Opinión

Los otros ‘Messis’: ¿de qué depende el talento?

Si dentro de 200 años llegan a saber de nosotros, les va a costar mucho entender que una persona que daba patadas a un balón ganara en un año lo mismo que, por ejemplo, todo el profesorado de la Universitat Politècnica de València.

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15
Oct
2019
talento

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Un amigo ha escrito un cuento infantil que a mi juicio debería formar parte del ritual nocturno de muchos hogares, porque evoca arquetipos fascinantes y expresa valores universales como la valentía, la solidaridad y la justicia. Un día se me ocurrió decirle que tenía mucho talento, a lo que él, con sutil ironía de filólogo clásico, me respondió : «Ojalá pudiera cambiar el talento por dracmas»*.

Aquello me hizo pensar en la idea de talento. Una unidad de masa que se utilizó en toda la zona mediterránea para el intercambio de plata y oro por otros bienes, cuyo significado original se vio transformado con la parábola de Jesús**, que lo vinculó a la capacidad innata de una persona, pero no como algo que se tiene, sino una cualidad dinámica y vital, que crece a medida que se pone en circulación. ¿Pero cómo intercambiamos los seres humanos nuestros talentos? Me di cuenta de que la respuesta de mi amigo no había sido mera retórica oportunista, puesto que al final todo depende de la oferta y la demanda. Aunque una persona sea excelente en algo, si eso no tiene valor para el resto de personas, o dicho de otra forma, si no logra atraer su atención, su talento será invisible más allá de su círculo cercano.

¿Pero de qué depende la atención? Imagino que muchas veces tiene más que ver con la eficacia publicitaria que con el talento en sí. Sin embargo, algunas habilidades parecen tener más facilidad que otras para atraerla. Hay personas que tienen un talento casi sobrenatural para el tiro de dardos, equivalente quizá al que pueda tener Leo Messi con el balón. Lo que pasa es que este deporte apenas atrae atención fuera de las islas británicas, mientras que el fútbol salió de ellas para convertirse en el deporte más popular del mundo. Sí que hay una liga nacional de dardos y un campeonato internacional también, y es verdad que un profesional de este deporte puede vivir holgadamente, pero no es ni siquiera comparable al fútbol.

A veces me pregunto qué hubiera sido de Messi si hubiera nacido hace 200 años. Seguramente sería otro ser humano más, anónimo, aunque con un maravilloso talento para un deporte que entonces solo se jugaba en los parques de Cambridge. Pero Leo nació en el momento y lugar adecuados, justo cuando el fútbol estaba preparado para sus cualidades, y tuvo la suerte de que las personas idóneas confiaran en él. Messi se esforzó al máximo y el resto ya es historia viva del fútbol.

«Aunque una persona sea excelente en algo, si no logra atraer la atención de los demás, su talento será invisible»

Sin embargo, puede que sobre la tierra haya millones de personas que sí han nacido 200 años antes, o quizá después, o en el lugar equivocado, o simplemente han pasado inadvertidas a las personas adecuadas. Son seres humanos con un enorme talento, pero invisible para el resto. Entonces me doy cuenta de que el talento emana de la comunidad y no del individuo, pues mientras el talento personal es relativo, temporal y orientado a un fin, el de la humanidad es constituyente y universal. Es lo que nos hace humanos. No se basa en la cantidad y la calidad de la capacidad específica de sus miembros –de cuántos talentos haya–, sino en su puesta común, o sea, de que sean invertidos, que es lo que los transforma y hace crecer. El talento de la comunidad es invariable: es exactamente el mismo en Messi y en los Messis que nacieron antes del fútbol moderno; en Einstein y en todos los Einsteins –o «las» Einsteins como Emmy Noether– que nacieron antes de la física teórica o del reconocimiento intelectual de la mujer. Y es igual en ellos que en una persona con parálisis cerebral, con TEA, o con ELA, como Stephen Hawking. Todas participamos por igual del talento que se nos es dado como comunidad humana. De hecho, es este el que hace surgir los diferentes talentos individuales y nos permite reconocerlos.

El problema viene precisamente con el reconocimiento del talento. La lente que usamos actualmente para ello es —de forma casi exclusiva— el mercado, que cambia nuestros talentos y méritos individuales por dracmas de la comunidad. Y en teoría parece una buena lente, puesto que es razonable que quien más contribuye a la comunidad sea retribuido en proporción. En la práctica, en cambio, observamos que genera aberraciones y excesos que deforman la realidad del propio mérito, como que un ser humano cobre por hacer su trabajo lo mismo que otros veinte mil juntos que hacen exactamente lo mismo. En óptica existe un fenómeno conocido como aberración cromática, que se produce porque todos los colores no se refractan igual. La solución suele ser introducir otra lente para compensar sus distorsiones ópticas y lograr que sean más fieles a la realidad.

Quizá debamos introducir otras lentes, o directamente cambiar los instrumentos que usamos para medir el talento y el mérito. La verdad es que no lo sé. Lo que sí sé es que, si dentro de 200 años llegan a saber de nosotros, les va a costar mucho entender que una persona que daba patadas a un balón ganara en un año lo mismo que, por poner un ejemplo, todo el profesorado de la Universitat Politècnica de València. A lo mejor si pudiéramos comunicarnos con esa generación humana a través de una máquina del tiempo, después de mucho esfuerzo, podríamos hacérselo entender. Pero estoy seguro que jamás podríamos explicarles cómo es que, si todos los seres humanos participamos del mismo talento común, que es la dignidad humana, cuando hacemos el cambio de talentos a dracmas resulta que algunas personas acaban nadando en la abundancia mientras otras se ahogan diariamente en la pobreza. O en el Mediterráneo.


(* N. d. A.) Las dracmas fueron un tipo de moneda acuñada en las ciudades-Estado de la antigua Grecia, y una de las más sólidas y reconocidas de su tiempo. También fue la moneda de curso oficial en Grecia de 1833 a 2002. 

(** N. d. A.) Mat 25, 14-30. Un patrón que se iba de viaje repartió una cantidad de plata a sus empleados según su capacidad. A uno le dio 5 talentos, al otro 2 y al último solo 1. Al volver el patrón, el primero y el segundo había duplicado la cantidad, pero el último había enterrado la plata y se la devolvió tal cual. Entonces este lo reprendió por holgazán, le quitó el talento y se lo dio al que tenía 10.


Samuel Gallastegui es doctor en Arte y Tecnología por la Universidad de País Vasco.

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