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Entre lo ético y lo científico: la guerra de los transgénicos

Científicos, políticos, representantes de la industria y ecologistas mantienen la guerra abierta entre los que defienden y los que denuncian el uso de organismos genéticamente modificados.

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Marta H. Vázquez
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15
Jul
2015

En 2012 todos pudimos ver las imágenes de las ratas deformadas por unos tumores que  evidenciaban efectos perversos de algunas semillas transgénicas. El estudio del biólogo francés Gilles-Eric Séralini mostraba cómo, tras dos años de investigación, un grupo de ratas sometidas a una dieta exclusiva de este tipo de alimentos producidos por la multinacional Monsanto había presentado serios problemas de salud, como insuficiencias renales y necrosis de hígado. Las críticas llovieron entonces sobre la empresa estadounidense productora del maíz NK603. Pero el tema es mucho más complejo que esta imagen que causó tanto efecto: la guerra entre defensores y detractores acerca del uso de transgénicos sigue abierta.

Los científicos, los políticos, los representantes de la industria y los ecologistas «suelen presentar los cultivos transgénicos ya sea como el ingrediente clave de cualquier solución al hambre mundial, o como una amenaza dramática y absurda a la seguridad alimentaria y la salud humana», señala Christopher Whitty, consejero científico jefe del Departamento para el Desarrollo Internacional del Gobierno británico (DFID). Y añade sin miramientos que «ninguna de esas dos posturas está bien fundamentada».

Según Whitty, «la decisión de excluir o rechazar cualquier tecnología que pueda ayudar a la gente a conseguir la comida y la nutrición que necesita tiene que estar basada en argumentos sólidos, racionales y de relevancia local». Es decir que, a favor o en contra, con más o menos escepticismo, no conviene alejarse del fondo de la cuestión: la seguridad alimentaria, la salud, el acceso de los pequeños agricultores a los productos y el respeto por el medio ambiente.

«Los transgénicos son plantas normales a las que se les ha introducido un gen que les confiere una determinada potestad, como crecer mejor en suelos salinos, o ser más resistentes a virus o a insectos. Yo creo que estar en contra es falta de conocimiento», advierte la reputada científica Margarita Salas, en declaraciones a Ethic.

Ciertamente, hay transgénicos que pueden tener efectos positivos. Un ejemplo es el arroz dorado, enriquecido con vitamina A (cuya deficiencia sufre una proporción importante de la población rural asiática), que ha desarrollado el Instituto Internacional de Investigación del Arroz (organización sin ánimo de lucro) bajo licencia de la empresa Syngenta. Otro ejemplo se da en Nigeria, donde investigadores públicos han desarrollado una judía carilla (chíchere) transgénica resistente a la maruca, una plaga muy común en África.

Pero si para algo se lanzaron al mercado los primeros transgénicos fue para aumentar la tolerancia a herbicidas e insecticidas e, incluso, para que las propias plantas los produjeran. ¿De qué manera? Insertando genes como el de la bacteria Bacillus thuringiensis, conocida como Bt, que deriva, según sus detractores, en problemas no solo sociales y ambientales sino eco-evolutivos. El maíz o la soja están incorporando a sus células el herbicida al que son resistentes por la modificación genética, el glifosato, que es «un teratógeno (que produce malformaciones en el feto) y posiblemente cancerígeno. Las plantas resisten ese veneno y lo incorporan, por lo que pasa a la cadena alimenticia», explica la mexicana Elena Álvarez-Buylla, doctora en genética molecular.

A otros expertos les chirría esa teoría alarmista de que nos estemos intoxicando. «Si un señor que va a la feria recogió el tomate el día antes posiblemente esté más bueno, porque en la mayoría de los supermercados maduran en cámara para poder distribuirlos, pero nutricionalmente son iguales». Lo dice el bioquímico español José Miguel Mulet, que asegura que los transgénicos son los alimentos más controlados que existen. «Antes de salir al campo, un transgénico tiene que superar más controles que cualquier otro alimento en la historia de la humanidad».

El autor de Comer sin miedo se basa en un estudio realizado en Estados Unidos que comparaba la salud del ganado en 1980, cuando no había granos genéticamente modificados, con su estado en la actualidad. «El ganado estaba exactamente igual cuando comía tradicional que cuando come transgénico. No tenemos ningún estudio tan completo en ningún otro alimento». Mulet está convencido de que los transgénicos usan menos fertilizantes y pesticidas y ayudan a evitar la contaminación.

Sin embargo, algunos datos cuestionan esta tesis. Tan solo en Estados Unidos se ha dado un aumento del 7% en el uso de pesticidas entre 1996 y 2011, resultante del aumento de 239.000 toneladas de herbicidas y la reducción de 56.000 toneladas de insecticidas (causada por los cultivos con variedades Bt, que evitan su aplicación externa).

«Teniendo en cuenta los datos científicos y el puro sentido común, los organismos transgénicos no pueden ser iguales a los no transgénicos. Es una falsedad asegurar que un organismo puede ser equivalente después de que le introduzcas un solo transgen. Una pequeña perturbación en sistemas complejos, como un ser vivo, tiene consecuencias que no se pueden enumerar», afirma Álvarez-Buylla. «El efecto de un gen (o un transgen) depende no sólo de sí mismo, sino de sus interacciones con otros genes y proteínas, y de la interacción del organismo transgénico con el ambiente». En este sentido, «lo poderoso de esta tecnología -declara- es que se va a implantar sin esfuerzo y, cuando la gente se dé cuenta, ya no va a haber nada que hacer».

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