Opinión

«La comodidad es el mayor atentado que se comete en nombre de la comunidad»

Quiere impulsar «la más encendida defensa de lo público: la defensa de la naturaleza». Movido por esa pasión, el naturalista y escritor es una de las voces más respetadas del periodismo medioambiental.

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20
Jul
2016
Joaquin Araujo escritor y defensor de la naturaleza

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Sara Maroto

La pasión de Joaquín Araújo Ponciano (Madrid, 1947) es impulsar, mediante palabras, «la más encendida defensa de lo público: la defensa de la naturaleza». Poeta, agricultor, escritor de 87 libros y guionista de 340 documentales (entre ellos ‘El hombre y la tierra’, con el reconocimiento de la Academia a la mejor serie de la Historia de la TV), la ONU reconoció su labor concediéndole el Premio Global 500 en el año 1991. Hoy dirige el blog ‘Tierra‘ en la versión digital de El Mundo y es una de las voces más respetadas del periodismo medioambiental.

‘Devolver a la naturaleza lo que ella nos da’ es el leitmotiv de todos tus trabajos. ¿De dónde surge esa pasión?

Yo considero que buena parte de lo que hacemos las personas enamoradas de los paisajes vivos, comprometidas en su defensa (y no te digo ya cuando tienes vínculos muy estrechos con lo que denominamos en sentido muy amplio ‘cultura rural’), es una forma de agradecimiento. Cuando me preguntan en qué consiste el pensamiento ecológico, en qué consiste la sostenibilidad, digo que consiste en dar las gracias. Dar las gracias por la mayor parte de lo imprescindible, de lo que necesitamos y resulta esencial para todos los seres vivos al mismo tiempo, que está dado muchísimo antes de que la especie aparezca y es totalmente gratuito. Cuando me hacen un regalo suelo dar las gracias. Lo que pasa es que la dinámica generalizada es todo lo contrario, el no reconocimiento, el no respeto, la ingratitud más desatada. Nuestra civilización podría ser definida perfectamente como la ingrata civilización, por la ignorancia de lo que se recibe.

Eres autor de libros como Agua y Árbol, que nos acercan a la naturaleza a través de aforismos, poemas y haikus. ¿Por qué servirse de la lírica?

Por una especial y contundente razón: la naturaleza no usa palabras, pero tiene lenguaje. La naturaleza se expresa y lo hace invariablemente de forma poética. Es más, se puede definir a la totalidad de la poesía de todos los tiempos como una cercanía al lenguaje de la vida en el sentido más amplio posible o, si me apuras, en un intento nunca culminado, nunca completo, nunca todo lo feliz que debiera ser, de traducir el lenguaje de la naturaleza. Yo de la naturaleza solo puedo hablar poéticamente, porque si no lo estaría convirtiendo en una suerte de incomunicación y yo, como pretendo comunicar lo que la naturaleza me ha comunicado, tengo la absoluta y perentoria necesidad de usar la poesía.

En el libro El placer de contemplar escribes: «Allí aprendí a obedecer la belleza y a desobedecer todo lo demás». ¿Dónde es «allí»?

Hay un lugar principal. Yo vivo desde hace muchos años, ya más de 30, en un lugar perdido en unas montañas de Extremadura donde tuve la suerte de poder adquirir, en un bosque muy grande, una montaña prácticamente entera, lo que es mi hogar. El ‘allí’ es en un 90% ese lugar donde he levantado mi propio hogar, donde he plantado muchos miles de árboles, donde cultivo la tierra desde el primer día, donde he escrito muchos libros, he hecho muchas películas, he hecho incluso parte de mis exposiciones… Ha tenido mucho éxito una de esas cosas que yo cuelgo en las redes sociales: «El sol, el aire, el agua y la tierra dijeron: hasta que la muerte os una más todavía. Me había casado con mi tierra». He tenido mucha suerte, he dado muchas vueltas, he conocido alguno de los ámbitos de la naturaleza más espectaculares y hermosos del planeta. A veces me acuerdo del desierto de Atacama, de la selva del Amazonas, de la Patagonia… Cuando has pasado la mitad de tu vida en zonas naturales, el ‘allí’ es muy amplio.

Hablemos de actualidad. A pesar del límite de los dos grados impuesto para finales de siglo en la cumbre de París, la temperatura global ya ha aumentado un grado en 2015. ¿Son suficientes este tipo de acuerdos?

No solo son manifiestamente insuficientes, es que éste llega manifiestamente tarde y es tacaño y raquítico. Podemos usar casi todos los calificativos de minimización, cuando deberíamos estar maximizando esfuerzos y tendencias. Además, ya sabemos esto no se para en dos grados sino que los va a superar. París tiene solo una faceta importante y es que sí que hay algo de acuerdo. Antes era el engañabobos más tremendo que habido nunca porque se sabía, se decía, se proponía y, finalmente, no se firmaba nada. Era como quedar para tomar cañas en un sitio donde no hay ni bar ni cañas. Para hacer una imagen menos metafórica y más gráfica, imagina que tenemos que subir una escalera de 5.000 peldaños: París es el primero. Hasta ahora no habíamos dado ni el primer pasito, aunque aún quedan 4.999.

Para alcanzar los objetivos marcados, es irrenunciable un cambio de modelo energético.

Absolutamente. Aquí yo soy absolutamente rotundo. Mucha gente me considera una persona muy tranquila, precisamente porque vivo en plena naturaleza, que es una escuela de serenidad, y donde se está muy alejado del temperamento azacanado de la sociedad. Pero decir algo que aparentemente es todo lo contrario de una persona tranquila y serena el cambio es absolutamente urgente. El modelo energético actual es horrible, feo, caro, injusto, peligroso, insano, antieconómico y antihumano. Por desgracia, yo califico esta historia como de absolutamente maniquea. Es malo en sí. Es la cosa más peligrosa. Yo aquí no templo ninguna gaita, no hago ninguna consideración, no doy ni una concesión. Pero porque conozco la gravedad. Muchas veces contemporizadas, dices «estoy en un debate, voy a ver si consigo dialogar con el fabricante de plásticos o con el cazador». Pero esto es demasiado grave. El modelo energético hace mucho que tendría que haber cambiado, y es absolutamente urgente que lo haga. No hay ninguna otra solución.

¿Daremos realmente carpetazo a la era del petróleo?

Por desgracia no se lo daremos, o lo haremos dentro de 50 años, cuando no solo estemos dos grados por encima sino que llegaremos a un horizonte de cinco o seis y esté todo machacado. Sobre todo, machacada la humanidad, que tendrá que experimentar grandes convulsiones. Para empezar, migraciones infinitamente más graves que las actuales, es decir, que las políticas. Las migraciones ambientales están destinadas no a movilizar a unos millones de personas, sino a centenares de millones.

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Lo eco toma cada vez más fuerza. ¿Qué hay de moda y qué de cambio de mentalidad?

Si es de moda no tiene fuerza. Es más, se trata de la palabra más alejada que existe, pues es una absoluta servidumbre. Casi todos los compañeros periodistas y todo el mundo caen en la trampa de utilizar la palabra ‘moda’ para hablar de ecología. Me ha pasado cienes y cienes de veces, como decía Joaquín Sabina. Si hay una distancia infinita entre dos palabras, es entre ‘moda’ y ‘ecología’, y cómo se entiende cada una de ellas a través de los medios de comunicación. El pensamiento ecológico es de reconocimiento, de sabiduría del planeta, de los miles de millones de años que lleva haciendo cosas bien hechas (algunas cosas mal, pero muchísimas menos que las que hacemos los humanos). Es algo que tiene un vínculo extraordinario con la reiteración de los ciclos y de los procesos. Pero vivimos en el mundo de que hay que estar divertidos por obligación, y los ciclos nos aburren. Es como si dijéramos «es que me aburre que mi corazón puede latir cinco mil millones de veces a lo largo de mi vida», o que deje de llegar la primavera. Tenemos ahí unas cortedades mentales extraordinarias. Lo que hacemos los que nos dedicamos a esto es defender la continuidad rítmica de la vida. Nada de moda. Es todo lo contrario, pero se produce dentro de los estereotipos de apetencias sociales. Yo discuto que estemos en un buen momento. Comparado con la década de los 90, estamos al 20% de interés por la ecología, de presencia en los medios de comunicación, de obra de todo tipo, de películas, libros, exposiciones. En el fondo estamos en un momento bastante bajo. En cambio, las organizaciones están más consolidadas porque han conseguido una estabilidad presupuestaria. Se ha producido un fenómeno que, en mis tiempos (porque yo fui líder ecologista durante muchos años) era muy difícil, y es que se ha profesionalizado y burocratizado la defensa de la naturaleza. Ahora hay muchos profesionales que se ganan la vida porque están en un staff de Greenpeace, de la SEO, de Amigos de la Tierra, y se ganan su sueldo.

Cuando en 1927 el cineasta austriaco Frintz Lang imaginó su Metrópolis futurista de 2026, quizá no era consciente de la delgada línea que separa la ciencia ficción de la realidad. Más de la mitad de la población mundial vive en ciudades. En 2050, será el 66%. ¿Cómo afrontar este desafío?

Es casi inabarcable por varios motivos. Primero, porque el crecimiento de las ciudades del mundo es del orden de 400.000 nuevas personas al día, 200.000 por nacimiento y 200.000 por inmigración. Todos los días. Eso significa que cada mes debería existir una nueva ciudad como Madrid. Son cosas verdaderamente desbordantes. Por supuesto, cada mes no hay una ciudad como Madrid. Cada mes hay miles y miles de personas que viven en las periferias de las ciudades de forma absolutamente penosa e infrahumana. Y hay fenómenos todavía más sorprendentes, como las sociedades emergentes de India, China, Iberoamérica… es absolutamente enloquecedor. Es renunciar a una vida dura durísima pero infinitamente más digna, a la vida consiguiendo tus propios recursos de supervivencia, y pasar a una dependencia extraordinaria, a una semiesclavitud. Hay otro dato que es fundamental para entender esto: un ciudadano demanda 10 veces más energía, 5 veces más agua y entre 3 y 10 veces más sueldo, que una persona en el campo. Empiezas a multiplicar y dices «que más van a fabricar y quién va a comprar lo que se fabrica». Y para colmo la robótica y la tecnología avanza y avanza pero no lo soluciona. Una de las pocas salidas que tiene el planeta, aparte de un férreo control demográfico, es que retornen al campo el mayor número de personas posible, porque se gasta 10 veces menos energía, se cobra 10 veces menos, que es suficiente dado que los gastos fijos en las ciudades son tremendos, al igual que los precios. O se rehacen completamente los principios básicos de las ciudades, o las ciudades agradecen lo que reciben. Porque fundamentalmente casi todo es desagradecido en un sistema económico como el nuestro, pero lo más desagradecido es la ciudad con relación a la naturaleza. Entonces o la ciudad empieza a agradecer los servicios y regalos recibidos, o desde luego no es viable. Es manifiestamente insostenible, como lo es el modelo energético, por cierto creador de las ciudades. Porque tampoco habría esta situación de explosión de la urbe si no tuviéramos el modelo energético que tenemos.

En ese ‘devolver a la naturaleza’ eres experto, pues vas camino de convertirte en Fundador de Árboles.

He plantado un árbol por cada día que he vivido, lo que significa entre 24.500 y 25.000 árboles plantados individualmente. Mi vida son cuatro pilares. Yo no puedo pasar mi vida sin ir a ver nacer el agua a los manantiales. No puedo pasar sin que la sombra de un árbol que yo mismo he plantado me proteja, y no puedo pasar sin oír los cantos de los pájaros, que es una de mis especialidades profesionalmente hablando. Puedo identificar todo lo que está sonando aquí [la entrevista tiene lugar en una terraza del Parque del Retiro de Madrid]. Ahora mismo está pasando la cotorra gris argentina. Suenan gorriones allí abajo, un mirlo y una tórtola turca. Tampoco puedo pasar sin relacionarme al máximo posible, a todas las escalas, con las actividades de la cultura rural. En tercer lugar, no puedo ir sin contarlo, es decir, sin ejercer tu profesión y la mía. Soy escritor, soy cineasta, soy comentarista, conferenciante. Y por último, no puedo vivir sin defender esas tres cosas: naturaleza, cultura rural y la comunicación de todo ello.

En la inauguración de tu último trabajo (la exposición Gestos para salvar el planeta, expuesta el pasado junio en la Feria del Libro de Madrid), te manifestaste en contra del herbicida glifosato, cuyos riesgos se debatieron recientemente en la Comisión Europea. Los defensores de la utilización de este tipo de componentes argumentan que son necesarios para garantizar la producción agrícola y dar de comer a una población mundial cada vez mayor.

El que tiene una central nuclear también te dirá que es absolutamente necesaria. Hay gente que defiende su sueldo, su negocio o su enriquecimiento y otras personas, muy pocas, poquísimas comparativamente hablando, que defendemos algo que no nos llena el bolsillo bajo ningún concepto, que defendemos cosas que no tienen que ver con nuestra supervivencia económica inmediata. Esto fue lo que dije al director general de Medio Ambiente de Monsanto cuando me protestó mucho porque yo me oponía con bastante contundencia al glifosato. Pero cuando conoces la naturaleza, cuando conoces el proceso de la fertilidad natural, cuando sabes lo que es una planta y simplemente tienes tres conceptos, tres ideas claras de lo que es una planta, no puedes asesinarla con una bomba atómica. Los herbicidas son bombas atómicas para uno de los prodigios de la vida. Lo más fascinante de la hierba es que constituye el primer paso de una cadena alimentaria a la que pertenecemos nosotros. Somos hierba, que es algo prodigioso: tú dejas una hierba reducida a menos del 1% de su tamaño y vuelve a crecer. Imagina que nos dejan reducidos a un trocito de uña y que de ahí pudiera volver a salir un cuerpo entero. Gracias a eso hay una vida permanente en la tierra. ¿Cómo podemos masacrar eso? La hierba es el primer fertilizante de la fertilidad. Hay mucha ignorancia en el asunto, y la única justificación que tiene es que está a favor de la fuerza más poderosa del cosmos: la comodidad de los humanos. Esa es la única justificación que tienen los Monsantos, los herbicidas, los superpetroleros: que nos hacen la vida más cómoda. La comodidad es, probablemente, el mayor atentado que se comete. En nombre de la comodidad se han perpetrado todos los crímenes de la humanidad. Para empezar, los crímenes políticos también tienen que ver con la comodidad, porque es muy cómodo mandar.

Hablando de política, ¿qué lugar ocupa el medio ambiente en los programas electorales?

Suele estar ahí. Eso sí que se puede considerar una importante conquista de todos los que hemos dedicado la vida a ello, desde periodistas ambientales a activistas ideólogos de todo tipo y condición. Se ha instalado en la sociedad, prácticamente en todas pero fundamentalmente en las industrializadas, la idea de que hay que cuidar del medio ambiente e intentar controlar las contaminaciones. Y no es pequeño el logro. Pero pasa como con quien sabe que debe dejar de fumar: sabemos que si fumamos nos puede dar cáncer de pulmón, pero mucha gente no lo deja por mucho que esa amenaza esté ahí. Y obviamente ahora mismo los partidos políticos no pueden hacer oídos sordos a una cosa que se ha instalado en la sociedad y que además tiene una meridiana lógica y sensatez preclara. Invariablemente, los políticos, incluyendo a los emergentes, tienen el medio ambiente en sus programas, pero sabiendo que le van a dedicar el mínimo esfuerzo, el mínimo presupuesto y la mínima consideración, entre otras cosas porque tampoco la gente está lo suficientemente movilizada como para exigir un porcentaje mayor, una implicación mayor.

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Dices: «Lamentablemente, no somos una especie fundamentalmente bien educada para ser huérfanos de poder».

Es lo más difícil y probablemente es el máximo privilegio que algunos tenemos: no solamente el no querer poder, sino que yo además lo he rechazado muchas veces en mi vida. Voy a hablar en primera persona. Considero lo mejor que me ha pasado, además de otras cosas personales y sentimentales, el haberme pasado la mitad de mi vida sin ningún poder a la vista. Esto casi nadie lo entiende a la primera. Yo me he pasado toda mi vida sin ver ninguna otra casa que no fuera la mía, ninguna carretera, ningún tendido eléctrico, ninguna institución ni representante de institución. Durante la mitad de mi vida no he tenido que cumplir ninguna ordenanza. Basta entrar en un pueblo para que todo eso sea al revés: tienes que cumplir ordenanzas, ves obras del hombre, ves indicaciones, escuchas ruido… Fíjate lo que significa el haber pasado la mitad de tu vida sin ningún poder ni ninguna de las secuelas del poder. Es lo que decíamos sobre la comodidad, que todo el mundo considera «oye, mientras a mí me vaya bien y yo pueda vivir con menos esfuerzo, salga el sol por Antequera». El motivo de mayor lucidez al que se puede aspirar es al vivir sin mandar y sin que te manden, vivir sin poder. Esto a acracia pura, un anarquismo ilustrado, y es muy difícil, extraordinariamente difícil. Es más, solo se podría dar con un anarquismo generalizado, con un nivel intelectual 1.000 veces por encima de la media de estos momentos. Los 42 millones de españoles tendríamos que ser doctores honoris causa por la Universidad de Harvard o de Oxford para que pudiéramos ser una sociedad sin poder. El poder es absolutamente perverso, incluso el poder más cercano. Cuando era muy jovencito escribí un aforismo del cual me arrepiento: «Una sola persona por debajo de ti, y serás injusto». Tampoco es que haya muchas aspiraciones a la justicia, a la gente todo le importa un bledo (y eso que los bledos me gustan mucho, porque oficialmente es una mala hierba pero en realidad tiene unas condiciones magníficas). La no necesidad del poder es algo que te enseña incluso la naturaleza: en el bosque no hay poder establecido; hay competencias, pero sobre todo hay un magnífico pacto de asistencia mutua. Lo más importante que sucede en este planeta no es el proceso evolutivo, sino los sistemas de cooperación y simbiosis que se dan en la naturaleza. Aunque son mucho más invisibles, resultan infinitamente más importantes.

¿Ocurre igual en la sociedad?

Absolutamente. ¿Quién está hablando del papel de las enfermeras en los hospitales, por ejemplo? Debería haber una crónica diaria del heroísmo de gente como, por ejemplo, las enfermeras, o del doctor cirujano Pedro Cavadas, que es un personaje extraordinario porque, además de hacer virguerías, las hace sin cobrar. Pero que se hable de ello es muy excepcional. Las 150.000 enfermeras y enfermeros que hay que tienen que limpiar el trasero a los ancianitos todos los días son invisibles. En cambio, hay que estar todo el día escuchando la tontería que ha dicho de que va a ser presidente o el que no va a ser presidente. Mire usted, si es que ustedes, que van a mandar, en realidad son insignificantes. Con los maestros y todo el sistema educativo en su conjunto ocurre lo mismo: lo esencial es manifiestamente despreciado. Ser maestro, profesor, catedrático, es una auténtica proeza. Igual que ser campesino: ¿a dónde se va sin tener en cuenta que estamos vivos todos los días porque estamos comiendo el fruto del trabajo de alguien? Ahí tenemos otra vez el agradecimiento. Hay que darse cuenta de que hay que dar las gracias. Hay que identificar a quién hay que dárselas, y luego hacerlo. Me parece tan absolutamente injusto que el poder sea tan poderoso, que se lleve la atención, que se lleve todo… Me parece absolutamente impresentable que lo que haga funcionar al mundo no sea algo notorio, reconocido y agradecido, y que no somos los humanos: es la propia naturaleza.

Sin justicia medioambiental, ¿puede haber justicia social?

No, en absoluto. Porque lo más agredido es el medio ambiente. Cuando tienes estas ideas más o menos claras (que tú eres el medio ambiente, el cómo lo vivimos, etc.), entiendes que es absurdo herirlo. Herir al clima es herirnos. La crisis ambiental es infinitamente más imponente que la crisis social, que la crisis económica, que la crisis política. La crisis ambiental es infinitamente más grave porque es a largo plazo. Defender el medio ambiente es tan solidario como la lucha contra el cáncer o la prestación de ayuda a los refugiados. Por intereses obvios, su defensa se ha querido deslegitimar y tachar de elitista, incluso de antihumanista. En la inauguración de la exposición Gestos para salvar el planeta, dije a todas las personas, incluyendo políticos y empresarios: «Una de las bendiciones que tiene esta defensa cuando se entiende realmente bien, quizás la suprema condición de la ética ecológica, es que resulta la más encendida defensa de lo público». El medio ambiente es un bien público, y quienes lo defendemos lo hacemos sin caer en ninguna de las apetencias, partidismos o defensa de intereses privados. Por mucho que les jorobe, esto está por encima de las religiones y de las ideologías. Es bastante más amplio que todo eso. Defendemos algo que beneficia a todo el mundo. El problema es que estas cosas llegan poco y se debaten poco. En la anterior campaña electoral, no hubo una sola alusión al medio ambiente, en ninguno de los debates. Yo me he sentado con reyes y ministros para hablar del clima, y todos dicen «qué bonito, qué interesante, qué razón tienes»… pero luego todo se queda en nada.

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