Opinión

Rio+ 20: Buenas intenciones y ambiciones muy diluidas

Rio+20 no se ha salvado de la dinámica general de las cumbres de la ONU, donde el interés individual de cada país está siempre por encima el deterioro crítico de la naturaleza.

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01
Jul
2011
Por Rocio Sanz Cortés

Rio de Janeiro, ciudad en la que estarán puestas todas las miradas durante el Campeonato Mundial de fútbol en el 2014 y los Juegos Olímpicos en el 2016 puso a prueba su capacidad para organizar la mayor cumbre de la historia de Naciones Unidas del 20 al 22 de Junio. La conferencia de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas concentró alrededor de 50.000 personas del 13 al 22 de junio en la ciudad carioca, que se convirtió en un hervidero de líderes mundiales de 193 países, representantes de la sociedad civil y ONGs. Rio+20 se celebró en la misma ciudad veinte años después de la mítica Cumbre de la Tierra de 1992, donde se alcanzaron grandes logros, como la puesta en marcha de las tres convenciones más importantes de medioambiente de Naciones Unidas: la Convención sobre la Diversidad Biológica, la Convención de lucha contra la desertificación, y la Convención Marco sobre el Cambio Climático.

Las negociaciones se llevaron a cabo en las instalaciones de Riocentro, a las afueras de la ciudad, bajo estrictas medidas de seguridad. En Riocentro también se llevaron a cabo 498 eventos, tales como talleres formativos, conferencias y paneles de discusión aparte de las negociaciones. A pocos metros se encontraba el Parque de los Atletas, que alojaba los diferentes pabellones de 57 países y 33 organizaciones internacionales, donde se podían visitar exhibiciones de iniciativas “sostenibles”. A casi dos horas en autobús, y en el centro de Rio de Janeiro se hallaba la Cúpula de los Pueblos, que se convirtió en el cuartel general de las ONGs, representantes indígenas y representantes de varios sectores de la sociedad.

El resultado de la cumbre fue recogido en un documento de 283 parágrafos titulado El futuro que queremos, cuyo borrador fue sorprendentemente aprobado por consenso el día antes que oficialmente empezara la cumbre. Antes de que los delegados de los diferentes países llegaran a Rio, se temía que no se alcanzara un acuerdo en materia de desarrollo sostenible, pero Brasil puso todo su empeño para que Rio+20 no acabara como la histórica cumbre de Cambio Climático (COP-15) que terminó sin consenso en Copenhague e hizo todo lo posible para que el martes 19 de Junio hubiera un texto borrador acordado por todos los países. De esta forma, cuando los ministros y jefes de gobierno llegaron a Rio de Janeiro ya estaba casi todo el trabajo hecho y esto limitó las posibles negociaciones entre mandatarios, rebajando así la ambición del documento.

El documento final de la conferencia recoge la visión común de todos los países en materia de desarrollo sostenible. Acerca de los avances hasta la fecha de los compromisos alcanzados en la Cumbre de la Tierra en 1992, el documento concluye que han sido insuficientes, y que se han visto dificultados por múltiples crisis financieras, económicas, alimentarias y energéticas, incidiendo especialmente en los países en desarrollo.

Si en algo estuvieron de acuerdo los países durante Rio+20 es que el futuro para la creciente población mundial, viviendo con recursos finitos se presenta lleno de nuevos desafíos. Según Naciones Unidas, el mundo de hoy tiene 7 mil millones de personas, y se prevé que en 2050 habrá 9 mil millones. Estos nuevos desafíos se unen a la lista de tareas pendientes, como la erradicación de la pobreza, que sigue siendo uno de los objetivos más importantes, y en los que más queda por hacer. Según Naciones Unidas, una de cada cinco personas, es decir 1.400 millones, actualmente vive con 1,25 dólares diarios o menos. También estuvieron de acuerdo los países en reconocer que el acceso a la energía sigue siendo una asignatura pendiente para muchos. De hecho, mil millones y medio de personas no tienen acceso a la electricidad. La seguridad alimentaria es un derecho fundamental, en el que todavía queda un largo camino por recorrer, en efecto casi 1.000 millones de personas pasan hambre todos los días. El cambio climático se ha posicionado como un tema central para garantizar un desarrollo sostenible, y ahora concentra mucha más atención que cuando se celebró la Cumbre de la Tierra en 1992. Las emisiones de gases de efecto invernadero continúan aumentando, y más de un tercio de todas las especies conocidas podrían extinguirse si el cambio climático continúa sin control.

El documento final de Rio+20 incluye secciones dedicadas a la Economía Verde, fortalecimiento de los mecanismos intergubernamentales de desarrollo sostenible, erradicación de la pobreza, seguridad alimentaria y agricultura sostenible, energía, turismo sostenible, transporte sostenible y energía entre otros.

Uno de los acuerdos más aplaudidos fue el de la creación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que sustituirán a los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas, que concluyen en 2015. Además, los países reconocieron la necesidad de otro tipo de medición para el Producto Interno Bruto, que también considere el capital ambiental y social.

La eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles acaparó gran atención y fue una de las iniciativas por la que más presionaron los grupos de la sociedad civil.

Según la Agencia Internacional de la Energía estos subsidios supusieron 312.000 millones de dólares en 2009 y 558.000 millones de dólares en 2008 a nivel mundial. Esta cantidad es alrededor diez veces mayor que los 36.000 millones de dólares de subsidios gubernamentales en 2009 dedicados mundialmente a la electricidad generada por energías renovables. Según esta misma fuente, la eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles en 2020 supondría una reducción de casi 6% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Actualmente existen 53 países del G-20 y del APEC que se han comprometido a eliminar los subsidios a los combustibles fósiles a mediano plazo, y este tema fue una de las prioridades en las negociaciones para la Unión Europea.

De acuerdo con la ONG 350.org, una de las más activas a favor de la eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles, más de un millón de personas firmaron la petición de esta propuesta. Finalmente, y después de difíciles negociaciones en las que los países productores de petróleo pusieron todo tipo de obstáculos para que no se alcanzara un acuerdo al respecto, se redactó un párrafo en el que los países que ya estaban a favor de la eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles reafirman su compromiso, y todos los países invitan a otros a racionalizar los subsidios ineficientes a los combustibles fósiles. La calificación de los subsidios para los combustibles fósiles como “ineficientes” seguro no fue un plato de buen gusto para países como Venezuela, quien defendió en su discurso a los combustibles fósiles como la principal fuente de energía global en el corto y medio plazo. Sin embargo, la opinión de una gran parte de las delegaciones y de representantes de la sociedad es que el acuerdo en materia de subsidios a los combustibles fósiles no es suficiente. La “invitación a racionalizar los subsidios” no convence ni a unos ni a otros, y deja en manos de un puñado de gobiernos decidir el futuro que queremos en materia de combustibles fósiles.

Otro tema importante del acuerdo fue el de la Economía Verde, ese término genérico que el texto define como una importante herramienta para alcanzar el desarrollo sostenible pero que “no debería consistir en un conjunto de normas rígidas”. El PNUMA se refiere a la economía verde como aquella capaz de mejorar el bienestar del ser humano y la equidad social, a la vez que reduce significativamente los riesgos ambientales y las escaseces ecológicas. En su forma más básica, una economía verde sería aquella que tiene bajas emisiones de carbono, utiliza los recursos de forma eficiente y es socialmente incluyente. El texto más que concretar objetivos en materia de economía verde se limita a animar a gobiernos, corporaciones y sociedad civil a transversalizar e incorporar este tipo de economía en sus actuaciones y políticas.

Otro tema que acaparó gran atención -ciertamente más atención que en la cumbre de 1992- fue la conservación de los océanos. La degradación ambiental que están sufriendo éstos a causa de la explotación pesquera irracional y de la acidificación como consecuencia de las emisiones desproporcionadas de dióxido de carbono a la atmosfera ha llevado la supervivencia de numerosas especies marinas al límite. En El futuro que queremos se pueden encontrar valiosas recomendaciones para terminar con la sobre-explotación pesquera, eliminar subsidios que contribuyan a la pesca ilegal y en definitiva acabar con ésta.

Pero como muchos otros temas que se trataron en Rio+20, el texto recoge una mínima parte de las iniciativas que fueron propuestas al principio de la negociación. Tal vez la conservación de los océanos fue uno de los temas que cosechó una mayor decepción por parte de las delegaciones de los países y de las ONGs y sociedad civil. Aparentemente, a pesar de que 183 países apoyaban la negociación y la implementación de un instrumento internacional en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, encargado de la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad marina fuera de las zonas de jurisdicción nacional, un pequeño grupo de países –Estados Unidos, Rusia, Canadá y Venezuela- bloquearon esta propuesta. Finalmente, el principio del mínimo denominador común se volvió a aplicar, y el texto concluyó que los países se comprometían a tomar una decisión más adelante sobre este tema.

Rio+20 también acordó reforzar y subir el nivel del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), con el fin de fortalecer los pilares medioambientales del desarrollo sostenible. A pesar de que algunos países habían solicitado que el PNUMA fuera elevado a la categoría de agencia especializada, la decisión final fue ampliar la membrecía limitada del PNUMA, que por el momento cuenta con 58 estados miembros y convertirlo en una membrecía universal de su Consejo de Gobierno, e incrementar los recursos financieros del PNUMA, incrementando el presupuesto regular de la ONU.

Si analizamos las impresiones sobre este documento final resultante de Rio+20, es difícil encontrar reacciones positivas y delegaciones de países firmantes de El futuro que queremos que estén plenamente satisfechas con el resultado final. Si buscamos reacciones en los representantes de la sociedad civil, nos encontramos con una gran decepción por la falta de ambición del documento e incluso algunos representantes de ONGs se refirieron a Rio+20 como un “fracaso épico”.

El Secretario Ejecutivo de Naciones Unidas, Ban-Ki Moon también quiso dejar clara su decepción en su discurso en la ceremonia inaugural de la cumbre, y en referencia al texto borrador aprobado por las delegaciones los días anteriores al 20 de Junio, se pronunció de manera contundente diciendo que los acuerdos alcanzados no estaban a la altura de la medida del desafío, y recordó a los mandatarios mundiales que la naturaleza no espera.

Muchos de los mandatarios de los países aprovecharon su discurso en la reunión plenaria de Rio+20 para expresar su desagrado con el documento. Nick Clegg, vice-Primer Ministro del Reino Unido se refirió al texto como decepcionante, e incluso se atrevió a culpar a China y a otros países en desarrollo con reservas de carbón y de otros combustibles fósiles como responsables de la falta de mayor compromiso político del acuerdo. El presidente francés François Hollande, quien fue junto con Mariano Rajoy de los pocos jefes de gobierno europeos en asistir a la conferencia, criticó los pequeños avances alcanzados en la conferencia, y en especial por el fracaso en el intento de elevar el Programa de Naciones Unidas de Medio Ambiente y otorgarle la categoría de agencia. Hollande también aprovechó para expresar su desagrado por la omisión en el texto final de la propuesta francesa para establecer una tasa en las transacciones financieras y que estaría dedicada a acciones de desarrollo sostenible. Otros aprovecharon las redes sociales para hacerlo. Por ejemplo, Connie Hedegaard comisaria de la Unión Europea para el Cambio Climático tuiteó poco después de que se aprobara que “nadie en esa sala donde se ha adoptado el texto estaba contento. Así de débil es el texto”.

Un discurso aplaudido fue el de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton en el que se refirió a un tema muy controvertido durante la conferencia: la inclusión de los derechos reproductivos en el texto final. Pese a que El futuro que queremos recoge el compromiso de los países a trabajar activamente para lograr el acceso universal a métodos modernos de planificación familiar, la mención específica a los derechos reproductivos fue eliminada del texto final a petición del Vaticano y de algunos países en desarrollo. Así que Clinton se aseguró que la posición de su país al respecto quedara muy clara y subrayó el compromiso de los Estados Unidos para garantizar los derechos reproductivos y anunció que continuará trabajando para que las mujeres puedan tomar sus propias decisiones para tener hijos o no y cuando hacerlo.

El discurso del presidente de Uruguay, José Mujica fue sin duda uno de los más interesantes y de los más vistos en Youtube. Mujica desafió a los presentes en la asamblea plenaria a repensar el modelo de consumismo prevalente en las sociedades occidentales, afirmando que “el hiperconsumismo agrede al planeta”. Asimismo, criticó el modelo de consumismo basado en la obsolescencia programada e invitó a revisar nuestro modelo de vida basado en una civilización de usar y tirar.

En definitiva, el texto El futuro que queremos es un consenso mínimo o aspiracional en el que no se abordan los medios de implementación, sino que simplemente se acuerdan las líneas de actuación generales a las que en mayor o menor medida se comprometen los países. Uno de los reproches de los países en desarrollo más repetidos fue la falta de la puesta en marcha de suficientes instrumentos financieros por parte de los países desarrollados para que los países menos desarrollados puedan lograr los compromisos en materia de desarrollo sostenible.

Pero tal vez los logros más importantes alcanzados en Rio se han conseguido fuera de la arena política de las negociaciones. Por ejemplo NASDAQ OMX y otras cuatro bolsas han expuesto su compromiso para pedir que las empresas que cotizan en ellas publiquen detalles sobre sus huellas ambientales y sociales. El presidente de Mozambique, anunció el lanzamiento de la Hoja de Ruta de Mozambique hacia la Economía Verde. Una buena noticia relacionada con la conservación de los océanos fue anunciada por el gobierno de las islas Maldivas, que se convertirán en la mayor reserva marina en 2017. El gobierno del Reino Unido será el primer país en obligar a sus empresas a medir su huella de carbono. Los ocho mayores bancos de desarrollo anunciaron un una inversión de 175 mil millones de dólares para promover autobuses, trenes y carriles para bicicletas, incentivando así la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero provenientes del sector transporte. Además, una coalición de 24 grandes empresas, incluyendo Coca Cola, Unilever y Nike anunciaron un compromiso común para priorizar la conservación como parte de su planeamiento estratégico. Kimberly-Clark el mayor fabricante de tejido de papel se comprometió a reducir a la mitad su consumo de madera de bosques naturales en el 2025.

Parece que bajo el documento irónicamente titulado El futuro que queremos se encuentra un compendio de buenas intenciones, y de ambiciones políticas y ambientales muy diluidas, con el que los países firmantes no están del todo conformes. Muy a pesar de todos, Rio+20 no se ha salvado de la dinámica general de las negociaciones en las cumbres de Naciones Unidas, donde priman los intereses individuales de los países antes que el deterioro crítico de la naturaleza. La lectura positiva de Rio+20 es la gran participación de la sociedad civil y del sector privado, como muestra de un creciente interés en llevar a cabo acciones y de asumir compromisos con mayor determinación que la mostrada por los gobiernos en la cumbre.

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