Derechos Humanos

Mujeres, pobres y migrantes: la peor parte del cambio climático

El cambio climático afecta a todas las personas, pero no por igual. Ecodes analiza los desafíos específicos de las mujeres y las niñas en su nuevo informe.

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22
Nov
2019
migraciones climáticas

Alrededor de 500 millones de personas viven en zonas afectadas por la desertificación. El aumento de las sequías prolongadas como consecuencia directa de la subida de las temperaturas en la Tierra hace que cada vez sean más lo que notan en su día a día el peso del calentamiento global. Al menos, así lo asegura el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en su informe El cambio climático y la tierra, publicado en el pasado agosto. Si tenemos en cuenta la frecuencia, cada vez mayor, de huracanes, tifones y lluvias torrenciales, y el aumento del nivel del mar, ¿cuántas personas verán (y ven ya) sus vidas afectadas por el cambio climático? Naciones Unidas ha repetido sin descanso que los más vulnerables no pueden quedarse atrás: cómo abordemos la crisis climática y los movimientos de personas que deriven de ella durante los próximos años marcará el futuro del planeta.

«Todos los aspectos del cambio climático poseen una dimensión de género: las causas y efectos del cambio climático y las políticas con que se intente afrontarlo tendrán diferente impacto sobre mujeres y hombres», sostiene la investigadora Gotelind Alber. Aunque es cierto que algunas mujeres pueden ser menos vulnerables a sus efectos que algunos hombres –en particular aquellas procedentes de los países más ricos–, la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH) recuerda que «el hecho de que persistan, a nivel mundial, la discriminación, la desigualdad y las barreras sistémicas, y de que los hombres y las mujeres tengan opiniones, experiencias y necesidades diferentes contribuye a un mayor riesgo global de que las mujeres sufran los efectos nocivos del cambio climático». Esa dimensión de género de la emergencia climática es la que estudia Beatriz Felipe en el informe Perspectiva de género en las migraciones climáticas de la Fundación Ecología y Desarrollo (Ecodes).

Las realidades de las mujeres y niñas que viven en países empobrecidos se ve empeorada por la crisis climática

En su texto, Felipe asegura que las mujeres y las niñas que viven en países empobrecidos «asumen el mayor peso de esta crisis sistémica, en la medida que la situación climática empeora sus realidades, como mujeres y niñas, marcadas por discriminaciones socioestructurales preconceptualizadas, que determinan su inferiorización y la negación de derechos en razón de su género». Sus situaciones (y necesidades) específicas se invisibilizan sistemáticamente, a pesar de los roles vitales que ellas desempeñan en sus comunidades, especialmente en todo lo relacionado con la producción de alimentos, la agricultura familiar, las tareas domésticas y el cuidado de hijos y enfermos, y su capacidad de resiliencia climática.

La feminización de la pobreza y de las migraciones visibiliza una realidad ignorada e, incluso, olvidada en los marcos políticos y jurídicos internacionales. Susana Borràs Pentinat, profesora agregada de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en Universidad Rovira i Virgil resume, en la introducción del informe de Ecodes, por qué es tan necesaria la perspectiva de género a la hora de hablar de migraciones climáticas: «El fenómeno de multidiscriminación, basado en una especie de racismo sin raza, que subyace a estas realidades, impone una visión injusta y debilitante de la situación de las migrantes climáticas, contribuyendo a su fragilización, vulnerabilización y estigmatización aporofóbica y, que transciende, en muchas ocasiones, el discurso climático».

Para analizar esta discriminación a varios niveles, el informe profundiza en los diferentes impactos de la emergencia climática en mujeres y niñas. Analiza las implicaciones y los efectos de la escasez de agua, las inundaciones y otros desastres naturales derivados del calentamiento global sobre la salud de las mujeres. Además, reflexiona acerca de «cómo las mujeres y las niñas se enfrentan a graves amenazas cuando sus parejas migran en contextos de crisis generadas por la sequía, por ejemplo, y ellas permanecen en el lugar de origen» o «cómo, en los campos de personas desplazadas y refugiadas a los que acuden tras las inundaciones, huracanes y otros eventos similares, sufren altos índices de vulnerabilidad» y violencia.

Son en estos últimos donde más dificultades encuentran, ya que la mayoría de los campos de refugiados no tienen en cuenta las necesidades específicas de las mujeres –tanto a nivel de seguridad física como de higiene, por ejemplo– o, entre otras cosas, se les excluye de la gestión y la organización del mismo. Todas estas situaciones, según el estudio, se dan con demasiada frecuencia e imposibilitan la inclusión y el empoderamiento de las mujeres refugiadas. No podemos olvidar que una de las mayores amenazas analizadas en el informe es la exposición de las mujeres y niñas migrantes –sin importar el motivo de esas migraciones– al tráfico de seres humanos, a la explotación sexual, a la precariedad laboral y a sufrir racismo, xenofobia y otras formas de discriminación y violencia basadas en el género.

Los campos de refugiados no tienen en cuenta las necesidades específicas de las mujeres

«Detrás del cambio climático hay relatos de vida en peligro, como la de millones de personas que integran los movimientos migratorios forzados, en busca de alguna oportunidad para dignificar su existencia como seres humanos y procurar su bienestar y cuidado», escribe Borràs Pentinat en la introducción del informe. Las personas olvidadas de esta emergencia climática son las más vulnerables entre las vulnerables, y esas, por desgracia, acaban siendo todas esas mujeres y niñas que se convierten en los efectos (o daños) colaterales ignorados de un sistema que las excluye.

Además, Borràs Pentinant recalca la relevancia de un informe como el de Ecodes, necesario para hacer frente a los retos que se nos presentan con las migraciones climáticas. «No solo es una cuestión de justicia reflexionar sobre realidades incómodas, sino también es indispensable para el restablecimiento de la igualdad y los derechos en todos los ámbitos, poniendo en valor el ecofeminismo, como sustento de la vida, suponiendo, claro está, si aún hay alguna voluntad de salvar el planeta y la humanidad», concluye.

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