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Europa frente a Nerón 2.0

El historiador Tácito retrató el reinado de Nerón como el paso de un gobierno todavía condicionado por las instituciones a otro dominado por el miedo, la arbitrariedad y el culto al emperador. Tal vez el riesgo para Europa no sea el choque con EE. UU., sino el contagio de esa degeneración. Y muchos analistas avisan de que ese virus está en marcha.

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01
julio
2026

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Europa nunca había tenido que lidiar con una Casa Blanca tan extraña. Su principal inquilino es conocido por su ansia de venganza hacia adentro, su falta de límites hacia fuera, su enfermiza obsesión por la decoración y el afán de dejar una huella imborrable en la historia. En las escuelas de relaciones internacionales no preparan para semejante cuadro psicológico a la altura de un Nerón 2.0.

«The Cruel Kids’ Table» (la mesa de los chicos crueles) es una de las mejores etiquetas utilizadas para describir a Trump y a una nueva generación de machos electos vinculados al universo MAGA que ha hecho de la provocación, la ironía y el desafío a las normas culturales progresistas parte de su identidad política. El término procede de un reportaje de New York Magazine, que juega con la expresión estadounidense «the cool kids’ table», la mesa de los alumnos populares en el comedor del instituto. Ahora Europa se topa con unos socios al otro lado del atlántico que no quieren ser «populares», sino que exhiben una cierta satisfacción al incomodar, ridiculizar o escandalizar a sus adversarios. Zelensky, Macron y hasta la muy cercana Meloni han sufrido esa actitud que normaliza la crueldad incluso con los socios.

Quedan más de 900 días de mandato de Trump. Su irrupción de vuelta en el escenario no podría haber llegado en peor momento: con una guerra en marcha en el flanco este europeo. Edward Lucas, analista británico, se lamentaba hace unas semanas en Varsovia: «¿Qué pasará si sufrimos una provocación brusca que ponga a prueba la unidad de la OTAN y llamamos a los estadounidenses, pero los estadounidenses dicen «lo sentimos, Trump está ocupado, no atiende la llamada»? Sería un problema».

Para el analista Pedro Rodríguez, EE. UU. vive «en un presente absoluto»: nadie aprende del pasado y nadie planifica el futuro

En las cancillerías europeas lo saben bien. Durante el primer año de Trump 2.0, los líderes europeos respondieron a las múltiples provocaciones y presiones intentando complacer las exigencias del gobierno estadounidense, aceptando un acuerdo comercial injusto y evitando contravenir la línea política de Washington, aun cuando no compartían su rumbo. La mayoría de los líderes europeos jugaron a ser el poli bueno. Pero en 2026, con la amenaza de Trump de anexionarse Groenlandia y su extraña guerra y paz iraní, Europa ha recuperado el arte de decir «no» a Washington como lo hizo en 2003 ante la invasión de Irak. Esta vez, es de manera más unánime.

La nueva política de Trump ha priorizado la restauración de la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental: la denominada Doctrina Donroe, bautizada por el propio Trump como una combinación de su nombre y la vetusta Doctrina Monroe. Europa ha descubierto que, aunque el vínculo euroatlántico es importante, no podemos sacrificar nuestra orilla para complacer a la otra.

Trump ha impuesto el abandono del multilateralismo. En su lugar nos llega una diplomacia a menudo gestionada por colaboradores cercanos del presidente en lugar de diplomáticos profesionales que se apoya en la singular influencia económica, política y militar de Washington. Un ejemplo revelador: cómo ha utilizado los aranceles como una herramienta para obtener concesiones políticas y económicas.

Pedro Rodríguez, analista de política exterior y profesor en CUNEF, rechaza atribuir a la Administración Trump una racionalidad estratégica convencional. «Es verdad, y se dice mucho, que a Estados Unidos no le interesa irse de Europa», concede como razonamiento habitual. Pero añade: tampoco le interesaba una guerra comercial, «y la han hecho»; tampoco le interesaba tratar a sus aliados «como basura, pero lo han hecho». Esta Administración toma decisiones sin cálculo serio de costes ni repercusiones. Vive «en un presente absoluto»: nadie aprende del pasado y nadie planifica el futuro.

En realidad Estados Unidos siempre ha mostrado cierta ambivalencia en su compromiso con un orden normativo e institucional y en situaciones críticas, como la lucha contra el terrorismo islamista, el país ha infringido o por lo menos flexibilizado las normas internacionales. El mayor símbolo de poder es precisamente poder ser la excepción a las normas. También se mantuvo al margen de algunos de los proyectos internacionales más ambiciosos, como la Corte Penal Internacional. Y su interés por seguir desempeñando su papel de árbitro supremo del sistema internacional disminuyó rápidamente tras las fallidas guerras de Afganistán e Irak. Pero ahora Europa no es un viajero mareado por los vértigos de las piruetas bélicas de George Bush, está entre los daños colaterales de unos EE. UU. más desdeñosos que nunca.

Tras su errática irrupción en Irán, Trump parece incapaz de controlar el relato político de una guerra que no salió como él esperaba. Ante las dificultades para presentar el episodio como una victoria clara, ha recurrido a su método habitual: intentar fabricar una realidad propia, imponer una versión de los hechos y obligar a los demás a moverse dentro de ella.

Cuando la realidad no encaja con su relato de fuerza, Trump proyecta la culpa hacia fuera

Su cita con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, escenificó esa tensión. Rutte acudió con elogios calculados, consciente de que con Trump la adulación suele ser parte del protocolo diplomático. Pero ni siquiera ese despliegue de halagos sirvió para contener al presidente. Trump aprovechó la ocasión para cargar —de nuevo— contra algunos de los principales miembros de la Alianza Atlántica, a los que reprochó no haber ayudado en su guerra con Irán.

La escena revela el estado de las cosas: mientras sus aliados intentan mantenerlo dentro del marco de la OTAN con gestos de deferencia, Trump sigue tratando la Alianza como una relación transaccional y personalista. No busca tanto una estrategia compartida como una prueba de lealtad. Y cuando la realidad militar o política no encaja con su relato de fuerza, proyecta la culpa hacia fuera: contra los medios, contra los demócratas, contra los aliados europeos o contra cualquiera que no haya contribuido a sostener su versión de los acontecimientos.

Para Rodríguez, que ha sido ponente en el Seminario Internacional de Seguridad y Defensa organizado en junio por la Asociación de Periodistas Europeos, el momento que atraviesa Estados Unidos recuerda a los grandes procesos de decadencia de las potencias históricas. «Cuanto mayores son los fracasos, mayores son las celebraciones», lamenta. «Es imposible no pensar en la decadencia del Imperio Romano. ¿Cómo hemos pasado de la República al Imperio? Hemos pasado de Cicerón a Nerón».

El historiador Tácito retrató el reinado de Nerón como el paso de un gobierno todavía condicionado por las instituciones a otro dominado por el miedo, la arbitrariedad y el culto al emperador. Tal vez el riesgo para Europa no sea el choque con EE. UU., sino el contagio de esa degeneración. Y muchos analistas avisan de que ese virus está en marcha.

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