Diversidad

La igualdad, ¿una cuestión de tiempo?

Los últimos informes sobre paridad de género en materias como salud, educación y oportunidades económicas y políticas confirman que habrá que esperar más de cien años para que la igualdad sea real.

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Esther Peñas
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31
Ene
2018
Igualdad mujeres
Ilustración de Loui Jover

Los últimos informes sobre paridad de género en materias como salud, educación y oportunidades económicas y políticas confirman lo que ya anunciase el Foro Económico Mundial: habrá que esperar, al menos, más de cien años (115, para ser exactos) para que la igualdad entre ellas y ellos sea real. Un siglo. Diez décadas. Veinte lustros.

Hoy en día, se sabe que una mayor igualdad de género supondría un mayor PIB per cápita; que la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo y los ingresos generaría mayor crecimiento económico con un efecto multiplicador en la sociedad; que la igualdad de acceso de las mujeres a la tierra y otros insumos agrícolas aumenta la productividad agrícola entre un 20 y un 30%, reduciendo el número de personas con hambre, y que las empresas con tres o más mujeres en sus juntas directivas o en puestos de alta dirección superan su rendimiento en un 53%. Son datos aportados por la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Michelle Bachelet.

Aun así, más de cien años de espera. ¿De veras hace falta esperar tanto? «La igualdad es una cuestión de voluntad. Uno de los grandes problemas es que está asociada a que somos un colectivo cuando, en realidad, somos la mayoría de la población, lo cual es una tergiversación que nos sitúa en una situación de inferioridad lingüística falsa», asegura Soledad Murillo, profesora titular del Departamento de Sociología y Comunicación en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Salamanca. Murillo promovió el primer Doctorado de Género. Fue Secretaria General de Políticas de Igualdad del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales y formó parte del Comité CEDAW (Comité Antidiscriminación de la Mujer) de Naciones Unidas.

Monserrat Boix: «Necesitamos más leyes de paridad. La educación es mucho más lenta y no tenemos tiempo»

«Podremos hablar de igualdad real cuando ya no necesitemos el feminismo para nada porque las mujeres estemos satisfechas con lo que se ha conseguido. Hoy no hablamos de abolicionismo de la esclavitud, porque no hay esclavos en el sentido en el que los había hasta el siglo XIX. Estoy segura de que el XXI será el siglo de la igualdad, pero lo necesitaremos todo para conseguirlo», comenta Victoria Camps, filósofa y catedrática universitaria.

«Sí, vamos a tener que esperar, parece que no queda otra. ¿Por qué? Porque el poder, en sentido amplio, sigue estando en manos de los hombres y no están dispuestos a dejarlo. Solo a través del sistema, con medidas legislativas, pero, sobre todo, concienciando a la sociedad, educándola, se conseguirá una igualdad relativa. Desde luego, la igualdad real, por desgracia, dudo de que yo la vea», apunta Encarnación Roca, vicepresidenta del Tribunal Constitucional.

Entre la educación y las leyes

Cien años comprenden varias generaciones que, educadas en la igualdad, asegurarían la incorporación del concepto en las generaciones futuras, pero ¿la educación es la única salvaguarda?

«Quiero pensar que no habrá que esperar tanto para hablar de igualdad efectiva. Necesitamos más leyes de paridad. La educación es mucho más lenta y no tenemos tiempo. Es una cuestión de justicia. La educación es clave a largo plazo, pero, mientras tanto, también hay que hacer cumplir la ley. Zapatero se lamentó de haber sido tan tibio con la Ley de Igualdad, porque es un texto no sancionador, pero eso no quita que, cuando se incumpla la ley, se denuncie. Los sindicatos deberían adoptar una actitud mucho más contundente en este sentido», apunta Montserrat Boix, periodista de RTVE, creadora de los conceptos ciberfeminismo y haktivismo social y coordinadora de Igualdad de UGT-RTVE.

Murillo también apuesta, en primera instancia, por la ley. «Se dice que la falta de igualdad es una cuestión de educación, pero ¿dónde se educa? Eso es un mito, y los mitos tienen el papel de retrasar los cambios, hacen que te conformes con lo que hay. ¿Se trabaja la educación en los colegios, en las universidades? Solo lo hacen aquellas mujeres concienciadas. Si hemos conseguido que los niños sean celadores de sus padres cuando cogen un cigarrillo, ¿por qué no lo son cuando es la madre la que se levanta de la mesa para recogerla? El mito de la educación sustenta la creencia de que no tenemos que tomar medidas en el presente, porque la solución dependerá de las generaciones futuras, y no es así».

Sin embargo, Roca disiente, al menos, en parte: «Como jurista, mi experiencia es que la norma escrita y pensada sin base social no se cumple. Esto ocurre en todos los países. No creo que las normas cambien la base social de un país. Hay que apostar por la educación y, en especial, por la educación en valores, algo que España no ha sabido hacer, pero no podemos tener a la ciudadanía presa del miedo ante una sanción».

¿Hay una vía intermedia?: «Las leyes son muy importantes, pero el camino a la igualdad tiene que ver, sobre todo, con un cambio de actitud y de mentalidad, vinculado a las normas y a la educación, por supuesto, pero especialmente a la socialización, que es algo más que la educación, y ahí los medios de comunicación cumplen un papel importantísimo, por el uso que hacen de la imagen de la mujer, de los modelos femeninos, especialmente en la publicidad, que habría que vigilar de un modo más explícito», argumenta Camps, algo con lo que concuerda Boix: «Los medios de comunicación no han asumido su responsabilidad en materia de igualdad y esto es un drama. Un claro ejemplo es que, en España, falta el Consejo Audiovisual. El Plan de Igualdad de RTVE estaba prorrogado desde hace cinco años, lo cual es escandaloso. Hay que vigilar la responsabilidad en los contenidos, pero no hay mecanismos de seguimiento. Y hablamos de una televisión pública, no te quiero contar las privadas».

Las esferas (masculinas) de poder

De los tres poderes del Estado, el Judicial es el único cuyo acceso se encuentra regulado por una prueba a la que, ellas y ellos, concurren en igualdad. Asimismo, es el único sin mayoría de hombres en sus huestes. Pero el desfase, como siempre, se observa en la cúpula. Las mujeres ocupan una de las 17 presidencias de los Tribunales Superiores de Justicia. Presiden 9 de las 50 Audiencias Provinciales. No capitanean ninguna Sala del Supremo. Y son minoría en el Consejo General del Poder Judicial. Y eso, se insiste, siendo un ámbito tan igualitario.

Para combatir este contexto, el Gobierno, en boca de Fátima Báñez, acaba de anunciar que exigirá por ley auditorías de género a las empresas. «Las auditorías de género se llevan planteando desde los años noventa. El Gobierno puede decir lo que quiera, pero hay que ir a los hechos. ¿Cuánto invierte en Igualdad? Si el ministro de Industria o de Asuntos Exteriores realizan un viaje por otros países en busca de alianzas y acuerdos comerciales, ¿a cuántas empresarias se lleva como invitadas? Sí, de acuerdo, tiene que haber mujeres en las plantillas, pero ¿de qué perfiles profesionales hablamos? Porque, si la mayoría está en la base, si ninguna o casi ninguna ocupa puestos de responsabilidad, seguimos perpetuando la discriminación», argumenta Murillo.

Victoria Camps: «Los medios de comunicación no han asumido su responsabilidad en materia de igualdad y esto es un drama»

La discriminación no es una leyenda en el siglo XXI, en países avanzados como el nuestro. Otro ejemplo: la profesora e investigadora Remedios Zafra acaba de obtener el Premio Anagrama de Ensayo por El entusiasmo, un trabajo sobre la precariedad laboral en el ámbito creativo. En él, ha construido un personaje, Sibila, para contar la historia de un fracaso: una mujer rebajada por la estructura social y por su género, que trata de sacar adelante su proyecto creativo con lo mejor de sí misma. En el contexto digital, según la ensayista, la precariedad y la desigualdad laboral se han expandido entre las mujeres. «Son los hombres quienes crean, programan e idean la estructura sobre la que nos movemos en la Red, que consolida las prácticas patriarcales». Zafra argumenta que, pese a que la cultura se ha feminizado, las esferas culturales de poder (por salario o por capacidad de decisión) siguen reservadas a ellos. «La precariedad siempre tiene cuerpo y, a menudo, tiene vulva», sintetiza.

Boix recuerda la importancia de que las mujeres sean activas en las redes sociales, especialmente en Twitter. «Las redes son un espacio imprescindible hoy en día, muy cercano para hacer escuchar nuestra voz. Nos facilitan el activismo. Facebook es un espacio muy endogámico; está bien que hablemos entre nosotras, pero el espacio político y de interacción es Twitter; basta con que cites un hashtag y todos aquellos interesados por él leerán tu opinión, incluidos los que no están acostumbrados a escuchar a mujeres y mucho menos a feministas». Boix lidera desde España el proyecto WikiProjec Woman in Red, impulsado por la Fundación de Wikipedia, para ampliar la presencia de las mujeres en esta plataforma.

La feminización de la pobreza

Según datos del Instituto Nacional de Estadística, las mujeres cobran, de media, un 23,5% menos que los hombres, aunque trabajan una hora más que ellos. La diferencia salarial es más acusada en el sector privado (28,46%) que en el público (10,93%). Por regiones, las grandes brechas se dan en Navarra, Cantabria y Asturias, y se angostan en Ceuta y Melilla, Canarias y Extremadura. Y eso a pesar de que la aportación de la mujer mejora resultados, en todos los sentidos. Un reciente estudio de las Universidades Carlos III de Madrid, de Valencia y de Bristol concluye que las empresas que discriminan a las mujeres son las que arrojan peor información financiera.

igualdad mujeres

Murillo es contundente: «La cuestión es: ¿hay democracia en la empresa privada?». Basta recordar la foto (cualquiera, en cualquier medio de comunicación) de los miembros de la CEOE, Cepyme, UGT, CC. OO., G-8… Es obscenamente masculina. «Las empresas privadas ¿contratan tiempo o talento? Porque está claro que lo primero solo lo tienen los hombres», apostilla Murillo.

«La mujer es interdisciplinar, sigue cargando con casi todo. No solo cumple en su trabajo, y de manera al menos tan brillante como el hombre, sino que resuelve prácticamente todos los aspectos de la vida familiar, pertenece al AMPA del colegio, cuida de sus mayores… Ha ido ganando terreno en lo profesional, pero no sé si está dispuesta a abandonar su escala de valores», comenta Elena García Armada, una ingeniera industrial que lidera el grupo del CSIC que ha desarrollado el primer exoesqueleto iónico del mundo para niños y niñas con atrofia muscular espinal (hay alrededor de 17 millones de menores en el mundo con problemas serios de movilidad). García Armada es una referencia obligada en el ámbito internacional. Además, es fundadora de Marsi Bionics, una empresa derivada del CSIC y la UPM. «Soy consciente de que haberme embarcado en un proyecto empresarial ha perjudicado mi carrera científica y no es justo. Hay compañeros con méritos investigadores semejantes a los míos que están en puestos superiores y yo ocupo el mínimo en la carrera investigadora». Y eso, a pesar de que su contribución a la biomecánica ha sido adoptada en numerosos países.

Soledad Murillo: «Las empresas privadas ¿contratan tiempo o talento? Porque está claro que lo primero solo lo tienen los hombres»

«Debería revisarse el sistema de promoción para que deje de lado cuestiones a mi juicio menores, como el número de publicaciones, y centrarse más en el impacto real del trabajo que cada uno desarrolla». «Además, la mujer, en el ámbito de la ingeniería, que es el que conozco, aporta una mejor organización del trabajo, parte de metas muy claras, muy concretas, y pone más tesón». Pero García Armada encuentra no solo diferencias en el modo de trabajar entre ellas y ellos, sino en los propósitos. «Tenemos una sensibilidad especial para poner en valor los problemas sociales y aplicar nuestro conocimiento y esfuerzo y dirigirlo en esa dirección», remata.

Algo similar considera Murillo: «Los costes de la desigualdad son enormes. Y medirlos es muy fácil. Aproximadamente, un 78% de las mujeres que se retiran del mercado laboral lo hacen por motivos de cuidado. Al no tener un salario, pierden capacidad de pacto en el ámbito doméstico. Si ese cuidado estuviera remunerado, se crearían 600.000 puestos de trabajo, según datos de la Fundación Alternativas. En términos de empresa, está demostrado de forma estadística que los resultados de las mujeres son mejores a todos los niveles. Cuando la mujer accede a puestos de poder, se mejora en políticas de cuidado, pero también en otras áreas importantísimas, como la ecología y el desarrollo sostenible, porque ellas son las principales afectadas».

Recuerden esa cifra: 115 años. Para que podamos hablar de igualdad. Ninguno de ustedes, que acaban de leer este reportaje, estará vivo para entonces. Pero las cifras no son proféticas, o no tienen que serlo. De nosotros depende.

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