Wittgenstein, la filosofía analítica y su crítica contra los otros modos de filosofar
El filósofo vienés creyó que el pensamiento filosófico se parecía más a un cuadro enfermizo que a una indagación seria por llegar a la verdad.
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Las reflexiones filosóficas han tratado gran parte de las cuestiones más elevadas de la existencia humana. Desde las nociones menos claras relacionadas con metafísica y ontología, hasta lo más cotidiano y que tiene repercusiones en el día a día con relación a la ética y la política. Sin embargo, ¿cómo se puede saber qué filósofo tiene la mejor apreciación de la realidad?
Ludwig Wittgenstein consideró que gran parte de la historia de la filosofía estuvo delimitada por pugnas intelectuales injustificadas. Para él, la actividad filosófica predominante se había enfocado en resolver las cuestiones de la realidad y la verdad desde diferentes perspectivas en las que rara vez se conseguían acuerdos. Además, creyó que el pensamiento filosófico se parecía más a un cuadro enfermizo que a una indagación seria por llegar a la verdad.
Fue por ello que creó su propio sistema, en el que criticó severamente a la filosofía (aunque, curiosamente, siguió llamando filosofía a su propuesta). Así, en el tractatus logico-philosophicus y en sus investigaciones filosóficas, explicó de qué manera se podía ejercer la filosofía sin caer en errores irresolubles o suposiciones.
Para él, la filosofía es una disciplina que delimita el conocimiento y que, por tanto, en ocasiones se puede ubicar por encima o por debajo de la ciencia, pero no a la par de ella. Y es que su filosofía analítica se fundamenta en el lenguaje, en sus usos y en las reglas concretas que tiene en entornos determinados. De esta manera, el contexto en el cual se usan las palabras es de gran importancia para la delimitación de significado.
Para Wittgenstein, la filosofía es una disciplina que delimita el conocimiento
Tomando como base esta propuesta, se podría decir que todos los problemas acerca del ser o no ser, el alma, el espíritu, entre otras cuestiones trascendentes que habían ocupado a generaciones de filósofos, no eran más que los límites del lenguaje. Es decir, se podría entender qué significa el alma o Dios como conceptos en un cierto contexto dado, pero no se podría indagar más allá acerca de las características de estos conceptos sin llegar a «romperse la cabeza». Además, no habría garantías objetivas de que dichas reflexiones fuesen verdaderas salvo para el propio autor.
Por ejemplo: si la noción de un pensador es que el bien existe y la maldad solo es privación del bien, entonces el bien sería lo que tenga existencia afirmativa y el mal sería la privación de ese bien natural. Al contrario, si un pensador lo toma a la inversa, entonces el mal sería lo que existe y el bien resultaría solo como la privación del mal natural. Para Wittgenstein, estos eran juegos del lenguaje que podían ser cometidos a nivel individual o colectivo. En esos casos, las reglas del lenguaje eran de suma importancia para dotar de sentido a las cosas; así, en un partido de fútbol, sería absurdo ver que cada jugador siguiera reglas diferentes. En cambio, la norma sería la que dotaría de significado a las acciones.
Por supuesto, si un filósofo, en sus consideraciones, utilizaba reglas del lenguaje individuales, esto dificultaría que se le entendiera en un amplio sentido. En cambio, Wittgenstein optó por seguir la norma, el análisis del uso cultural y social del lenguaje para esclarecer el significado contextual. Incluso, llegó a recomendar que cada vez que alguien se sintiera tentado a filosofar de manera profunda, mejor dejase de pensar y que al poco tiempo el estado de ánimo se recobraría. Al resultado de este modo de «filosofar enfermizo» lo denominó lo indecible y consideró que de todo lo que no se puede hablar, es mejor guardar silencio. De este modo, abrazó la tradición filosófica inglesa pragmática que pretende que todo conocimiento sea útil.
Llegado este punto vale la pena preguntarse, ¿hay conocimiento que trasciende el lenguaje? Si pensamos que así es, ¿cómo argumentaríamos esto? Tal vez, ¿bastaría con establecer neologismos y explicarlos cabalmente? Y por último, ¿Wittgenstein realmente resolvió la «enfermedad del filosofar» o, al contrario, complejizó dicha «enfermedad» fomentando que tratemos de resolver los múltiples juegos del lenguaje con los que nos encontramos frecuentemente para no caer en el error? Esto último, ¿sería realmente posible? ¿Valdría la pena experimentar una vida así de simple para los seres con mayor agudeza intelectual y que se ven «tentados» a indagar sobre lo aparentemente indecible de la existencia?
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