TENDENCIAS
Derechos Humanos

Violencia estructural: la violencia que más mata

Luchar contra el hambre no significa solo garantizar alimentos. Significa defender el acceso a la educación, a la salud, al agua, a la tierra, al empleo digno. Significa defender el derecho a tener derechos.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
10
febrero
2026

Artículo

Hace unos años, la activista congoleña Caddy Adzuba comentaba que para las víctimas del hambre en su país, más allá del dolor físico que la carencia de alimentos puede producir, «lo más triste y doloroso es la indiferencia del resto de la humanidad».

Las cifras del hambre en el mundo, en pleno siglo XXI, son demoledoras. El último informe SOFI, publicado el pasado mes de julio por Naciones Unidas, nos habla de 673 millones de personas que se acuestan cada día sin saber si comerán al día siguiente. El 8,2% de la población mundial ve su vida limitada por unas carencias que, en un mundo de abundancia, deberían ser inadmisibles. Porque matan de manera silenciosa, sin titulares y sin manifestaciones de dolor, envueltas en un velo de indiferencia.

Los seres humanos estamos, desgraciadamente, acostumbrados a asistir, casi en directo, a la violencia derivada de algunos –y digo bien algunos– conflictos. Es una violencia, que según de dónde venga o dónde se produzca, ocupa, o no, portadas y titulares. Una violencia a cuyos responsables se puede, casi, señalar con el dedo y que mueve a la indignación y, a veces, a la acción. Pero existe otra violencia, menos visible y mucho más persistente, y que condiciona —y a menudo acorta— la vida de millones de personas cada día: la violencia estructural.

Una violencia que se alimenta de abusos, de políticas económicas injustas, de vulneración de derechos y de falta de oportunidades. Y bebe de la pobreza y del hambre. No es directa, pero sí es a la vez causa y consecuencia de muchos de los 59 conflictos activos en el mundo. Definir lo que es no resulta fácil, porque la hemos hecho invisible. Y lo que no se ve, para muchos no existe.

La violencia estructural es algo que se manifiesta en el hambre, en la pobreza, en la exclusión, en la falta de acceso a la educación, a la salud, al agua o a un medio de vida digno… No estalla causando destrozos y dolor inmediato, sino que se normaliza y pasa de generación en generación, como una herencia maldita. Tampoco es un accidente aislado, sino la consecuencia de estructuras económicas, políticas y sociales que perpetúan la vulnerabilidad.

Es violencia que, en algunas zonas de Sierra Leona, la luz solamente se encienda 3 horas al día

Es violencia que, en algunas zonas de Sierra Leona, la luz solamente se encienda 3 horas al día. También lo es que, en el Chocó colombiano, las niñas vivan con el miedo a ser secuestradas por las guerrillas y que las convierten en esclavas sexuales. O que en Siria las familias no tengan cómo protegerse del crudo invierno. Que, en Etiopía, una madre tenga que elegir a cuál de sus hijos dar de comer, o que en la Amazonía Ecuatoriana las empresas extractivistas contaminen aguas, tierra y cuerpos.

La violencia estructural y los conflictos armados no son fenómenos independientes. Se retroalimentan. Son un círculo vicioso difícil de romper.

La guerra destruye economías, desplaza poblaciones, arrasa sistemas productivos y rompe el tejido social. Y, a su vez, el hambre, la desigualdad y la falta de oportunidades generan inestabilidad, tensión social y, en muchos casos, nuevos conflictos.

Así lo atestigua el estudio Paz en un mundo en conflicto. Radiografía de la opinión pública sobre la paz y el desarrollo con el que la ONG Manos Unidas ha querido pulsar el sentir de la sociedad española en este sentido. Así, el 88% de los encuestados creen que el hambre y la pobreza extrema son causa de conflicto y que la violencia estructural mata más que las propias guerras.

La paz no es solo ausencia de guerra.

Por ello, hablar de paz únicamente como ausencia de guerra resulta insuficiente. La paz real solo puede construirse sobre la base de los derechos, la justicia social y la igualdad de oportunidades. Porque no puede haber paz si millones de personas viven atrapadas en sistemas de exclusión estructural. La paz sin justicia es solo una tregua,

Sin embargo, las prioridades globales parecen avanzar en sentido contrario. En 2024, el gasto militar mundial alcanzó aproximadamente los 2,7 billones de dólares, la cifra más alta registrada hasta ahora, mientras que la inversión para el mantenimiento de la paz fue de 47.200 millones de dólares.

La paz real solo puede construirse sobre la base de los derechos, la justicia social y la igualdad de oportunidades

La lógica dominante continúa siendo prepararse para la guerra como garantía de seguridad, a pesar de que la experiencia histórica demuestra que ningún conflicto armado resuelve las causas profundas de la violencia. Por el contrario, en organizaciones como Manos Unidas se trabaja para garantizar el desarrollo, como único camino para la paz.

En este escenario de violencia en el que está envuelto el mundo, la ONG lanza una atrevida propuesta: «Declara la guerra al hambre» y no como una metáfora retórica, sino como un imperativo moral y una responsabilidad colectiva. Porque luchar contra el hambre no significa solo garantizar alimentos. Significa defender el acceso a la educación, a la salud, al agua, a la tierra, al empleo digno. Significa defender el derecho a tener derechos.

Y la experiencia de quienes trabajan sobre el terreno demuestra que el cambio es posible cuando se apuesta por soluciones estructurales: fortalecimiento de comunidades, acceso a medios de vida sostenibles, educación, participación social, defensa del territorio y acompañamiento a poblaciones afectadas por conflictos o desplazamientos.

También indica algo esencial: la paz nos compete a todos. Se construye desde lo local, desde las comunidades, desde el respeto a la dignidad humana, desde la cooperación internacional y, por supuesto, desde los despachos de quienes mueven los hilos del mundo.

Hoy, más que nunca, necesitamos asumir que la seguridad global no depende solo de fronteras protegidas o de armamento. Depende de garantizar que todas las personas puedan vivir con dignidad.

Porque donde algunos ven fronteras, otros vemos horizontes, de justicia, de desarrollo y de paz.


Cecilia Pilar es presidenta de Manos Unidas.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME