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Desigualdad

La brecha rural

Luis del Romero Renau analiza cómo las democracias liberales han olvidado —o nunca comprendido— a las ruralidades, y cómo esta fractura alimenta el ascenso del populismo y la radicalización política.

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22
abril
2026

Daniel es un hombre blanco heterosexual que vive en un barrio residencial de cualquier gran ciudad. A las 6:00 el despertador de Alexa suena y, mientras se viste rápidamente con un equipamiento deportivo fabricado con fibras inteligentes proveniente de China, y estrena sus nuevas deportivas de 120 euros en oferta por internet fabricadas en Bangladesh, Alexa le resume el pronóstico meteorológico del día. Daniel activa su reloj inteligente Apple fabricado en Estados Unidos con piezas de China y se dispone a salir a la calle para realizar su rutina diaria de ejercicio que su entrenador personal le envió hace dos días por correo electrónico. Dispone exactamente de 40 minutos para esta actividad, ya que tiene una agenda cargada de trabajo.

Cuando termina el ejercicio, Daniel compra en el supermercado una caja de cereales Muesli envasados en Lübeck, pero con cereales ucranianos y trocitos de chocolate de cacao camerunés, unas bananas de Ecuador y una caja de cápsulas de café fabricadas en Israel. Vuelve a su casa a desayunar un café de su cafetera suiza Nespresso y un poco de leche calentada para acompañar con los cereales en su microondas de fabricación italiana mientras consulta rápidamente su correo electrónico y WhatsApp con el teléfono móvil del trabajo ensamblado en Corea del Sur y mira de reojo la televisión de pantalla plana con Smart TV fabricada en la India. Tiene un aviso de su nevera combi inteligente de fabricación turca que le indica que apenas le queda Kefir elaborado con leche de Bielorrusia ni apenas comida fresca, pero ya ha decidido que para cenar pedirá con Uber Eats unos rollitos vegetales del restaurante vietnamita del barrio.

Deja dinero en efectivo para pagar en negro a la mujer de la limpieza inmigrante sudamericana que vendrá más tarde a realizar la limpieza de su apartamento y le pone una nota en la que le pide que baje la bolsa de envases de plástico en el contenedor correspondiente. Acto seguido baja en ascensor al garaje domótico de la finca, y toma su SUV de cinco metros fabricado en Japón para desplazarse rápidamente a la oficina donde trabaja y llegar exactamente a las nueve de la mañana para la primera de las cinco reuniones que tiene hoy. Quiere terminar más pronto hoy, ya que tiene una cita de Tinder con una nómada digital estadounidense que lleva unos meses en la ciudad y quiere conocer a gente moderna y sofisticada como Daniel, que además es votante liberal moderado.

A un centenar de kilómetros de aquella ciudad y a la misma hora se levanta tranquilamente Sofía en la casa donde vive cerca de un pueblo. Baja a la cocina a desayunar un café hecho con su cafetera italiana y la cocina de butano destilado de petróleo nigeriano. Como hace un poco de frío enciende su estufa de leña con troncos del bosque comunal. Desayuna unas pastas que ha horneado ella misma y un poco de jamón del supermercado y queso del pueblo mientras contesta una llamada de su madre con su móvil de fabricación china. A continuación, se calza las botas de trabajo de fabricación nacional y va al corral a ver a las gallinas y a darles a comer un poco de forraje de la misma finca.

A las ocho coge su viejo todoterreno Nissan de fabricación japonesa para ir al pueblo para comprar algunas cosas, ya que hoy es día de mercado donde se encontrará con Luis el quesero, y Hassan el verdulero, además de algunas vecinas madrugadoras como ella, antes de entrar a trabajar de cajera en la tienda del pueblo. A comer le esperará su pareja que habrá terminado su turno de encargado de una macrogranja porcina y aprovecharán para hablar de algunas reparaciones que hay que realizar en el techo que corona la casa donde viven. De política no quieren oír ni hablar y prefieren no votar, aunque la pareja de Sofía simpatiza con algunas ideas de cierto partido populista de extrema derecha.

Son las 9 de la mañana y en estas tres horas Daniel ha empleado hasta once aparatos electrónicos diferentes y ha consumido productos y alimentos fabricados en doce países, sobre todo en áreas rurales, pero con componentes provenientes de los cinco continentes, mientras que Sofía ha empleado apenas dos aparatos y ha consumido alimentos producidos mayoritariamente en el país, e incluso algunos en el mismo municipio donde reside y trabaja. Las tres primeras horas del día de la aparentemente confortable vida de Daniel han requerido un gran esfuerzo logístico para que pueda disponer de este amplio abanico de productos. Pero si nos fijamos en su modo de vida, es saludable y sostenible, ya que ha realizado ejercicio, recicla, o mejor dicho ordena reciclar, y ha comido de forma sana.

Desde algunas posturas del liberalismo verde, el modo de vida de Daniel es más sostenible y sano que el de Sofía. Mientras él conduce un SUV híbrido y no un contaminante vehículo todo terreno, cocina con electricidad y no con gas butano. Tampoco se calienta con una poco eficiente estufa de leña que produce humo y, en cambio, come productos saludables y vegetarianos, y en cambio Sofía ha consumido carne ultraprocesada nada más levantarse y además tiene gallinas que generan emisiones a la atmósfera, no como Daniel trabajador de oficina que utiliza básicamente internet y, por tanto, produce pocas emisiones.

Sin embargo, si se analizan ambos casos, la huella ecológica y la explotación laboral que caracteriza la producción de los alimentos que ha consumido Daniel es considerable y las ruralidades donde se han producido estos alimentos son bien distintas a la de Sofía. La utilización en muchos casos de fertilizantes agresivos con el medio ambiente, el consumo de agua necesario para el procesamiento de los alimentos, las emisiones ocasionadas por su transporte y distribución, trabajos todos ellos realizados por una legión de personas en condiciones precarias, desde el jornalero africano que ha cosechado el cacao en Camerún, hasta el camionero que ha transportado las cápsulas de café a las tres de la madrugada desde una plataforma logística hasta el supermercado donde compra Daniel son algunos ejemplos, por no hablar de los residuos que genera, por ejemplo cada cápsula de café. Mientras tanto, Sofía se ha alimentado de productos de su propia finca o bien comprados en la tienda del pueblo y elaborados en el mismo país. La gran diferencia es que la huella ecológica de Sofía es bien visible en su casa: el humo de la estufa y del viejo todoterreno o el ruido y el olor de su corral de gallinas, mientras la de Daniel no se ve ni en su casa, ni en el barrio ni en la ciudad donde vive, sino que se queda más bien en otras latitudes sobre todo rurales.


Este texto es un extracto de ‘La brecha rural’ (Almuzara), de Luis del Romero Renau. 

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