El infierno sanitario de Madrid: ocho retrospectivas de los momentos más críticos

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29
Jun
2020
sanitarios

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Ahora que han pasado los peores momentos de la pandemia y vamos recuperando la normalidad, no podemos olvidar el infierno que se vivió en los hospitales y residencias. Quienes estuvieron en Madrid al pie del cañón en los hospitales, en los centros de salud y en Ifema, relatan en primera persona cómo fueron unas semanas devastadoras: ocho sanitarios cuentan cómo fueron los dos meses más críticos para el sistema de salud, para que seamos conscientes de lo que está en juego si se produce un rebrote.



«De pronto, teníamos más de 500 casos, y la puerta llena de periodistas»
Álex de Prada, reumatólogo en el Hospital de Torrejón

 Recuerdo que había pedido una excedencia en marzo para dedicarme a mi próxima novela [acababa de publicar Comida y basura con Seix Barral], y de una experiencia tan potente como es aparcar la medicina y desembarcar de lleno en la literatura y dedicarme solo a escribir, me vi en la planta coronavirus de mi hospital vestido de astronauta. Obviamente, no era momento de pensar en novelas.

A finales de febrero, tuvimos una reunión con la directiva del hospital. Habían dado positivo en COVID-19 dos personas. «Ya está aquí», fue la frase que se repetía en mi cerebro. Éramos la zona cero, el primer hospital de Madrid. En poco tiempo, fueron más de 500 casos. Durante una semana, teníamos a toda la prensa en la puerta. Mis amigos me llamaban todo el rato, realmente alarmaba lo que estaba pasando. A los pocos días fue la declaración de pandemia.

Tuvieron que comprar camas, y todas las habitaciones individuales se doblaron. Nos pusieron a todos los reumatólogos en la planta de medicina interna, porque era ahí donde hacía falta gente. Estuvimos viendo a pacientes ingresados con COVID, que eran muchísimos. Yo trabajo en una especialidad que básicamente se basa en pasar consulta, no hacemos guardias, tenemos una visión muy sistémica de las enfermedades –también las que afectan al pulmón y el corazón–, pero no a un nivel tan radical como todo lo que empezó a suceder. El golpe fue ver el hospital tan cambiado: se formaban colas en las puertas, cogíamos la temperatura a cada persona que entraba, les dábamos mascarillas, solo podíamos ver a cinco pacientes en vez de a quince para que no se acumularan las salas de espera, donde se han desmontado sillas…

«Día a día intento encontrar en las noticias algo que me anime»

Respecto a mis pacientes habituales, al principio teníamos miedo por la inmunosupresión de muchos de ellos por las enfermedades reumatológicas y, aunque por suerte no tuvimos muchos casos entre ellos, una paciente crónica a la que llevaba viendo muchos años murió. Fue algo muy cercano.

El trabajo en equipo ha ayudado mucho. Un gran número de compañeros ha dejado de realizar su trabajo habitual para hacer cosas inauditas y se han adaptado como si lo hicieran toda la vida. A una fisioterapeuta que trabajaba con nuestros pacientes la pusieron a organizar los turnos y las medida de seguridad. Esto ha ayudado a sobrellevar este estrés, y nunca ha habido reticencia a hacer un turno de más, o a venir a trabajar de noche. Todo eso mientras ves a muchos de tus compañeros que se dan de baja porque se contagian. Eso sí daba miedo.

Tengo un hijo pequeño así que, cuando llegaba a casa, dejaba mi ropa en una habitación cerrada. Aunque llegaba desinfectado, tuve que dormir solo en otra habitación un tiempo. Usaba mis propios cubiertos, mis vasos… También teníamos nuestro propio protocolo en casa.

Lo que más marca es la incertidumbre. Este problema no es algo limitado, es mundial: nadie, en ninguna parte del planeta, sabe lo que va a ocurrir. Día a día intento encontrar en las noticias algo que me anime. Quiero hacer el esfuerzo de pensar que mi vida volverá a ser lo que era, que todos volveremos a la relación estrecha que teníamos siempre, que yo podré volver a retomar mi novela… No quiero perder ese foco. El día a día ya es bastante duro así que, si no dejo abierta esa puerta –aunque sea mentalmente–, me retiro.



«El virus ataca de muchísimas maneras con las que no contábamos»
Christian García Fadul, neumólogo en el Hospital Puerta de Hierro

 Recuerdo perfectamente el día en que llegaron los primeros casos a nuestro hospital. Era 27 de febrero y pensé: «Esto es imparable». Llegaron a nuestra planta directamente. Habíamos visto lo que pasaba en Italia, pero Torrejón ya llevaba una semana llenándose de pacientes. Sabíamos que iba a tocarnos a nosotros en cualquier momento.

Al principio se pensaba que los pacientes se morían de insuficiencia respiratoria, porque el virus daña el pulmón. Pero hay muchísimas otras formas en las que ataca este virus con las que no contábamos y fuimos aprendiendo más tarde: algunos pacientes se morían también por trombos, por infartos…

El nuestro es un macrohospital. Normalmente funciona a medio gas, todas nuestras habitaciones son dobles pero siempre se han usado como individuales, y por eso hemos absorbido muy bien el que los pacientes se hayan duplicado. Nuestros principales problemas han sido el desabastecimiento, la falta de mascarillas

«Vendrán otras oleadas, pero confío en que estaremos mejor preparados»

Llegamos a 3.000 ingresados por coronavirus en dos meses. Teníamos turnos de doce horas, mucho más trabajo del que hacemos habitualmente. Y todos centrados en la COVID-19: especialistas de alergia, digestivo, residentes… Hemos tenido hasta cirujanos plásticos currando con nosotros. Todo el mundo ha echado un cable. Por eso, aunque han sido muchas horas, ha sido llevadero. Aunque no lo fue ver a tanta gente muriéndose y tanto drama insuperable por todos lados: parejas de abuelos ingresadas, de las que solo fallece uno de los dos, y señoras y señores que se quedan en soledad sin familia, sin hijos…

Las UCI han estado llenas de pacientes con muchos problemas de oxigenación. Se han improvisado dispositivos que funcionaran como respiradores, porque no estábamos abastecidos para tanta demanda repentina, para oxigenar a los pacientes en las otras plantas hasta que pudieran subir a la UCI cuando se liberara una cama. La gente se ha ofrecido con impresoras 3D, y ha habido gestos solidarios como el del paciente número 70, que nos consiguió 3.000 mascarillas y ecógrafos mediante un crowdfunding.

Vendrán otras oleadas, pero confío en que estaremos mejor preparados. Tenemos más experiencia, se manejará más rápido y mejor a los pacientes. En marzo todo era nuevo y aprendíamos cada día sobre la marcha. Si en octubre se produce el temido rebrote, tendremos más conocimientos. Los otros especialistas se han hecho un curso acelerado, ya no nos necesitan a los neumólogos. El sistema se puede saturar, pero también confío en la gente: la mayoría, quiero pensar, está bastante concienciada.



 «Al principio, el paciente pensaba que le enviaban a Ifema a morir»
Gema Gamo Díaz, enfermera en Urgencias y Emergencias del SUMMA 112

Estuve en el hospital improvisado en Ifema, pero me di cuenta de la que se nos avecinaba mucho antes de eso, cuando vi en los medios que en China habían construido un hospital en diez días.

Recuerdo que, poco después, en España empezábamos a ver casos con patologías raras. Infecciones respiratorias que no cuadraban, de gente que estaba en asistencia primaria y no evolucionaba con tratamiento normales. Eran cuadros muy raros y agresivos: no nos daba tiempo a resolverlos, porque era un empeoramiento tan brusco que no nos daba tiempo técnicamente a poder salvarlo. En poco tiempo empezaron a informar de los primeros casos en España, y ahí nos saltó el piloto de alarma. Enseguida hubo un montón de gente empezó a ir a urgencias por cualquier mínimo síntoma. Ahí era muy difícil discernir los casos leves de COVID y el pánico social pero, en los casos graves, ya era evidente el origen.

Duelo ifema

Foto: Comunidad de Madrid

Al principio sentíamos que íbamos a dos velocidades. La sociedad seguía haciendo vida normal, y nosotros empezábamos a vivir un infierno. La mayoría de la gente no ve, ni sabe, lo que se está cociendo dentro de los hospitales. Aún escuchábamos teorías de que esto era un montaje de las empresas farmacéuticas, pero en parte es incluso comprensible: la realidad era tan terrible que la mayoría de la gente prefería creerse las noticias que la suavizaban. Porque no queríamos que llegara.

«La realidad era tan terrible que la mayoría de la gente prefería creerse las noticias que la suavizaban»

Pero llegó, y como en mis peores temores, cuando veíamos lo ocurrido en Wuhan, y en Madrid tuvieron que levantar otro hospital en tiempo récord. Adaptaron Ifema, y me destinaron allí. Se montó rápido e improvisando, porque empezaban a derivar pacientes de hospitales saturados para desatascarlos, porque no daban abasto. Casi no teníamos infraestructura. El primer pabellón adaptado fue el 5, y fue muy triste: ahí los pacientes estaban solos; era un pabellón oscuro y gris, sin botellas de oxígeno, y el paciente pensaba que realmente iba allí a morir. Era un hospital de campaña y había que sacar adelante todos los casos que llegaban, con cualquier medio. Se supone que llegaban pacientes estables, pero muchos no lo eran. De hecho, fallecieron unos cuantos los primeros días. Muchos no querían ir a Ifema porque lo veían como el final y psicológicamente era muy duro. Por suerte, luego se adaptaron el pabellón 7 y el 9, que ya se parecían más a un hospital normal, con controles establecidos, tomas de oxígenos, mediación organizada, UVI… Y se dotó con intensivistas y con material. Porque también llegaban pacientes que lo estaban pasando fatal, que no podían dar dos pasos sin ahogarse. Las imágenes de médicos organizando un bingo con los pacientes no deben llevar a pensar a que no hubo gravedad: lo que demuestran es el trabajo añadido de los sanitarios para intentar que los pacientes que llevaban mucho tiempo con aislamiento social –no podían recibir visitas–, y sanitario –no podíamos tocarles y les tratábamos en la distancia, con nuestros EPI–, tuvieran un momento de distracción.

Nosotros éramos los únicos seres humanos que se dirigían a ellos, y llevábamos doble mascarilla, doble bata, pantalla, cuatro guantes en cada mano, calzado hasta las rodillas… y así hasta 12 horas. Era agotador. A nivel personal también es muy duro. Estuve mes y pico separada de mi hija de dos años y medio. Separarte de tus seres queridos es difícil de sobrellevar.



«Me encontraba con compañeros que trataban a adultos llorando por los pasillos»
Estefanía García, pediatra del Hospital Universitario Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares

Creo que caímos en la cuenta de la gravedad real más tarde de lo que debería haber sido: cuando comenzamos a ver que se estaban colapsando las urgencias de adultos –en nuestro caso, los niños tienen menos síntomas–. Nos dimos cuenta de la que se nos venía encima cuando ya estaba aquí. Cada día cambiaban un poco los criterios de triaje. Al principio nos basábamos solo en la sospecha, pacientes que venían de China o países cercanos, que podían haber tenido algún tipo de contacto. Vamos, que lo veíamos como algo que nos pillaba lejos, que iba a tardar mucho en llegar… No esperábamos el impacto que ha tenido.

Me quedé embarazada cuando empezó todo esto. Me hice una prueba de embarazo en cuanto me sentí un poco regular, porque llevábamos tiempo buscándolo y la fiebre puede tener algún efecto en el niño. Se ha demostrado que si te infectas en el tercer trimestre, aunque el virus esté en el líquido amniótico, no hay transmisión al bebé. Sin embargo, no está estudiada la afectación que puede tener el bebé en el primer y el segundo trimestre.

Al principio, me dijeron que evitara las urgencias y dejara de hacer guardias, para evitar la exposición en la medida de lo posible, pero en consultas, o solo por el hecho de estar en el hospital –el mío en concreto era una zona cero–, era muy complicado no exponerse. A eso hay que añadir que al principio no nos dieron mucha protección, porque no había tanto material como ahora.

«Lo veíamos como algo que iba a tardar mucho en llegar… No esperábamos el impacto que ha tenido»

Cuando el virus explotó, mi hospital se colapsó totalmente y yo me quedé en la zona de consultas. Yo me especialicé en cardiología infantil, de modo que tampoco puedes mantener la distancia de seguridad para hacer las pruebas, para auscultarles, para hacerles una ecografía, que hay que sujetarles…

Pronto a las embarazadas nos incluyeron entre el personal de riesgo y me dieron la baja. Me sentí mal, porque mi primer impulso era estar allí intentando ayudar en algo muy trágico. Me venían una y otra vez imágenes de justo antes de mi baja, cuando me encontraba con compañeros médicos de adultos llorando por los pasillos, pacientes también solos, sin poder tener a ningún familiar o amigo cerca…



«Tuvimos que poner sillas a modo de barricadas, porque no teníamos mamparas»
Alexander Perkins, médico de familia en el centro de salud de Villanueva de la Cañada

Desde febrero mandaba muchos mensajes a un chat familiar, a mis primos y mis tíos advirtiendo de lo que se nos venía encima. Me trataban de loco, de paranoico. Como a mí le pasaba a muchos médicos, que estaban viviendo una realidad muy diferente a la de la calle.

La semana previa al confinamiento, en el centro de salud ya teníamos montado un circuito COVID, viendo los casos que empezaban a surgir aquí, sobre todo por lo que estaba pasando en Italia. Ya había carteles en la puerta de entrada, donde se decía que todo el que viniese con tos o fiebre debía lavarse las manos con gel hidroalcohólico y ponerse mascarilla. Incluso se proponía que saliéramos a atenderles fuera del edificio.

Frente al mostrador de administración, como no había mamparas poníamos sillas de la sala en espera en hilera, a modo de barricada, para que la gente no se abalanzara. Cada centro fue poniendo sus propias medidas porque faltaba un protocolo oficial: cada mañana llegaba uno nuevo, que cambiaba respecto al día anterior, y todo era demasiado confuso.

En Italia estaban pasando lo mismo 20 días antes, pero nadie tomó nota y tuvimos pocas medidas de protección: las mascarillas quirúrgicas no nos protegían a nosotros y nos llegaron a recomendar que nos pusiéramos dos, pero era una absurdez. Debíamos meter nuestra bata en una bolsa y llevárnosla a casa para lavarla allí.

«No entendíamos cómo se seguía hablando de Milán o Wuhan, cuando el problema estaba ya aquí»

En un momento dado empezaron a venir las auxiliares de las tres residencias de ancianos cercanas al pueblo. Era justo el momento en el que la pandemia explotó en los centros de mayores. Lo peor es que muchas de estas auxiliares, que ya venían con síntomas, llegaban acompañadas de familiares o amigas. Empezaron a venir mucho, porque no les había quedado claro que ya no hacía falta que las bajas se entregaran en un papel, con lo que se iban contagiando cada vez más. Nosotros, impotentes, no podíamos parar aquello.

Entre los médicos, no entendíamos cómo se seguía hablando de Milán o Wuhan, cuando el problema estaba aquí e iba a reventar en unos días. Eso lo teníamos clarísimo, por eso no entendemos por qué no se dictó el confinamiento siete días antes. Las cosas hubieran sido totalmente distintas.

Había gente que seguía nuestras indicaciones, pero otros nos tomaban por locos o alarmistas. También estaban aquellos a los que les daba vergüenza ponerse una mascarilla y quedar de paranoico. A mi consulta entraron algunos de esos, y uno me tosió en la cara. El sábado de esa semana caí yo con coronavirus. En pocas semanas, cayó prácticamente el centro de salud entero.

Los que tuvimos neumonía nos íbamos contando desde nuestro aislamiento lo que nos iba sucediendo, por WhatsApp. Muchos comprobamos que, efectivamente, el séptimo y el décimo día son los peores. Dormía boca abajo porque no podía respirar, en una habitación de casa, aislado de mi mujer y mi hijo pequeño. Nos prometieron pruebas para nuestros familiares, porque lo más probable es que se lo hubiera pasado a ellos, pero esas pruebas nunca llegaron.

Al final me recuperé y volví a ejercer con normalidad. Los médicos que estábamos en casa con el virus estábamos deseando ir a trabajar, aunque lo estuviésemos pasando fatal. Estábamos noqueados pero era como en un combate de boxeo: cuando te derriban, solo quieres levantarte y seguir peleando.



«Las dos primeras semanas estábamos todos en shock. Yo me movía como un robot por el hospital»
Jesús Casado, especialista en medicina interna del Hospital de Getafe

Me di cuenta lo grave que era a lo que nos enfrentábamos en cuanto vimos que la llegada a urgencias de pacientes con síntomas era por docenas. A primeros de marzo, en un mismo día nos estaban llegando 50 pacientes. Ahí supimos que estábamos ante un tsunami incontrolable. El número de ingresos en medicina interna era masivo, cuadruplicaba los que solíamos tener en las peores épocas de la gripe en inviernos pasados.

Al principio sí que teníamos medios, pero se agotaron pronto. Las primera semanas nos encontramos con falta de material, y por suerte el ingenio de algunos compañeros no tenía límites: componíamos nuestros propios EPI como podíamos, y la falta de respiradores también se intentó suplir de cualquier manera, por ejemplo con colectores fabricados con impresoras 3D; o mascarillas caseras para ventiladores de alto flujo que no llegaron a funcionar. Es fascinante ver cómo los profesionales no se rindieron a pesar de no tener medios y sacaron a relucir todo su ingenio.

enfermera

Las dos primeras semanas estábamos todos en shock. Yo me movía como un robot por el hospital, no era capaz de pensar de una forma clara: era como estar en medio de una pesadilla, de un sueño absurdo en el que todo lo que conoces del hospital, a todo lo que te dedicas, se paraliza y ya no importa, y solo hay una meta.

Todo el hospital se transformó en 72 horas, y no solo funcionalmente, sino también arquitectónicamente. Las unidades de hospitalización convencionales se convirtieron en unidades covid, selladas con muros y contenciones que se creaban por la noche por albañiles. Llegabas al día siguiente y te encontrabas con un tabique que no estaba el día anterior y, una mañana, tu hospital ya no tenía el aspecto de siempre.

«Es fascinante ver cómo los profesionales no se rindieron a pesar de no tener medios»

En medicina interna solemos recibir casos muy graves, pero más o menos conocemos la trayectoria que va a tener un determinado paciente con una determinada enfermedad. Pero esto era otra cosa. Nos ha creado mucha frustración porque no sabíamos cómo se iba a comportar el virus en cada paciente, y a poco que se torciera un poco la cosa ya todo se derrumbaba, hicieras lo que hicieras. Lo único que podías hacer era contemplar, con una sensación de impotencia brutal, cómo se te escapaba el paciente. Y si era joven, por debajo de 60 ó 65 años, siempre podías trasladarlo a la UCI para darle una oportunidad, pero incluso en esos casos la mortalidad ha sido tremenda, dramática.

Teníamos que hacer cosas que antes eran impensables: decirles a pacientes de 70 ó 75 años que tienen pocas probabilidades de entrar en una UVI, porque tenían que dejar hueco a los más jóvenes. Nunca ha habido un protocolo oficial, instaurado, que dijera esto. Pero teníamos que priorizar a contrarreloj. Eso es una barbaridad, pero la realidad nos ha puesto en esta situación de tener que ajustar las recursos para priorizar a aquellos que tenían más probabilidad de sobrevivir y más vida por delante. Adaptarnos a lo que teníamos.

Ahora que ha pasado lo peor, quiero pensar que algo hemos aprendido a nivel de macrogestión sanitaria en esta primera oleada, y que van a ser especialmente cuidadosos en tener la situación más controlada al mínimo intento de rebrote. Es más fácil dar unos pasos atrás cuando todavía no ha llegado una situación de normalidad –y estamos muy lejos de eso– que pasar de una situación completamente normal a otra de confinamiento total, que es lo que sucedió en marzo. El frenazo de la sociedad fue bestial. Ahora nos será más fácil dar unos pasos atrás en las siguientes oleadas, que las habrá. En la medida que vayamos normalizando la vida, aumentarán los contactos y los contagios, pero esperemos por el bien de todos que, cuando llegue, esto sea más controlable.



«El día que prácticamente todos llegaron con neumonía, vimos que el hospital se nos iba a llenar en 48 horas»
John García, médico de urgencias del Hospital Puerta de Hierro

Un compañero mío de servicio, que es de Italia, recibió –creo que en febrero–, mensajes de sus compañeros que trabajaban en urgencias allí. Nos avisó de lo que estaba pasando en algunos hospitales italianos y pensé: «esto va a ser muy grande».

En mi hospital esperábamos un aumento de casos, pero no de esa manera. Sabíamos que llegarían casos graves, pero no tantos. Recuerdo que en un día, recién se había dictado el confinamiento, casi todos los que llegaron eran personas con síntomas compatibles con coronavirus. Prácticamente todos, cuando les hacíamos la radiografía, tenían neumonía. Ya sabíamos que si tenían neumonía era grave per se, porque ya nos lo había comunicado de la OMS que tenían mucho más riesgo. Cuando vimos eso, supimos que el hospital se nos iba a llenar en apenas 48 horas.

«Me sorprendería que volviéramos a pasar una situación tan extrema a nivel hospitalario»

Mi jefa de servicio, por suerte, estuvo muy rápida. Vio que iba a ser inviable, y por eso empezamos a enviar a casa con tratamiento a las personas con neumonías moderadas y leves, que no tenían serios problemas respiratorios, y les hicimos un seguimiento telefónico durante la siguiente semana. El hospital se llenó, se improvisaron camas y nuevos puestos de UCI, pero esa medida impidió que colapsáramos.

Ahora ya sabemos cómo actuar y algunas cosas que podemos hacer, generar camas nuevas donde antes ni lo habíamos pensado. Sabemos que una neumonía no significa necesariamente un ingreso. Y que la gente está más concienciada. Va a haber oleadas, sin duda. Pero me sorprendería que volviéramos a pasar una situación tan extrema a nivel hospitalario.



«Tuvimos que separar a las madres con covid de sus recién nacidos. Se quedaban destrozadas»
Rosa Funes, pediatra de la unidad de neonatos del hospital de Alcalá de Henares

Todos veíamos las noticias, lo que había pasado en Wuhan y lo que estaba pasando en Italia. Pero no nos hacíamos una idea real, ni siquiera en el sector sanitario, de lo que se nos venía encima. En mi hospital recibimos el primer caso de coronavirus, y se multiplicaron mucho el siguiente fin de semana. Hablo de cuadros graves con insuficiencia respiratoria. Enseguida llamé a mis padres para decirles que no salieran de casa, antes de que se dictaminara el confinamiento. Pronto hubo mucha comunicación entre las UCI, empezaban a circular mensajes y vídeos alertando…Estaba claro que no iba a ser cosa de un solo hospital. Había empezado en Torrejón y esto iba a ser muy grave.

La información inicial de China, un tanto sesgada, decía que era un proceso gripal, pero enseguida nos dimos cuenta de que era mucho más que eso, de que hay alteraciones de otro tipo: afecta mucho al endotelio [tejido interno del corazón], produce trombosis, y hace un daño, aparte del pulmonar, muy grave. A marchas forzadas se fue transformando el hospital, se cerraron todas las consultas y las cirugías programadas, se puso a todos los especialistas a ver a pacientes adultos con síntomas de coronavirus, aunque no tuvieran nada que ver, desde obstetras hasta los pediatras, pasando por los oftalmólogos.

«Todos veíamos las noticias, pero no nos hacíamos una idea, ni siquiera en el sector sanitario, de lo que se nos venía encima»

Yo estoy en la planta de neonatos. Por suerte, nos llegaron informaciones de Italia y de China de que no existe la transmisión vertical, que la madre no se lo contagia a su hijo dentro del útero, pero sí una vez que nace. Por eso, se empezaron a organizar un montón de reuniones de especialistas para ver cómo tratar el binomio madre-hijo cuando ella ha dado positivo en coronavirus. Lo primero que se concluye es que no hay que separar a la madre de su hijo, pero sí que tomamos medidas extremas cuando nace, como mascarilla, lavado de manos… Pero que permanezca siempre con su madre, siempre que ella no esté grave, con tos o necesitando oxígeno, claro. Parece que es seguro que le dé el pecho. Nos costó mucho mantener esto, porque arquitectónicamente el edificio del hospital no ayuda y hay que separar muy bien pacientes infectados de los que no lo están.

Al principio, hasta que pudimos resolverlo, no fue así, y tuvimos que separar a la madre contagiada de su hijo. Ella se quedaba destrozada, totalmente aislada en un momento de su vida como ese. A tu hijo recién nacido lo tienes que coger, que sentir, ponértelo encima… Esa separación es durísima porque la madre se queda sola en ese momento posparto, que es durísimo hormonal y físicamente, y anímicamente porque sabe que está contagiada y se queda terriblemente preocupada por su bebé. Con todo esto, la unidad de neonatos era un nido de paz en comparación con lo que estaba sucediendo con los adultos en el resto del edificio.

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