La meta del Hambre Cero se nos escapa
Hoy por hoy, el hambre no es un fenómeno meteorológico ni un hecho inevitable: es consecuencia directa de decisiones humanas y, por tanto, puede revertirse.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2025
Artículo
El desarrollo sostenible está en todas partes: cumbres internacionales, empresas, espacios de decisión, campañas y promesas. Pero, detrás de los discursos, la realidad es muy distinta y hay demasiados ámbitos donde las palabras no van respaldadas con acción, no hay desarrollo, o este está paralizado. El avance contra el hambre en el mundo es un ejemplo. El último Global Hunger Index (GHI) 2025 lo deja claro: con una puntuación global de 18,3 —apenas inferior al 19,0 registrado en 2016— el índice demuestra que las declaraciones ni alimentan, ni protegen, ni transforman.
Este año, el GHI ha señalado la violencia como el mayor multiplicador del hambre. En los últimos doce meses, los conflictos armados han provocado 20 crisis alimentarias y han afectado a casi 140 millones de personas. No hablamos de cifras abstractas, sino de vidas interrumpidas y futuros arrebatados. El hambre en contextos de guerra no surge solo por la falta de alimentos, sino por la destrucción deliberada de cultivos, servicios, infraestructuras, mercados y comunidades enteras. Los ejemplos más desgarradores están hoy en Gaza y Sudán, donde se calcula que el número de personas en situación de hambruna se ha más que duplicado entre 2023 y 2024, superando los 2 millones.
Si el mundo avanza al ritmo actual, no se alcanzará un nivel bajo de hambre antes del año 2137. Es decir, más de un siglo después del plazo marcado por los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Para 56 países, la meta ni siquiera es realista. En siete de ellos —Burundi, República Democrática del Congo, Haití, Madagascar, Somalia, Sudán del Sur y Yemen— la situación ya es alarmante. Y en muchos territorios afectados por la violencia, como Corea del Norte, Gaza o Sudán, ni siquiera hay datos suficientes para dimensionar bien la magnitud del problema.
Si el mundo avanza al ritmo actual, no se alcanzará un nivel bajo de hambre antes del año 2137
Lo más doloroso es que las soluciones existen, pero están siendo desplazadas por otras prioridades. Los presupuestos públicos y multilaterales se ajustan cuando se trata de educación, salud o alimentación, pero se flexibilizan cuando entran en juego las armas o las fronteras. No se puede aspirar a erradicar el hambre si las bombas reciben más recursos que las niñas, niños y jóvenes que la padecen.
El informe también demuestra que hay motivos para la esperanza cuando existe voluntad política y continuidad. Países como Mozambique, Ruanda o Togo han logrado avances gracias a políticas sostenidas, inversión en sistemas alimentarios locales y fortalecimiento comunitario. Pero incluso estos progresos siguen siendo frágiles: basta un estallido bélico o una crisis climática para hacerlos retroceder una década.
Erradicar el hambre no requiere únicamente ayuda de emergencia. El GHI plantea cinco líneas clave que deberían asumirse con urgencia: compromiso político real, agricultura sostenible, financiación adecuada, gobernanza local sólida y ruptura del vínculo destructivo entre conflicto y hambre. No se trata de inventar nuevos modelos, sino de implementar lo que ya sabemos que funciona.
Sin financiación internacional reforzada, cooperación efectiva y políticas a largo plazo que fortalezcan la resiliencia, el hambre seguirá expandiéndose. Las comunidades más golpeadas no necesitan caridad, sino garantía en el cumplimiento de sus derechos. Necesitan escuelas que no sean derribadas, hospitales que no sean bloqueados, campos que no sean incendiados y mercados que no sean sitiados. Hay que invertir en sistemas alimentarios más resistentes, apoyar a las personas productoras a pequeña escala, respetar los derechos sobre la tierra y el agua, y reforzar las estructuras locales que sostienen a las comunidades.
La infancia y la juventud —foco del trabajo de Ayuda en Acción y unas de las primeras víctimas de cualquier crisis alimentaria— no pueden esperar a que se mire hacia otro lado. Hoy por hoy, el hambre no es un fenómeno meteorológico ni un hecho inevitable: es consecuencia directa de decisiones humanas y, por tanto, puede revertirse.
Pilar Lara es Relaciones Institucionales en Ayuda en Acción.
COMENTARIOS