Derechos Humanos

España, país de acogida

El ofrecimiento del Gobierno español para acoger a los seiscientos refugiados del Aquarius pone de nuevo el foco en la emergencia humanitaria de aquellos que huyen del horror en busca de un futuro en Europa.

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Guadalupe Bécares

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Médicos Sin Fronteras - SOS Mediterráneo
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12
Jun
2018
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«He dado instrucciones para que España acoja al barco Aquarius en el Puerto de Valencia. Es nuestra obligación ofrecer a estas 600 personas un puerto seguro. Cumplimos con los compromisos internacionales en materia de crisis humanitarias». Con este escueto mensaje en su cuenta de Twitter, Pedro Sánchez anunciaba este lunes una medida que era leída de inmediato como una declaración de intenciones y una esperanza de cambio en las políticas migratorias españolas.

En lo que va de año, 784 personas han muerto ahogadas en aguas del Mediterráneo cuando trataban de llegar a Europa, según el recuento de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados. El Aquarius no es el único barco que navega para proteger sus vidas, pero sí es el primero que intentaba atracar en Italia tras la llegada de un gobierno abiertamente anti-inmigrantes. Así, su ministro del Interior, Mateo Salvini, anunciaba que Italia cerraba sus puertos y dejaba abandonados a su suerte a los 629 refugiados que viajan a bordo. De paso, se saltaba las leyes internacionales que obligan a auxiliar a las personas en peligro en alta mar.

La situación de los migrantes y refugiados es solo la punta de lanza de una crisis de valores humanitarios en Europa, donde la xenofobia es una preocupación creciente que ya se ha asentado en varios parlamentos. «El Gobierno español ha hecho lo que se tiene que hacer: demostrar que la vida humana está por encima de otras consideraciones de carácter político», comenta Cristina Monge, politóloga y profesora asociada de Sociología en la Universidad de Zaragoza. «Es cierto que es un gesto, pero no por serlo es menos importante. Ha servido para recordarle a Europa que tiene la obligación de cumplir la legalidad, ya que lo contrario sería huir del imperio de la ley, que se supone que es uno de los principios que conforman la Unión».

Cristina Monge, de Ecodes: «El gesto de Sánchez sirve para recordarle a Europa que tiene la obligación de cumplir la ley»

En la misma línea valora la medida Gonzalo Fanjul, activista y director de la Fundación PorCausa, que pone de relieve el poder simbólico de la acogida en un momento en el que Europa «ha rebajado por completo las expectativas». «Es un giro de timón con respecto a lo que España venía realizando desde el comienzo de la crisis. Durante este tiempo, España se ha puesto de perfil: no es de los países que haya generado más problemas, pero no ha hecho nada por resolverlos ni ha sido proactiva en ningún asunto relevante», explica Fanjul en declaraciones a Ethic.

¿Supondrá la llegada de Sánchez un cambio real para los refugiados y migrantes? Aún es pronto para saberlo, pero gestos como este –además de renombrar el Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social– han dado cierta esperanza a las organizaciones políticas y humanitarias. «Las declaraciones son esperanzadoras en el sentido de que no ven la inmigración como una amenaza. Por otro lado, aunque la sociedad española nunca se ha mostrado como anti-inmigración, todavía no la hemos puesto a prueba ante un Gobierno con una posición más proactiva, de fronteras más abiertas», afirma el director de PorCausa.

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Una situación crítica

«No se puede retrasar más el desembarco», explicaba el Dr. David Beversluis, doctor de Médicos Sin Fronteras a bordo del Aquarius. «La prioridad debe ser desembarcar de manera segura en el puerto más cercano posible. La situación médica a bordo es estable de momento, pero la gente está exhausta y estresada», sentenciaba. Desde la organización, aunque agradecen el gesto del Gobierno español, exigen a Italia y a Malta que cumplan la ley y permitan a la embarcación parar en sus costas «para garantizar la seguridad de los tripulantes más allá de las políticas».

Gonzalo Fanjul, PorCausa: «Es un giro de timón con respecto a la labor migratoria de España en los últimos años»

Ir a Valencia supondría prolongar el viaje durante cuatro jornadas más, un tiempo que no tienen los ocupantes, hacinados en un barco sobrecargado. Decenas de ellos sufren deshidratación, hipotermia o intoxicaciones diversas tras beber agua salada contaminada con petróleo. «Hay un alto riesgo de empeoramiento de las condiciones sanitarias si se retrasa mucho más el desembarco», alertan. Entre la tripulación se encuentran, además, 123 menores que viajan solos, once niños y seis mujeres embarazadas, que ven cómo la tensión aumenta por momentos. Mientras, Italia les ha ofrecido víveres y embarcaciones para alcanzar Valencia, pero sigue negándoles el asilo. Finalmente, y en contra las reclamaciones de la organización, «el plan del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo Italiano (IMRCC) es desembarcar a las 629 personas en Valencia. Motivos políticos fuerzan a estas personas, exhaustas, a soportar un viaje aún más largo», comunican desde MSF.

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«Cuando decimos que la inmigración es un tema que tiene que abordarse desde la Unión Europea, no quiere decir que cada Estado miembro no tenga que hacer lo que está en sus manos. España en este caso no solamente está cumpliendo con su obligación y con la ley, sino que además presiona para que Europa esté a la altura de las circunstancias y sea responsable con sus supervisiones», explica Cristina Monge que alerta de que la situación continuará empeorando: según los cálculos de la ONU, en 2050 habrá más de mil millones de desplazados, gran parte de ellos debidos al cambio climático. «Ante las migraciones no podemos cerrar los ojos. Tenemos dos opciones: ignorarlas y hacer como si esas personas no existieran, lo que genera acciones cada vez más xenófobas como lo que está vemos en Italia; o coger el toro por los cuernos y plantear una política de gestión de un fenómeno que está aquí ya».

Aún es pronto para saber qué pasará con la política migratoria española, incluso está todavía en el aire el destino de los tripulantes del Aquarius. Sin embargo, esta declaración de intenciones ha despertado la cara más solidaria de España. Ciudades como Madrid o Barcelona ya se han ofrecido para ser hogar y refugio de los que huyen del horror, y miles de ciudadanos han hecho un ejercicio de empatía y de memoria, en un país que no hace tanto también migraba en busca de un futuro mejor.

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