Internacional

Guatemala: de la guerra al desarrollo sostenible

Ethic analiza sobre el terreno el caso de un centenar de ex combatientes que decidieron labrarse un futuro en clave de sostenibilidad en las áridas tierras de Petén.

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04
Oct
2010

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Lucía Carbajo

Entre 1960 y 1996, Guatemala padeció una guerra civil que trazó profundas cicatrices en la cartografía de este país. Durante estos 36 años de sangre, tuvo lugar el llamado Genocidio Guatemalteco que, según Naciones Unidas, se cobró más de 200.000 muertos y más de 45.000 desaparecidos a lo largo de la contienda. Ethic analiza sobre el terreno el caso de un centenar de ex combatientes de la guerrilla guatemalteca que decidió labrarse un futuro en clave de sostenibilidad en las áridas tierras del departamento de Petén.

Nadie adivinaría a simple vista lo que la aldea rural Nuevo Horizonte, ubicada a unos 30 kilómetros de Poptún (en el Petén, 375 kilómetros al noreste de Ciudad de Guatemala), esconde en sus entrañas. Tras la vasta vegetación que rodea cada una de las casi 200 casas que allí se localizan más de un centenar de soldados que decidieron abandonar las armas para  administrar un proyecto sostenible alejado de los fusiles. Tampoco la existencia de escuelas, clínicas, comedores, alojamientos, tiendas y centros culturales harían sospechar al viajero que esta comunidad se gestiona prácticamente en asambleas democráticas y como si de un Estado independiente dentro del “país del maíz” se tratase.

La guerra mantuvo unidos a este grupo de guatemaltecos durante 18 años en los que aprendieron a vivir de, por y para la montaña. El medio natural de la selva era, según explica a Ethic Eusebio Figueroa, más conocido como Ronie, “la forma de vida que teníamos durante la guerra” y como la tierra les proporcionaba “medicinas, comida, calor y ubicación”, la máxima de actuación en esta comunidad se inspira en el efecto inverso: “Devolver a la tierra todo lo que nos ha dado”.

Pero el tránsito de la guerra a un proyecto de sostenibilidad rural no fue fácil en absoluto. El 90 por ciento de las personas integradas en este grupo del Petén eran de origen indígena y muy pocos sabían entenderse con los libros como para informarse de las mejores técnicas a la hora de rentabilizar la tierra. El primer gran reto fue, por tanto, estudiar cómo conseguir un desarrollo sostenible y eficiente, un terreno que diera productos para subsistir y, en definitiva, poder devolverle a esta árida tierra los nutrientes necesarios para que volviera a ser productiva. Su clave, afirma orgulloso Ronie, fue el amor por el conocimiento que algunos habían desarrollado a lo largo de años en la montaña.“En la guerra llevábamos la mayor biblioteca andante que se conoce”, presume el ex combatiente. “Cada uno de nosotros cargaba con un libro y un cuaderno, además de su ropa, su comida, su fusil y su saco”. Además, todo se basaba en transfusión del conocimiento: el que no sabía leer, enseñaba los secretos de las plantas a unos, y aprendía a leer de la mano de otros.

Negociando con la tierra

Cuando se instalaron en Nuevo Horizonte, las condiciones no eran las mejores para la siembra. “La tierra no da si tú no la cuidas: hay que hablar, hay que negociar con ella, pero cuando nosotros llegamos a este terreno no teníamos idea de cómo tratar la milpa (campo de maíz) para que nos diera fruto, así que dijimos: ‘compa, vamos a investigar’. Y con la afición de lectura que traíamos de la montaña investigamos cómo cultivar el grano, crear una cooperativa, construir una escuela”.

Así empezó una aventura que ya dura 15 años y que, además de la ilusión de sus protagonistas, constituye un hogar para más de medio centenar de niños que viven allí. Tras revitalizar el terreno, el objetivo fue seguir creciendo a través de proyectos de desarrollo en la comunidad.  “Cuando conseguimos que la electricidad llegase a Horizonte -continúa Ronie- pudimos construir la primera escuela, la clínica, el comedor, las tiendas y otros negocios”.

“Lo que más molesta a los turistas que se hospedan aquí son los gallos, el motor de la máquina de hacer tortillas y los zancudos (mosquitos)”, explica Wilson Pérez, responsable del programa de turismo solidario que en 2010 albergó a más de 500 turistas provenientes de Francia, Canadá, Israel, Estados Unidos, España, Italia y Alemania, entre otros países.

“Este proyecto tiene cinco años”, comenta Wilson Pérez, “y lo que queremos es enseñar a las personas que vienen cómo vivíamos nosotros cuando estábamos en el monte”. Además de alojamientos rurales con capacidad de hasta 70 personas, Horizonte ofrece al turista visitas a un bosque cercano para revivir cómo sobrevivían durante la guerra a través del conocimiento de las plantas.

La mujer como motor

Consideradas en Nuevo Horizonte como el gran sustento de la comunidad, las mujeres de esta aldea, agrupadas en su propia iniciativa de Asociación de Mujeres, tienen mucho que decir y hacer: promueven sus propios proyectos como la producción de jabones, huevos y tortillas de maíz que se consumen en este particular pueblo, además de la organización de cursos, encuentros y eventos para mujeres de fuera de la aldea. “Por ejemplo, hace unos meses tuvimos un encuentro de mujeres productoras y derechos humanos y vinieron 80 mujeres. También hubo uno de capacitación de mujeres indígenas para que puedan exigir sus derechos y aprender un oficio”, detalla el ex combatiente.

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