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Utopía y desastre

Carlos Martínez Gorriarán reflexiona sobre la eterna lucha entre irracionalidad utópica y pragmatismo político, extremismo y democracia.

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19
junio
2026

Las revueltas estudiantiles de la década de los sesenta debieron mucho al aumento de la educación, la popularización de la universidad y el fuerte crecimiento económico de la posguerra. Coincidieron con una crisis cultural visible en el cambio de costumbres, el rechazo de las tradiciones, la simpatía por lo exótico y nuevo y la reclamación de más papel público para jóvenes, mujeres y minorías. La más famosa fue la de mayo del 68 en París, pero hubo otros «mayos» en Checoslovaquia, Polonia o España contra las dictaduras, y en México, donde la revuelta estudiantil fue sangrientamente aplastada por la clase política corrupta, oficialmente revolucionaria. En Estados Unidos el protagonismo fue del rechazo de la guerra de Vietnam y del movimiento de los derechos civiles, mientras que en el resto del mundo desarrollado los sesenta fueron la edad de oro de la cultura pop y la contracultura del Festival de Woodstock.

En Francia, sede del mayo más célebre, el movimiento sorprendió al establishment: el Gobierno creía tener todo bajo control, con la sociedad satisfecha tras el fin de las guerras coloniales y el crecimiento económico, traducido en un gran auge del consumo. Y en efecto, el movimiento de mayo fue, pese a sus pretensiones de revolución obrera, cosa de universitarios con un profundo malestar cultural delatado por el peso del culto a la imaginación y la categoría intelectual. Persistía el viejo amor francés a la revolución como fin en sí misma a lo Sorel, es decir, como revuelta carente de plan político y objetivos prácticos, empeñada en la conquista de lo imposible y el fin de las reglas o el «prohibido prohibir». Unió a Baudelaire y la revuelta contra el aburrimiento con Marx y la revolución social definitiva. La estética tuvo más protagonismo que la política: Artaud y Breton fueron dos de las celebridades más citadas. El elitismo cultural se explica porque los estudiantes de las barricadas eran hijos de las clases alta y media francesas, lo que también explica la moderada represión policial. El hecho motivó el despectivo comentario de Kojève a Aron: que una revolución sin muertos (solo hubo dos, un estudiante y un policía) no merecía ese nombre. Más aún con los centenares de estudiantes mexicanos muertos y heridos en la brutal represión de Tlatelolco.

Al comienzo, el Partido Comunista y los sindicatos intentaron arrimar el incendio a su sardina y asegurarse el control de la protesta. Los sindicatos franceses declararon la huelga general el 13 de mayo en protesta por la represión policial en la universidad, y añadieron sus reivindicaciones laborales; hubo ocupaciones de fábricas, incluida la principal de Renault, símbolo de la Francia industrial y obrera, y retenciones de directivos de empresas. El 20 de mayo los huelguistas ascendían a diez millones, y el presidente De Gaulle intentaba calmarlos prometiendo más participación y beneficios a estudiantes y obreros. Y los desbordados Partido Comunista y CGT —su poderoso sindicato— pactaron con el primer ministro Pompidou y acabaron condenando el movimiento universitario por izquierdista e infantil.

Los gaullistas habían ganado las elecciones de 1967, y con los comunistas formaban la mayoría política indiscutible. Sin embargo, la nueva República se había revelado inesperadamente frágil. El sistema estaba en peligro, y el presidente De Gaulle disolvió la Asamblea Nacional el 30 de mayo, convocando elecciones para el 16 de junio. Fue una jugada muy hábil: los partidarios del astuto y carismático general consiguieron 300 escaños, 56 más que antes de la crisis; en total, 354 escaños de los 487 de la Asamblea, con una participación electoral del 80 %. Para la izquierda fue la debacle. Francia se había hartado de barricadas y exigía reanudar el periodo de prosperidad y renacimiento político iniciado en 1946. Así que las expectativas de la extrema izquierda, con Sartre a la cabeza, se revelaron disparatadas: fuera de la universidad nadie quería la revolución ni repudiaba el capitalismo, en Francia muy intervenido por el gran sector público de la economía.

El opúsculo situacionista Sobre la miseria en el medio estudiantil (1967), obra del estudiante tunecino Mustapha Khayati y convertido en manifiesto de la Internacional Situacionista, la izquierda de la extrema izquierda, resume muy bien el sentido de la protesta estudiantil en su último párrafo:

«La historia moderna no puede ser liberada […] más que por las fuerzas que rechaza: los trabajadores sin poder […]. El proletariado ya era en el siglo XIX el heredero de la filosofía, y se ha convertido además en el heredero del arte moderno y de la primera crítica consciente de la vida cotidiana. No puede suprimirse sin realizar, al mismo tiempo, el arte y la filosofía. Transformar el mundo y cambiar la vida son para él la misma cosa, consignas inseparables que acompañarán su supresión como clase, la disolución de la sociedad presente como reino de la necesidad, y el acceso, finalmente posible, al reino de la libertad. La crítica radical y la reconstrucción liberada de todas las conductas y valores impuestos por la realidad alienada son su máximo programa, y la creatividad liberada en la construcción de todos los momentos y acontecimientos de la vida es la única poesía que podrá admitir, la poesía hecha por todos, el comienzo de la fiesta revolucionaria. Las revoluciones proletarias serán fiestas o no serán, porque la vida que anuncian será creada bajo el signo de la fiesta. El juego es la última racionalidad de esta fiesta, vivir sin tiempos muertos y gozar sin obstáculos son las únicas reglas que podrá admitir».


Este texto es un extracto de ‘Utopía y desastre’ (Espasa), de Carlos Martínez Gorriarán

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