Vivir como en los 90
¿Nostalgia o fatiga digital? Cada vez más personas echan de menos aquellos tiempos en los que no mirábamos constantemente el móvil y buscan la forma de mejorar su relación con la tecnología.
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Que lo retro esté de moda no es nuevo. Todas las generaciones han sentido, de algún modo, nostalgia, incluso por épocas en las que aún no habían nacido. Nos asomamos a las películas, a los libros, a la música o a la ropa de otras décadas y las reinterpretamos, las hacemos nuestras y las volvemos a poner de moda.
Pero esa mirada al pasado no se limita a la estética o a la cultura pop. Mirar al pasado ayuda a entender el presente o a imaginar otras realidades posibles. Hoy, la Generación Z parece buscar un estilo de vida que no ha conocido. «Tengo 22 años y estoy a punto de graduarme de la universidad. Una cosa que me he dado cuenta durante este tiempo es que como que odio mi smartphone. Todo el mundo que veo está pegado a él todo el tiempo, nadie se habla, ni siquiera me hagan empezar con las redes sociales». Es un testimonio cualquiera de un foro, pero resume muy bien la sensación de quienes se han cansado de una vida mediada por pantallas, notificaciones y algoritmos.
Cada vez más estudios hablan de fatiga tecnológica y de saturación informativa como fenómenos estructurales. Por eso, en los últimos años, se han multiplicado las iniciativas pensadas para tener una relación menos tóxica con las tecnologías. Un estudio de Mazinn y Madrid Content School, en el que participaron 639 jóvenes de entre 18 y 29 años, señala que casi la mitad (49,9%) accede a las redes sociales principalmente para distraerse. Además, el 55,7% afirma haber aplicado alguna estrategia para reducir el tiempo de uso. Entre las medidas más habituales se encuentran: configurar límites de tiempo en las aplicaciones (20,7%), desactivar notificaciones (18,5%), desinstalar o desactivar aplicaciones (18,2%), realizar un detox digital (7,9%) y utilizar otras plataformas con menor volumen de contenidos (0,9%).
El 55,7% de jóvenes de entre 18 y 29 años afirma haber aplicado alguna estrategia para reducir el tiempo de uso de las redes sociales.
A nivel internacional, el Movimiento Off también está popularizando algunas iniciativas como Off February, que anima a desinstalar las redes sociales de los móviles durante todo el mes de febrero. Esta tendencia también está creando un nuevo nicho de mercado. Por ejemplo, han vuelto los llamados «dumbphone», móviles básicos que solo permiten llamadas y mensajes, como los antiguos Nokia, y también están apareciendo nuevos smartphones diseñados para reducir las distracciones, como Balance Phone. Sus creadores, Albert Beltran y Carlos Fontclara, con solo 26 años, afirman que su objetivo no es alejarse de la tecnología, sino «usarla con intención y encontrar un equilibrio real».
Alejarse de las redes para contarlo
La paradoja es que resulta difícil escapar del circuito digital sin pasar, de algún modo, por él. De hecho, muchas de estas tendencias también se difunden a través de redes sociales y se han convertido en contenido dentro de las mismas plataformas que están cuestionando. Hay quienes anuncian que se retiran de redes por una semana, que vuelven para contar que necesitaban desconectar o que publican un reel desde el campo para decirnos que dejemos de hacer scroll. ¿Se trata de un intento real de desconexión o de una nueva forma de buscar engagement?
Muchas de estas tendencias se han convertido en contenido dentro de las mismas plataformas que están cuestionando
Sea como sea, estas prácticas dejan en evidencia que nuestra relación con la tecnología es compleja. No basta con desconectar unos días porque los hábitos digitales están muy presentes desde edades tempranas y afectan, especialmente, a la adolescencia. Según el informe de Unicef Infancia, adolescencia y bienestar digital, la gran mayoría de adolescentes utiliza las redes sociales. En la ESO, el 92,8% del alumnado está registrado en al menos una red social y el 75,8% participa en tres o más plataformas. En Primaria, el 78,3% ya tiene perfil en alguna red y el 43,6% en tres o más. Entre las plataformas más utilizadas se encuentran WhatsApp (78,4%), YouTube (78,4%), TikTok (66,9%) e Instagram (60,6%).
Y todo esto ocupa mucho tiempo: el 8,9% dedica más de cinco horas al día a las redes sociales entre semana, un porcentaje que aumenta hasta el 19,9% durante el fin de semana. El análisis también muestra diferencias significativas por sexo: las chicas están presentes en tres o más redes sociales con mayor frecuencia que los chicos y, además, tienden a mantener más de un perfil en una misma plataforma. Esta mayor exposición puede traducirse en más presión relacionada con la imagen, la validación y la comparación constante.
Quienes hoy tienen menos de treinta años conocen bien las consecuencias de crecer entre pantallas. La llegada de las redes sociales fue rápida y aprender a usarlas implicó errores y sobreexposición. Buena parte de la Generación Z ha vivido la presión por mostrar una vida perfecta, la comparación constante y la saturación de información. Por eso, prácticas que hace apenas unos años parecían obsoletas reaparecen ahora con otro significado.
Usar cámaras desechables, escuchar vinilos, jugar con consolas antiguas o acudir a espacios libres de móviles se percibe como una forma de recuperar el control sobre el tiempo y la atención. También se observa un retorno al blog y a las newsletters largas. Frente a la inmediatez y la atención fragmentada de las redes sociales, estos formatos ofrecen una lectura más pausada y menos expuesta a la lógica del algoritmo.
Sin embargo, esta búsqueda de equilibrio no es solo una cuestión generacional. Ahora que casi todo el mundo tiene un móvil, la brecha se está transformando: el privilegio ya no es acceder a la tecnología, sino poder limitarla. Las familias con más recursos pueden ofrecer alternativas fuera de la pantalla para sus hijos e hijas: deportes, talleres, salidas culturales o simplemente espacios para jugar y conversar. Por eso, ahora que ya conocemos mejor el impacto de las redes sociales en la salud mental, quienes tienen más recursos están buscando otras opciones de ocio.
Hoy, el verdadero lujo no es tener el último dispositivo, sino poder apagarlo sin quedarnos fuera. En el fondo, más que una forma de nostalgia, la vuelta a la vida analógica de los noventa es una forma de estar más presentes en el presente que nos ha tocado vivir.
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