Derechos Humanos

Guerra en Siria

Teresa Sancristóval, responsable de la Unidad de Emergencias de MSF, analiza la dramática situación que viven las víctimas de la guerra en Siria. El conflicto se ha cobrado más de 100.000 vidas.

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07
Ene
2014
Teresa Sancristóval, responsable de la Unidad de Emergencias de MSF

Nunca es fácil brindar ayuda humanitaria en medio de una guerra, pero este país, inmerso en una cruenta guerra civil desde hace más de dos años, se ha convertido en uno de los escenarios más complicados para hacerlo. Teresa Sancristóval, responsable de la Unidad de Emergencias de MSF, analiza la dramática situación que viven las víctimas de un conflicto que ya se ha cobrado más de 100.000 vidas.

«Ahora mismo, ser médico en Siria es más peligroso que ser combatiente». El comentario, quizá hiperbólico, no es de un trabajador humanitario o del responsable de un hospital sirio, sino de un desplazado que tuvo que huir de la ciudad de Alepo a causa de los bombardeos. Parece una reflexión en torno a la figura del médico en un contexto bélico, pero lo que en realidad subyace en estas palabras es un lamento más profundo que se refiere a la suerte de los sirios: la inseguridad, las restricciones y los ataques contra hospitales y personal sanitario están afectando a miles de personas que se han quedado sin atención médica, a pesar de la valentía y el compromiso de los médicos sirios que se han quedado para ayudar a sus compatriotas.

Se ha llegado a un acuerdo para la destrucción de las armas químicas en Siria. De sobra son conocidos los movimientos diplomáticos y el ruido mediático que han precedido a esta decisión. Lo que no parece estar en boca de todos es la apremiante situación humanitaria de los sirios.

La ONU situó en 100.000 el número de muertos el pasado mes de julio. Diversas organizaciones elevan la cifra a 120.000 muertos. Hay más de 4,25 millones de desplazados dentro del país y 2,2 millones de refugiados fuera de él. Son cifras elocuentes que sin embargo quedarán desactualizadas en unas semanas, porque el ritmo de la guerra está superando todos los umbrales de lo imaginable.

Los números no sirven para describir de forma exacta el dolor que está sufriendo una población vulnerable y prácticamente desatendida. Y con la llegada del invierno, las enfermedades respiratorias tendrán una mayor incidencia entre los grupos de población más vulnerables, sobre todo los que no tienen un techo decente bajo el que cobijarse.

Líbano es el país que más refugiados sirios acoge, más de 800.000, lo cual ha congestionado el sistema de salud nacional. En Turquía hay unos 540.000 -según datos de la ONU, aunque las autoridades sitúan la cifra en 600.000-, y en Jordania, más de 560.000. Tan solo en el campo de refugiados de Zaatari hay 117.000 personas, aunque la mayoría de los que han huido de Siria a Jordania se hallan fuera de estos campos.

Pero quizá la situación más dramática la sufren los que se han quedado dentro del país. Desde junio de 2012, momento en el que Médicos Sin Fronteras (MSF) instaló su primer hospital en territorio sirio, la organización humanitaria ha sido testigo del auge de la violencia y del progresivo deterioro de las condiciones de vida en el norte del país.

Los seis hospitales y dos centros de salud de MSF, ubicados en zonas controladas por la oposición armada, intentan atender al mayor número de personas, tanto a las afectadas directamente por la guerra como a las que se han quedado desasistidas debido a la destrucción del tejido sanitario del país. Los equipos médicos han efectuado en este tiempo más de 100.000 consultas y 4.900 cirugías y han atendido 1.500 partos.

Pero no es suficiente. De hecho, es poco. MSF está intentando negociar el acceso a las zonas controladas por el Gobierno sirio, pero de momento aún no lo ha conseguido. Nunca es fácil brindar ayuda humanitaria en medio de una guerra, pero Siria se está convirtiendo en uno de los escenarios más complicados para hacerlo. ¿Los motivos? Entre otros, los ataques contra hospitales y trabajadores humanitarios, el colapso de la estructura sanitaria del país, las trabas para hacer llegar suministros médicos y la dificultad para atravesar el frente de batalla y acceder a comunidades aisladas. Llegar a los sitios donde la asistencia humanitaria es más pertinente se ha convertido en una pesadilla.

El reciente brote de poliomielitis, con hasta 62 casos, es un ejemplo paradigmático de las dificultades para atender a la población. La polio no tiene cura pero es fácil de prevenir: a través de una vacuna oral. La Organización Mundial de la Salud y Unicef han anunciado una campaña de vacunación regional para combatir la polio, pero los médicos sobre el terreno saben que lo más urgente es atajar el brote en su epicentro: Deir ez-Zor.

El problema es que esta ciudad, como tantas otras, está dividida militarmente. En las zonas controladas por Damasco, las autoridades están llevando a cabo la campaña de vacunación con el apoyo de Unicef, pero las áreas bajo dominio de la oposición armada se han quedado desamparadas. Los niños que viven en el lado ‘equivocado’ del frente de batalla están quedando desprotegidos. Es, a todas luces, una situación intolerable que exige un gesto humanitario adicional.

Hay más ejemplos de actividades humanitarias que se llevan a cabo rutinariamente en otros países y que en Siria suponen un auténtico reto. En mayo, MSF lanzó una campaña para vacunar de sarampión a 15.000 niños en la ciudad de Alepo y tuvo que evitar las colas para que no se registraran bombardeos o ataques con misiles.

Cada vez es más difícil trabajar en las zonas del país más castigadas por el conflicto. Hay muerte y sufrimiento no sólo por las balas, sino por enfermedades comunes que no pueden recibir tratamiento médico porque la guerra está destruyendo el sistema de salud.

Es una situación insostenible y el volumen de ayuda desplegada es insuficiente. La estrategia que merece más atención en Siria no debe remitir a la política ni a los juegos diplomáticos, sino al factor humanitario. Llegar a un acuerdo para garantizar el acceso de la población a la atención médica no debería ser un brindis al sol de las organizaciones humanitarias, sino una de las responsabilidades prioritarias que deberían asumir los actores de la comunidad internacional involucrados directa o indirectamente en este drama.

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