Opinión

Caso Gabriel: una lección de periodismo amarillo

La FAPE ha alertado de que algunos periodistas han abusado del morbo por la búsqueda de audiencia a cualquier precio en su cobertura del caso Gabriel.

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12
Mar
2018

El terrible asesinato del niño Gabriel nos hace mirar al pasado. Cuando, a principios de la década de los noventa, se encontraron en un fosa, semienterrados, los cuerpos sin vida de Miriam, Toñi y Desireé, España se revolvió: las adolescentes llevaban días desaparecidas, la última vez que se les vio hacían autostop para ir a una discoteca en las lindes el pueblo valenciano de Alcácer. La autopsia demostró que habían sido violadas y mutiladas antes de matarlas. Uno de los asesinos, Miguel Ricart, está entre rejas. El otro, Antonio Anglés, sigue en paradero desconocido.

El suceso vitando coincidió con la entrada de las cadenas privadas, y la lucha por el share y la cuota de pantalla era descarnada. Tanto, como el tratamiento que se le dio al crimen de Alcácer. La periodista Nieves Herrero llevó a los padres de las víctimas al plató de su programa para vivir con ellos en directo la búsqueda de los cuerpos de sus hijas. España entera pudo ver la expresión de sus caras cuando fueron halladas en una fosa. Aquello le proporcionó a la periodista una audiencia récord, pero también el mote de «Nieves Horrores».

La FAPE denuncia en un comunicado el tratamiento sensacionalista del suceso por parte de determinados medios

El tratamiento que se le dio después al caso fue a peor: los progenitores, devastados y desconcertados, estuvieron meses recorriendo los platós de las televisiones, con la cara desencajada y convencidos de que eso ayudaría a encontrar a los asesinos de sus hijas. El interés de los directores de aquellos programas era otro: pegar al mayor número de espectadores posible a la pantalla.

El crimen de Alcácer es, desde entonces, objeto de estudio en muchas facultades de periodismo, como ejemplo de tratamiento frívolo y sensacionalista de una información y, sobre todo, del sufrimiento humano. De lo que no tiene que hacer nunca un periodista con un mínimo de rigor y ética. Pero hoy, la historia se repite, con más desalmamiento si cabe. El caso de Gabriel, el niño asesinado por la pareja de su padre, lleva una semana copando portadas de periódicos y horas de televisión.

En un momento de incertidumbre en el que Internet está cambiando los paradigmas del periodismo, incluido el modelo de negocio, la lucha por los ‘clics’ es brutal: el llamado SEO, ese algoritmo de origen incierto que varía cada mes y dicta las normas de publicación para lograr estar lo más alto posible en Google, requiere una producción masiva de noticias y titulares llamativos. Algunos medios han indagado incluso en la vida de la hija de la asesina confesa, o han detallado, con la autopsia en la mano, los cuatro últimos minutos del pequeño Gabriel mientras era estrangulado.

Ayer, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), dio un golpe en la mesa con un comunicado oficial: «Algunos medios de comunicación y periodistas, que han confundido la profesión con la búsqueda constante de audiencia a cualquier precio en su cobertura del Caso Gabriel, han usado el sensacionalismo, el morbo o la difusión de imágenes que nada aportan a la información y pueden ocasionar pérdida de credibilidad, que constituye el valor que aporta el periodismo a la sociedad».

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