoja de ruta verde para el gigante asiático. Además de por sorprendente, el plan se caracteriza de momento por su falta de concreción. ¿Qué impacto tendría en las metas climáticas mundiales?

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Carla Lucena
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06
Oct
2020
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Carla Lucena

En la era de la teatralización política, la escasa pomposidad con la que el presidente chino Xi Jinping se dirigía al mundo hace unos días resultaba llamativa. El atrezo era sencillo, pero el mensaje no: con el único adorno de una bandera nacional y un enorme fondo de la Gran Muralla, comunicaba que China se compromete a alcanzar la neutralidad de carbono en 2060 –esto es, no producir más emisiones que las que los propios sumideros, como los bosques, pueden absorber–. Una de las noticias del siglo en términos ecológicos. «La humanidad no puede seguir permitiéndose ignorar las repetidas advertencias de la naturaleza y seguir adentrándose en la vía de extraer recursos sin invertir en la conservación», aseveró el dirigente chino en su anuncio. Minutos antes, un exaltado Donald Trump atacaba con agresividad al país asiático y a sus dirigentes, para quienes exigió que la Organización de las Naciones Unidas les hiciese «rendir cuentas» por la actual pandemia del coronavirus.

A pesar de la manifiesta vaguedad del plan, su anuncio ha sido muy celebrado, quizás no solo por el hecho de que China sea, con enorme diferencia, el mayor contaminador del planeta, sino porque es la primera vez que se compromete, mediante una revolución verde, a alcanzar la llamada «huella cero». Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace, afirmaba hace pocos días que «es una señal importante de que responder a la crisis climática es una prioridad y, desde luego, una prioridad en la agencia de China». Incluso Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea y responsable del Acuerdo Verde, acogía con satisfacción el mensaje lanzado en la ONU. «Doy la bienvenida al anuncio del presidente Xi Jinping de que China ha fijado una fecha para que sus emisiones de CO2 alcancen un máximo y para convertirse en carbono neutral antes de 2060. Necesitamos una acción decisiva de todos los países para mantener las temperaturas bajo control, abordar el cambio climático y mantener nuestro planeta habitable», declaraba. Según la organización Climate Action Tracker, si China lograse alcanzar su objetivo, las proyecciones sobre el calentamiento global se recortarían directamente entre 0,2 y 0,3 grados centígrados, lo que supondría la mayor reducción nacional jamás estimada. Esta estrategia a largo plazo, además, acercaría a la realidad la consecución del Acuerdo de París, cuyo principal objetivo era que el calentamiento global no superase los 2 grados centígrados —e idealmente los 1,5 grados— en relación a la época preindustrial.

Para Fernando Valladares, profesor investigador del CSIC, el anuncio chino da pie al optimismo. «Creo que son muy buenas noticias. Desde luego, son mucho mejores que el punto de partida y que cualquier otra alternativa. Abre unas esperanzas muy potentes ya que, si China empieza a empujar en esta dirección, las tecnologías asociadas a energías renovables, a energías limpias, van a notar un fuerte impulso en la inversión y desarrollo, así como en el abaratamiento. Llevamos ya treinta años de buenas intenciones con respecto al cambio climático. Creo que a China no le temblará el pulso en este sentido», explica. Su actitud, destaca el experto, se diferencia mucho de la vista en otras cumbres como la COP-25 de Madrid, envuelta en una implacable ambigüedad. Así, este plan vendría a confirmar una tendencia que, si bien aún es tímida, ya parecía encaminada en esa dirección. «Algunas de las medidas más destacadas tomadas hasta ahora son las campañas de reforestación, que llevan ya años poniendo en práctica. No son el modelo a seguir, pero van bien encaminadas: corrigen la erosión, mejoran la hidrología y, desde luego, las economías rurales», recalca Valladares. Otras medidas, como los proyectos hidráulicos destinados a obtener energía con la construcción de presas de enormes escalas, son más controvertidas, ya que siguen afectando con profundidad al medioambiente. Aún así, estas medidas continúan siendo insuficientes.

Si China lograse alcanzar su objetivo, las proyecciones sobre el calentamiento global se recortarían directamente entre 0,2 y 0,3 grados

La materialización de este plan, a pesar de todo, se prevé más compleja de lo que parece. Para algunos expertos, es más importante alcanzar un máximo pico de emisiones de dióxido de carbono antes de 2030 –o, como muy tarde, para esa misma fecha– que la propia promesa de neutralidad de carbono: la vida de más de cien años del dióxido de carbono en el aire hace que los recortes de emisiones tempranos sean más efectivos que aquellos que se producen más tarde en el tiempo. Los cálculos indican, de hecho, que las emisiones que no se den entre ahora y hasta el 2030 lograrán reducir el calentamiento mucho más que las mismas reducciones de emisiones después de 2060.

Según afirmaba la ONU en 2019, el planeta necesitaría reducir la electricidad proveniente del carbón en dos tercios durante la década 2020-2030 para cumplir con los objetivos climáticos. Es aquí donde China halla su primera gran contradicción: para llegar a tales estándares, debería reducir la electricidad cuya fuente provenga del carbón en un 40%. En la actualidad, es el país sobre el que recae aproximadamente el 30% de las emisiones de CO2 a nivel mundial.

 

Cabría pensar que, debido al anuncio y a una creciente –aunque tímida– tendencia verde, China tomaría decididos e inmediatos esfuerzos en contrarrestar la generación de polución. Sin embargo, sus actos hasta el momento continúan la trayectoria que ya seguían. Según datos de Global Energy Monitor relativos al año 2019, mientras en el resto del mundo se retiraba más capacidad de energía relacionada con el carbón que aquella que se añadía, China aumentaba con creces su potencia absoluta con 40 gigavatios, una cifra que, por ejemplo, es casi pareja con la potencia total –con origen en el carbón– de que dispone Japón. Actualmente, de hecho, aún cuenta con centrales en construcción cuya potencia suma 148 gigavatios. O, si nos fijamos en Estados Unidos –el segundo país con mayor uso de carbón–, vemos que cuenta en la actualidad, con 240 gigavatios en total. Es decir, si China, que posee más de 1.000 gigavatios, continuase aumentando esta capacidad energética proveniente del carbón hasta el año 2035, su sola generación sería más de tres veces más grande que el límite global sobre el uso de energía del carbón determinado por el IPCC.

Según la ONU, el planeta necesitaría reducir la electricidad proveniente del carbón en dos tercios durante la década 2020-2030

Es precisamente esta preocupación la que parece hacerse realidad: grupos chinos relacionados con el carbón y la industria –como es el caso de la Corporación Estatal de la Red Eléctrica de China– persisten en aumentar la capacidad total de energía con origen en el carbón entre un 20% y un 40%; es decir, de 100 a 300 gigavatios. En este sentido, la crisis del coronavirus abre una nueva puerta a la hora de seguir produciendo energía con carbón, un método rápido, barato y eficiente para la recuperación económica. Es por ello que Climate Action Tracker considera sus acciones actuales como «altamente insuficientes». Según la organización, si todos los gobiernos se hallaran en este rango, el calentamiento alcanzaría entre 3 y 4 grados, muy lejos de los ideales 1,5 grados propuestos en París. Así, no sorprende que António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, criticase públicamente las acciones del gobierno chino. «No existe tal cosa como el carbón limpio. El carbón no debería tener ningún lugar en cualquier plan racional de recuperación», afirmaba en julio.

 

Aunque la estrategia anunciada aún falta por comenzar a definirse en su decimocuarto plan quinquenal (2021-2025) y en un futuro plan de infraestructuras, las medidas tomadas en la actualidad por China no parecen bastar. Ni siquiera el estímulo de recuperación actual, que ocupará el 4,5% del PIB, cuenta con suficientes —y concretas— medidas. O, dicho de otra forma, no estamos ante una suerte de Green Deal. 

Un plan, múltiples miradas

 Entonces, ¿cómo cabe interpretar este sorprendente anuncio? En términos políticos, la estrategia esconde varias dimensiones. Tal y como afirma Pablo Pareja, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pompeu Fabra, «es un cierto ejercicio de oportunismo político y, sin embargo, creo que el contenido del discurso y la intención de China eran previos al mismo». Las palabras de Xi Jinping, de hecho, no solo podrían enmarcarse en la intensa lucha con Estados Unidos por la hegemonía internacional, sino que buscarían penetrar en una audiencia de carácter doméstico. Este es, según Pareja, el principal terreno al que se dirige la proclamación del dirigente chino. «Se puede interpretar el discurso en clave de impulsar la legitimidad de Xi Jinping ante su audiencia nacional. Se cree que el presidente chino tiene en su agenda la ampliación de su poder a un tercer mandato y, si bien esto no es permitido actualmente por la constitución, muchos analistas hablan de que es muy probable que la intente reformar en estos términos», apunta. Bajo esta óptica, la neutralidad de carbono se convierte en un pilar de la mejora de su imagen pública, al permitirle presentarse como un líder capaz de convertir a China en una economía tan potente como sostenible.

Sin embargo, este no es el único núcleo bajo el que giran las palabras del dirigente asiático. «China también pretende presentarse como una superpotencia verde, que tiene en su agenda la lucha contra el cambio climático, lo que llevaría a rebajar temores en caso de que se consolidase como tal», añade Pareja. Al interpretar este giro en clave doméstica, surgen con nitidez también otros motivos políticos, lo que permite observar el cuadro completo de esta apuesta de futuro del régimen chino. «La apuesta de Xi Jinping por las energías renovables también conllevaría retirar parte de los apoyos a las grandes empresas energéticas chinas, que en las últimas dos décadas se han hecho con una posición muy firme dentro del país y cuya dirección recae sobre unas élites económicas que han empezado a mostrar, recientemente, algunas críticas respecto al partido comunista y su dirección. Además, esta independencia respecto a los combustibles fósiles le permitiría también deshacerse de sus lazos de dependencia con ciertos países de Oriente Medio en los que EEUU tiene mucho más peso que China. Esta dependencia energética hace que no pueda tomar ciertas decisiones acerca de Taiwán o el Mar del Sur de China porque, en definitiva, no tiene un plan de escape si recibe reacciones negativas», concluye el profesor. Así, se cumpla o no, paradójicamente el plan esboza una China tan nueva como actual: un país envuelto, como siempre, en una opaca incertidumbre.

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