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El mito del espejo

¿Son las teorías científicas imágenes especulares del mundo? ¿Describen la realidad tal y como es exactamente? El filósofo norteamericano Richard Rorty sostuvo que el lenguaje científico no puede considerarse un espejo de la naturaleza.

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19
agosto
2026

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¿Son las teorías científicas imágenes especulares del mundo? ¿Describen la realidad tal y como es exactamente? El filósofo norteamericano Richard Rorty (1931-2007) sostuvo que el lenguaje científico no puede considerarse un espejo de la naturaleza, sino un «género literario más». La creencia de que la ciencia es capaz de desentrañar el lenguaje del mundo objetivo es denunciada por él como «el mito del lenguaje propio de la naturaleza». Todo vocabulario es igualmente objetivo, por lo que la ciencia no tiene nada de especial: Galileo simplemente empleó unos términos más útiles que Aristóteles, lo mismo que Einstein respecto de Newton.

A simple vista, las dificultades que asolan a esta tesis se antojan difícilmente salvables: ¿cómo se podría explicar el éxito de la praxis científica? Rorty y demás filósofos posmodernos parecen tirar el bebé con el agua sucia del baño, como dicen los ingleses. Es cierto que todo símbolo lingüístico –desde «Frankenstein» hasta «electrón»– es, valga la redundancia, un símbolo de la misma ralea: no está incrustado de ninguna manera con el complejo mundo que se arremolina a su alrededor. Pero que todo juego del lenguaje sea lenguaje no implica que todo juego sea idéntico en sus funciones y méritos. Los usos genéricos del lenguaje, con la suficiente pericia retórica, permiten una suerte de todo vale no aplicable en el científico, cuyos límites metodológicos son muy estrechos: recorriendo unos pocos pasos uno se puede situar fuera del terreno de juego.

Pretender que las teorías científicas ofrezcan una imagen especular de un mundo en sí se otea, desde antiguo, como una ingenuidad filosófica

Rorty ha denunciado atinadamente algo que podríamos llamar la ilusión del lenguaje: la creencia de que el uso de palabras nos compromete ipso facto con las supuestas entidades referidas por ellas. Sin embargo, cae por una pendiente resbaladiza que lo lleva al absurdo de equiparar conceptos como dios o duende con el de electrón, amontonándolos en un cajón de sastre inadmisible. Con este proceder se obvia que el uso científico del electrón permite construir y dar cuenta explicativa de la lámpara que los alumbra, mientras que el concepto de duende nunca le hizo tal favor.

Pretender que las teorías científicas ofrezcan una imagen especular de un mundo en sí se otea, desde antigua, como una ingenuidad filosófica. Pero sostener que no convergen en absoluto con ese mundo es, igualmente, pura demencia intelectual. El electromagnetismo de Maxwell se materializó con los primeros transistores y receptores de radio gracias a Heinrich Hertz. El GPS realiza cada día millones de comprobaciones de que la geometría, la mecánica cuántica y la relatividad general funcionan. ¿Cómo podría un usuario de la radio o del GPS negar que el lenguaje que posibilita su funcionamiento es totalmente ajeno a la naturaleza?

La clave está en que la propia práctica lingüística es viable por la presencia de regularidades prelingüísticas. El mundo sigue patrones que modelan la tarea de la ciencia, asentada sobre el formalismo matemático. Somos conscientes de esas regularidades en virtud de los sentidos que, en el juego científico, operan como fenómenos de la propia realidad que experimentan. Como señaló el premio Nobel de física Frank Wilczek: «Para percibir el mundo, transformamos los patrones entrantes de radiación electromagnética (vista), presiones del aire (oído), química local (gusto y olfato) y varias otras corrientes de datos en esa moneda común que emplea el cerebro».

El negacionismo climático ilustra la amenaza de no saber qué se hace cuando se emplea el lenguaje

El escepticismo malsano respecto de este contacto con el mundo no es inocuo. El negacionismo climático ilustra la amenaza de no saber qué se hace cuando se emplea el lenguaje: la irresponsable anteposición del discurso ideológico, político o económico frente al científico puede conducir a consecuencias que todos seremos capaces de experimentar, y que nadie quiere que se materialicen.

Por su parte, en tanto saber conceptual, la filosofía parece condenada al laberinto lingüístico. Las ciencias, simbolizadas mediante un lenguaje matemático o natural, tampoco deben caer en la ilusión del lenguaje: sus teorías no pueden tomarse por un espejo prístino de la realidad (lo cual sería una apuesta filosófica). Ahora bien, en virtud de sus méritos, basados en los datos de los sentidos –nuestra única puerta al mundo–, sí la entrevén. La teoría científica es la tuerta en el reino de los filósofos ciegos.

Con su mordacidad propia, Ludwig Wittgenstein ilustró la naturaleza delirante del juego filosófico –en contraposición con el científico– cuando es contemplado desde afuera: «Me siento junto a un filósofo en el jardín; dice repetidamente: «Sé que esto es un árbol», mientras señala un árbol junto a nosotros. Una tercera persona se acerca y escucha; le digo: «Este hombre no está trastornado: solo filosofamos»». En el fondo, tanto el filósofo que cree en el espejo como el posmoderno que lo niega están sentados en ese jardín, señalando el árbol, discutiendo si existe. El científico, mientras tanto, trepa por sus ramas.

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