Cultura

El arte optimista

Marina Anaya celebra 20 años de creación y lo hace con su nueva colección expuesta hasta el 12 de marzo en la galería ‘A cuadros’ de Madrid.

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25
Ago
2015

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Luis Meyer

Resulta curioso que la artista Marina Anaya (Palencia, 1972), acostumbrada a pintar la vida con colorismo desbordante y desprejuiciado, haya realizado su obra más alegre ceñida a un solo tono: el dorado del latón. La alegría parte de la propia temática, puesto que celebra 20 años de creación y consolidación en nuestro país y en otros muchos, y comparte el solaz que da una carrera bien llevada con toda la gente que la ha apoyado en este tiempo. En especial con su madre, Nena, fallecida hace un año, que da nombre a esta colección de 17 dibujos a lápiz y 25 planchas de grabado sobre latón, que se expone hasta el 12 de marzo en la galería A cuadros del centro de Madrid.

«Era una persona con una mente muy libre, por eso me inculcó desde pequeña que hiciera solo aquello que me diera felicidad. Y cuando empecé, ella me animaba siempre a probar nuevas técnicas». La casa de Marina Anaya era un caldo de cultivo para artistas, como se ha demostrado con su hermana actriz, Elena, y con su hermano, que también trabaja en la industria del cine. «Mi padre era ingeniero porque se lo impusieron mis abuelos, pero él siempre quiso ser periodista. No quería que nosotras pasáramos también nuestra vida dedicando la mayor parte de nuestros días a algo que no nos gusta. Por eso él y mi madre impulsaron siempre nuestro talento para que pudiéramos vivir de ello», cuenta la creadora.

En esta obra mezcla sus tres virtudes: pintura, escultura y grabado. «Quería trabajar con planchas de grabado, que suelen ser de zinc, plateadas. Elegí el latón para darles un giro. Al grabarlas con diferentes materiales reaccionan de diversas maneras,  el latón saca diferentes tonos y matices al dorado, y le da mucha luminosidad a las piezas. La mordida del ácido respeta el latón pulido, pero cuando tiene texturas varía las diferentes partes del dibujo», explica Anaya.

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Para esta artista, que empezó hace dos décadas exponiendo en bares de Madrid y ahora saca a pasear su arte con asiduidad por galerías de Asia y América, ser comprometido no implica necesariamente reflejar el lado mate de la vida. Al contrario: «Mi trabajo siempre es optimista. A mí me interesa resaltar con mi obra esa parte de lo que somos, es con la que me siento bien trabajando. Me inspiran los momentos felices, muchas veces relacionados con el amor. Utilizo iconos como los pájaros, el viento, las casas, el humo y por supuesto las parejas o personajes como dos sirenas, una pareja besándose, una persona en la naturaleza… Siempre quiero reflejar calma, la de quien está a la espera de algo bonito. Son los temas en torno a los que yo reflexiono en mi trabajo».

También en momentos de crisis, tanto personal como de su entorno: «Cuando las cosas van muy mal, siempre hay otras que van bien, por muy pequeñas que sean. Eso es lo que entresaco. Y no me cuesta, no es algo impostado, supongo que es porque va con mi naturaleza. La situación de España es mala, pero también la situación individual de cada uno puede aportar momentos muy negros, como la muerte de un familiar… Pero siempre hay recovecos de consuelo, hasta en la más pura de las miserias. Y eso no significa que yo viva en una nube, también me pasan cosas malas. Pero nunca me ha interesado reflejarlas en el trabajo».

Por eso esta es la obra que más se identifica con ella: como si reflejara la vida en un  daguerrotipo, las superficies de latón cambian sus tonos según la incidencia de la luz. «La obra muta si está bajo el sol de la mañana o de la tarde, o de un neón de luz artificial. Incluso los colores pasan de positivo a negativo y viceversa, según el ángulo desde el que los mires», dice. Como la vida misma.

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