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«En India, la gente o se muere por el virus o se muere del hambre»

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Juan Alonso
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01
Jul
2020
anna ferrer India

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Juan Alonso

El pico de la curva de contagios –esa que nos obsesionó durante meses– aún no ha llegado a su máximo en la India, donde se espera que julio y agosto sean los meses que por fin vean como esa curva se aplana. Las consecuencias del confinamiento y la rápida expansión del virus una vez el país ha recuperado su ritmo normal pueden ser devastadoras para los más vulnerables. Ayudarle a romper el círculo de la pobreza extrema es la labor de la Fundación Vicente Ferrer. Nos sentamos, pantalla mediante, con su presidenta, Anna Ferrer (Essex, 1947), periodista de formación y cooperante de vocación. Desde la región india de Anantapur, nos recibe a mediados de junio, cuando el país en el que vive desde hace más de medio siglo aún no había alcanzado el más de medio millón de contagios actuales.


Aunque el coronavirus afecta a ricos y pobres, los segundos son los más golpeados por la actual crisis económica y social, que podría tener efectos devastadores en los 370 millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza en la India. ¿Cómo evitar que los más vulnerables vuelvan a ser los perdedores?

El Gobierno de la India decretó el confinamiento el 25 de marzo con solo 500 casos de COVID-19, e impuso las medidas con tan solo 24 horas de antelación. Ese día, 1.300 millones de personas tuvieron que quedarse en casa y 370 millones de ellas carecían de los recursos suficientes para que sus vidas continuasen. Durante abril y mayo el sufrimiento en India tenía mucho más que ver con las consecuencias del confinamiento que con el coronavirus. Fue terrible. Ahora es diferente, porque el virus se está propagando rápidamente, pero al principio, las consecuencias derivadas de la pobreza y el hambre fueron brutales. En India tenemos alrededor de 8 millones de personas pobres que migran a las ciudades durante varios meses del año, cuando no tienen trabajo en la zona rural. Todas ellas se encontraron atrapadas en las zonas urbanas con las fábricas, las empresas y los sitios de construcción cerrados, y se quedaron allí sin trabajo, sin comida y sin dinero. Como consecuencia del confinamiento, durante esos dos primeros meses, millones de personas se vieron obligadas a volver a casa. El Gobierno intentó organizar miles de autobuses y trenes, pero aún así la gente se vio obligada a caminar hasta 1.000 kilómetros para llegar a sus hogares en pleno verano en India. Había mujeres embarazadas, niños, personas mayores… todos ellos recorriendo kilómetros a pie bajo el sol del verano. Mucha gente murió por el camino. Fue una tragedia de proporciones inmensurables. En general, la gente pobre en confinamiento sufre al no tener comida que llevarse a la boca y nosotros [la Fundación Vicente Ferrer] intervinimos, ayudando a los migrantes que cruzaban el país y a la población más empobrecida en diferentes áreas, preparándoles comida, por ejemplo. Lo más importante que hicimos al principio del confinamiento fue enseñar esos tres puntos de educación sagrados: lavarse las manos, mantener la distancia –algo que aquí cuesta muchísimo– y usar mascarilla. Hemos implantado las medidas de seguridad en 3.500 aldeas y hemos estado continuamente explicando por qué hay que cumplirlas. Nosotros tenemos casa, cuarto de baño, grifo con agua corriente… En estos pueblos no es tan sencillo, y ha sido el mayor reto para nosotros estos últimos tres meses. Pero también estamos muy orgullosos de la labor que estamos realizando: nuestro hospital es el centro sanitario de referencia dedicado al COVID-19 en el distrito de Anantapur. En España y en Europa sabemos qué es un virus, qué es una bacteria, cómo prevenir, tenemos un mínimo de conocimiento. En los países en vías de desarrollo, como la India, hay miles de personas que no saben qué es un virus, cómo se propaga… Hay mucha ignorancia y mucho analfabetismo y, por tanto, mucho pánico y estigma para con la gente que ha contraído el virus; además de mucha discriminación contra los pacientes de COVID-19 y también contra los trabajadores de primera línea. Esto es algo en lo que, tanto en el país como en la fundación, estamos haciendo mucha formación.

«370 millones de personas carecían de recursos para vivir confinadas»

Así han sido los meses de confinamiento, pero ¿cómo es la situación ahora?

Estamos en un momento muy crítico, porque tanta pobreza, tanto sufrimiento… la verdad es que la gente o se muere por el virus o se muere del hambre. Se han tenido que relajar las condiciones del confinamiento y se han abierto las empresas, las fábricas, las tiendas… la gente está en la calle. En este momento en el que todo está abierto, el virus está creciendo con más de 11.000 casos cada 24 horas a principios de junio. Para mí es un momento muy crítico. En nuestro hospital hemos estado trabajando con 125 camas para pacientes con COVID-19. Ahora, el Gobierno nos ha dado permiso para ampliar nuestra capacidad a 360 camas. Nos estamos organizando para tener más camas listas para ingresar a personas con coronavirus, porque la realidad es que todavía no hemos alcanzado el pico.

De hecho, India ha superado los 500.000 casos confirmados de COVID-19. En España se habló de colapso con cifras mucho menores y con un sistema sanitario mucho más robusto. ¿Cómo viven la situación los profesionales de vuestro hospital?

Ese colapso de los hospitales que vivió hace unos meses España u otros países de Europa está sucediendo ahora en las grandes ciudades de la India, como Delhi, Mumbai o Chennai. Veo también que aquí el Gobierno está aprovechando la experiencia de los países occidentales contra el virus para actuar: se están medicalizando hoteles e, incluso, trenes especiales para tener en cada ciudad 20.000 camas más. Nosotros también tenemos la suerte de tener muchísimos médicos y enfermeros voluntarios españoles que, en los buenos años, venían a echar una mano y a mejorar el nivel de nuestros hospitales. En estos meses, hemos continuado el contacto y han ayudado a nuestro equipo del hospital a organizarse tanto para el tratamiento del paciente como para la protección de los profesionales sanitarios. Hasta ahora, durante dos meses, no hemos tenido a ninguna persona del equipo contagiada. No estamos en una ciudad grande, pero hemos notado que nos llegan más pacientes con coronavirus y con sintomatología más grave que en meses anteriores.

«El confinamiento nos mostró que el mundo que estamos creando es sucio»

En 2017, la Agencia Nacional de Registro de Delitos de la India (NCRB) contabilizó 33.658 mujeres víctimas de violación en todo el país, 10.221 de ellas eran menores de edad. ¿Qué programas estáis llevando a cabo desde la Fundación Vicente Ferrer para acabar con la violencia machista?

Llevamos trabajando con mujeres años, especialmente en todo lo relacionado con la mejora de las condiciones de vida, de su economía personal y su educación. Justo antes de que estallase la crisis actual, llevábamos un año preparando un programa especial mucho más ambicioso sobre igualdad de género: una colaboración entre mujeres indias y españolas para trabajar en el empoderamiento de las mujeres de manera transversal, en todos los ámbitos de la vida. En este programa, llamado De mujer a mujer, trabajamos por la igualdad de género en la salud y en la educación y en contra de todas esas costumbres que discriminan a las mujeres, como el sistema de castas o la preferencia de tener hijos varones. Queremos que desaparezca esa mentalidad que dice que un hombre es más importante que una mujer. Además, trabajamos por la independencia económica de las mujeres: Sabemos que cuando eres independiente económicamente también tienes una mejor posición social y más poder de decisión y, por ende, un mayor grado de igualdad. La educación también es vital: es una herramienta muy poderosa para alcanzar la igualdad de género. Llevábamos un año trabajando en este programa y, de pronto, llegó el coronavirus y lo paró todo. Ahora espero que para el final de este año hayamos conseguido establecer esta colaboración internacional para educar a hombres y mujeres sobre la igualdad.

Anna Ferrer India

El año pasado dieron la vuelta al mundo las imágenes del viral Un violador en tu camino en Nueva Delhi. ¿Habéis notado un cambio en los últimos años, por ejemplo, tras la irrupción de movimientos como el #MeToo?

Creo que estamos cambiando, sin duda. Si me pongo a pensar en cómo eran las cosas hace 50 años cuando llegué aquí, y cómo es la situación ahora, vemos por ejemplo que hay muchas más niñas que tienen acceso a la educación. En la fundación, el 50% de nuestro equipo son mujeres, y ocupan el 40% de los puestos de dirección, cuando antes esto no ocurría. Ahora en India hay mujeres en puestos ejecutivos, en el Gobierno, en el parlamento… Es un cambio lento, pero India no deja de ser un sistema patriarcal en el que los valores y las creencias personales tienen mucho poder: si te han inculcado que las mujeres son inferiores a los hombres, eso lo vas a demostrar, sin quererlo, en tu día a día. Es algo completamente inconsciente en la mayoría de las ocasiones, por eso tenemos mucho trabajo que hacer de educación y sensibilización en el país. Sobre todo, para que tanto hombres como mujeres entiendan que la violencia no es algo aceptable, y que hombres y mujeres, como seres humanos, somos iguales. Así que se ha avanzado mucho, pero aún queda mucho por hacer.

«Queda mucho por hacer para que hombres y mujeres entiendan que la violencia no es aceptable»

Aseguráis que el 100% de las niñas en las zonas donde interviene el Fondo de Desarrollo Rural están matriculadas en primaria y más del 80% en secundaria. Pero la situación de las mujeres en la India, especialmente en entornos rurales, es muy vulnerable. ¿Puede la crisis sanitaria poner en peligro todos lo avances conseguidos en materia de cooperación y desarrollo?

No creo que vaya a ocurrir. En la sociedad hay mucho pánico por el coronavirus, pero el Fondo de Desarrollo Rural lleva tanto tiempo funcionando y trabajando en todos los niveles que está muy arraigado en las poblaciones en las que trabajamos. De lo que nos hemos dado cuenta con la crisis sanitaria es que nuestro prestigio se ha disparado. Las comunidades en las que estamos presentes tienen un nivel de confianza en nosotros tremendo y, por eso, no creo que ninguno de nuestros programas vaya a verse afectado o retroceda. Solo creo que la economía y las posibilidades de conseguir trabajo se verán afectadas, como en otras partes del mundo. Pero no que vayamos hacia atrás en otro aspecto. Seguiremos avanzando.

La población de la India, especialmente en zonas rurales, se enfrenta a los impactos más adversos del cambio climático. Los expertos advierten de que, si no se revierten las tendencias actuales, tendrán que hacer frente a la pérdida de cubierta forestal, a la subida de temperaturas o al aumento de nivel del mar, algo que hará, además, aún peores los fenómenos meteorológicos extremos. ¿Crees que se están haciendo esfuerzos suficientes para proteger a los más vulnerables de los efectos de la emergencia climática?

No estamos haciendo lo suficiente en la India, pero tampoco en ningún otro lugar del mundo. Toda la gente se ha dado cuenta de los cambios en nuestro entorno durante el confinamiento: las personas paramos y la belleza de nuestro planeta salió a la calle. Se hizo obvio que el mundo que estamos creando es sucio. Podemos hacer más en el Gobierno, con la población, en la fundación… De hecho, estamos en ello. Como organización tenemos un músculo importante y podemos hacer mucho con la confianza que la gente tiene en nosotros. Por eso, estamos empezando un proyecto nuevo que busca crear un mundo más limpio. El medio ambiente será el foco de atención de cualquier programa del Fondo de Desarrollo Rural y el ecologismo formará parte de manera transversal de todas las iniciativas. No podemos tener éxito si no involucramos en la lucha medioambiental a todas las familias que trabajan con nosotros, esas 15.000 personas deben incorporarlo como algo intrínseco en sus vidas.  Tenemos que hacer todo lo posible por cambiar nuestros hábitos en nuestra vida diaria para cambiar el mundo.

«El desarrollo es sentir que eres igual a otros en la sociedad»

Tras la crisis económica de 2008 se sucedieron recortes presupuestarios a nivel mundial en cooperación al desarrollo. La actual crisis está demostrando cómo de globalizado e interconectado está el mundo, pero ¿conseguirá la crisis sanitaria que la ayuda humanitaria se convierta en una prioridad?  Y, a título individual, ¿volveremos a ser la sociedad solidaria que éramos en los años ochenta o noventa?

Creo que tenemos que invertir en cooperación, y ocurrirá. En cada crisis vemos la buena voluntad de la gente. En India, por ejemplo, cada vez que hay una crisis, las personas de nuestros pueblos vienen, de manera espontánea, a ofrecer ayuda, lo que sea que tengan: verduras, arroz, ropa… La ayuda que proporcionan une a las diferentes castas, religiones, culturas, razas… es algo muy importante que tenemos que continuar en el tiempo. Esta solidaridad, y esa sensación de tener que hacer algo por el resto, aparece con cada crisis, pero tenemos que conseguir que se mantenga tanto dentro de los países como entre naciones. Es otra manera, junto al medio ambiente, de conseguir que el mundo sea un lugar mejor, más comprensivo, para todos, en el que luchemos contra la pobreza y las desigualdades tanto en los países pobres como en los ricos. Y podemos hacerlo.

La Fundación Vicente Ferrer lleva más de medio siglo trabajando sobre el terreno en la India con el objetivo de sacar de la pobreza al mayor número posible de personas mediante un desarrollo sostenible. En todo este tiempo, ¿qué es lo que más ha mejorado en el país?

El año pasado celebramos 50 años trabajando en Anantapur. Por aquel entonces, en esta región había pobreza extrema y opresión de diferentes grupos de persona. Después de todo este tiempo, la gente –por iniciativa propia– nos cuenta que tienen la sensación de que son iguales a las castas más altas de la India. Eso ha cambiado: ahora saben, en lo más profundo de su ser, que no hay diferencia. Ya no sienten que otros hayan nacido superiores a ellos. Se sienten iguales en las oportunidades educativas que sus hijos pueden tener o en las expectativas de vida. Al final, el desarrollo no es solo tener acceso a la educación o a la sanidad, sino sentir que eres igual a otros en la sociedad y que tienes igual acceso a los servicios básicos necesarios para vivir.

¿Cuáles son los retos que aún quedan por delante?

Tenemos que trabajar juntos. En 500 años he visto el poder y las posibilidades de la contribución de una sola persona: de que una sola persona crea en que puede construir un mundo mejor. Con esa idea en mente, en España tenemos 130.000 colaboradores que individualmente contribuyen y creen en ese cambio. En India, son 160.000 las familias que, con una pequeña hucha en la que guardan dinero todos los meses, recaudan 600.000 euros al año para ayudar a los huérfanos. Esa es la fortaleza y el poder de la voluntad de la gente, de las ganas de ayudar y de hacer un esfuerzo para poner en acción lo que creen que marca la diferencia. Realmente creo en la gente y en que podemos unirnos para eliminar de una vez por todas la pobreza en el mundo.

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