La humanidad en casa: lo universal en la experiencia educativa familiar
Educar para la ciudadanía global o la humanidad, sin tener en cuenta lo cotidiano y el microcosmos formativo que es la familia, puede ser una impostura, sujeta a identificaciones superficiales con movimientos, ideologías y aproximaciones parciales a la realidad.
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«Sí, esta Rúa dos Douradores encierra para mí todo el sentido de las cosas, la solución de todos los enigmas, salvo el hecho de la existencia misma de los enigmas, que es lo que no puede tener solución» (Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego).
A través del personaje Bernardo Soares, Fernando Pessoa sugiere que desde su barrio de Lisboa podía conocer el mundo entero. La relación entre lo concreto, lo más cercano y familiar, y lo universal, ha sido analizada extensamente por el filósofo Javier Gomá como uno de los ejes de su teoría de la ejemplaridad. Es común que expongamos a nuestros hijos y alumnos a la reflexión sobre los grandes desafíos del mundo: la guerra, la justicia social, la opresión y la barbarie contra pueblos y etnias, entre otros. Pero a menudo obviamos que, detrás del crecimiento moral, está la relación con lo más cercano, cuya aproximación pedagógica es racionalmente preliminar.
El diálogo con el mundo y las causas sociales se encuentra sutilmente en las relaciones familiares cotidianas. La hipótesis que defendemos —en un sentido poético y metafórico— va más allá: la humanidad entera puede encontrarse en el hogar. Incluso antes del nacimiento, en la etapa prenatal, comenzamos a conocer y sentir en diálogo con el entorno familiar más cercano (Serrano y Herrán, 2026). La familia, como el barrio de La Baixa para Pessoa, es el mundo para el niño. La intensidad de los vínculos que en ella se dan, manifiesta, por presencia u omisión, las pasiones más universales del ser humano: el amor, la compasión, el entendimiento, la rabia, el dolor, la alegría, la esperanza, entre otras. Educar para la ciudadanía global o la humanidad, sin tener en cuenta lo cotidiano y el microcosmos formativo que es la familia, puede ser una impostura, sujeta a identificaciones superficiales con movimientos, ideologías y aproximaciones parciales a la realidad.
En el hogar se aprenden las estructuras fundamentales de la vida. Para el bebé en sus primeros meses, la madre es el primer mundo que sostiene y provee, la base de una personalidad abierta al futuro con esperanza (Capps, 2026) y, consecuentemente, con apertura a la posibilidad de cambio y transformación personal y social. En la relación con los padres a lo largo de los primeros años hasta la adolescencia, se establece una tensión entre la aceptación de lo recibido y la búsqueda de lo nuevo: entre la vida entregada por los padres y la posibilidad de desafiar sus propias condiciones. Una de las funciones fundamentales de la familia consiste en intentar preservar aquello que merece la pena conservar por su valor (Thoilliez, 2025), al mismo tiempo que contribuir a la emergencia de una vida nueva, libre y original en nuestros hijos.
Entre lo recibido y lo transformado se despliega la experiencia cotidiana, que constituye el primer acceso a lo universal
Entre lo recibido y lo transformado se despliega la experiencia cotidiana, que constituye el primer acceso a lo universal. Esta relación puede comprenderse también a la luz de la teoría geométrica de los fractales formulada por Benoît Mandelbrot en 1975. El concepto de ‘autosimilitud’ sugiere que la organización del todo se reproduce en cada parte, de modo que lo complejo se manifiesta en lo simple sin perder su estructura esencial. De manera análoga, la familia puede entenderse como una forma fractal de la humanidad. En ella se expresan, con intensidad y concreción, las estructuras fundamentales de la experiencia humana. Para el niño, la familia es el mundo entero no solo porque contiene experiencias relacionales fundamentales, sino porque en ella aprende cómo habitarlo: recibiéndolo, cuestionándolo y, eventualmente, transformándolo.
Desde esta perspectiva podemos revisar algunos enfoques educativos contemporáneos que, con buena intención, pero a menudo obviando el contexto formativo primigenio que es la familia, pretenden educar ciudadanos globales y críticos. Lo hacen desatendiendo la raíz de la educación moral, que se encuentra, fundamentalmente, en las relaciones del entorno familiar, convirtiendo conceptos y cuestiones legítimas y deseables a priori en consignas a menudo vacías, fácilmente asumibles en el plano discursivo pero frágiles conceptualmente. No se trata de oponer lo universal y lo cotidiano, sino de entender que lo universal se construye desde la relación con lo más cercano, en una ética del aquí y ahora, como afirma Levinas (2015).
En este sentido, la familia —como la Rúa dos Douradores para Pessoa— no es un fragmento del mundo, sino una forma de totalidad que hace accesible al niño la humanidad. En ella se ensayan, con una intensidad difícilmente reproducible en otros ámbitos, las formas esenciales de la vida humana, de modo que es en ese espacio reducido donde comienza la experiencia de lo universal.
Pablo Rodríguez Herrero es profesor titular del Departamento de Pedagogía de la Universidad Autónoma de Madrid
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