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La crisis espiritual de la democracia

La Política, como ciencia o arte de organizar la vida en la ciudad, tuvo que crear el entorno necesario para que los ciudadanos pudieran realizar sus proyectos privados de felicidad, su objetivo individual.

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20
marzo
2026

Nuestros antepasados prehistóricos vivían en pequeños grupos, pero la búsqueda de seguridad y las ventajas de la cooperación —es decir, la teleología de la felicidad— les impulsaron a crear ciudades. La aparición de la polis es un acontecimiento «trascendental», una superación de límites, una ampliación de posibilidades que supuso un cambio radical en su modo de vivir. Aparece la política como forma de vivir en la polis. Tres palabras que derivan de «ciudad» en griego y en latín, revelan su importancia: urbanidad, política, civilización. No todo eran ventajas, desde luego, porque la convivencia expandida supone también la ampliación de los conflictos entre intereses individuales. La inteligencia lo resolvió creando sistemas normativos. Soy ferviente admirador del arte, de la ciencia, de la tecnología, pero creo que la invención de las morales es la máxima creación de la inteligencia humana. En esto coincido con Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía, un pensador con el que disiento en muchas otras cosas. Decía que la moral no era una creación de la razón, sino al contrario, la razón era una consecuencia de la moral.

La necesidad de coordinar proyectos diferentes de felicidad obligó a perfeccionar los debates, a argumentar, a disciplinar el pensamiento, siempre dispuesto a trabajar pro domo sua, y obligarlo a interactuar con los demás. El uso racional de la inteligencia es, precisamente, un uso intersubjetivo. Frente al uso privado aparece el uso público, en el que las inteligencias individuales producen resultados diferentes porque las creencias individuales se enfrentan entre sí y se van corrigiendo mutuamente. Antonio Machado escribió: «En mi soledad/ he visto cosas muy claras/ que no son verdad». La razón compartida produce resultados que su uso privado no podría alcanzar, como la ciencia y la moral.

La Política, como ciencia o arte de organizar la vida en la ciudad, tuvo que crear el entorno necesario para que los ciudadanos pudieran realizar sus proyectos privados de felicidad, su objetivo individual. Los filósofos anteriores lo habían denominado «bien común», pero los ilustrados del siglo XVIII lo denominaron, a mi juicio con acierto, la «pública felicidad». Una expresión que puede parecer un oxímoron, ya que el concepto que tenemos de felicidad es personal, individual, subjetivo. Lo público, por el contrario, es impersonal, colectivo, objetivo. La contradicción es fácil de resolver. La salud es una propiedad del individuo, pero para conseguirla es necesario vivir en un ambiente salubre, que se convierte así en una objetiva condición de posibilidad de la salud. Lo mismo ocurre con la «felicidad pública o política». No es que una sociedad, colectividad, nación se sienta feliz, sino que el modo de estar organizadas hace posible la única experiencia de felicidad, que es la individual. Los ciudadanos pueden ser felices si viven en un entorno políticamente feliz. Una situación de «desdicha pública», como la que sufren los ciudadanos de Ucrania o de Gaza en este momento, imposibilita toda búsqueda de felicidad privada.

El concepto que tenemos de felicidad es personal, individual, subjetivo

Pues bien, lo que los sistemas normativos —moral y derecho— pretendían era asegurar las condiciones indispensables para alcanzar esa «felicidad política» conveniente a todos los ciudadanos, y a partir de ellas fijarlas normas para el ciudadano y el modelo adecuado de ciudadanía. Es un viaje de ida y vuelta. Los deseos de los individuos engendran la ciudad, que reobra sobre los individuos ampliando sus posibilidades, pero imponiéndoles deberes. Aristóteles todavía comprendió muy bien esta situación. El ciudadano es la figura perfecta del individuo humano. Para poder vivir fuera de la ciudad, tendría que ser una bestia o un dios. Supeditaba la Ética a la Política porque la función de aquella era reflexionar sobre la felicidad individual, mientras que el fin político era la felicidad colectiva, que tenía a su juicio mayor rango. La misión del legislador: hacer buenos a los hombres que viven en la polis. Solo en un buen Estado puede un buen ciudadano ser un hombre bueno.

Esta interpretación moral resultó muy difícil de mantener porque había y hay mucha gente que no está interesada en el bien común, sino en el propio, y cuyo deseo es dominar. Por su culpa, la política se estructuró como un modo de ejercer el poder, desentendiéndose de la «teleología de la inteligencia», del progreso espiritual, en el que estaba incluido el progreso ético. Lo importante ya no era mejorar el buen comportamiento de los ciudadanos, ligado a su felicidad, sino buscar el modo de gobernarlos mejor. Como mucho, era deseable que el soberano actuara moralmente bien, pero la obligación moral venía de fuera. Dios imponía las normas y confería poder al monarca y a la Iglesia para que se cumplieran. Sin embargo, al llegar el Renacimiento se produjo un cambio, perfectamente representado por Maquiavelo. La política se desentendió de la moral. Eran campos diferentes. El Príncipe no debía ocuparse de actuar bien, sino de mantener y engrandecer el poder del Estado. El poder revelaba implacable su teleología fundamental: expandirse, intentar ser absoluto, absuelto de toda obligación que no partiera de él mismo. Esa fue la primera y duradera crisis espiritual de la Política: truncó el ímpetu ascendente de la inteligencia.


Este texto es un extracto de ‘La crisis espiritual de la democracia’ (Almuzara, 2026), coordinado por Julio Borges Bunyent. 

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