Unión, a la europea
Ser europeo significa una constante lucha por aprender y hacer entender que poner límites es compatible con las relaciones internacionales más estables.
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Estos días encontramos algo inédito en el imaginario común: ¿puede ser que la unión internacional tenga identidad europea? Si algo se empeñan en demostrar las instituciones de este nuestro continente, es que, le pese a quien le pese, colaborar desde el poder implica saber ejercer la diplomacia.
No hace falta irse a grandes instancias. Pensemos en un grupo de amigos que han tenido sus más y sus menos, pero se caen bien. Creen que pueden con todo, que el mundo está a su disposición, sin importar su implicación. Tanto es así que unos se relajan y otros aprovechan para avanzar a costa de los demás, rompiendo la confianza que sostiene su relación. Spoiler: ceder en política, como todo en la vida, no sale bien a cualquier precio.
La Unión Europea sigue teniendo un alma social que se resiste a morir avasallada
La Unión Europea tiene tantos fallos como Estados la componen, como momentos de la historia se escapan entre las manos, y como mensajes obsoletos de las personas que le dan voz. Pero la Unión Europea sigue teniendo algo que parece absurdo resaltar a estas alturas, y que brilla tanto que molesta a esos que ya no sabemos si seguir llamando amigos: un alma social que se resiste a morir avasallada.
Esa alma se sostiene sobre grandes diferencias que no vivimos como fronteras insalvables, sino como oportunidades para mejorar. Nuestra identidad europea reside en pueblos de los que nadie ha oído hablar y en ciudades que todos quieren visitar. También habita en las reivindicaciones del campo, en los debates urbanitas, y en las políticas públicas que siempre deben representar ambas caras de una misma moneda que circula en democracia.
España cumple cuarenta años desde que entró en las Comunidades Europeas y reafirmaba su participación en la misma OTAN que hoy pone en jaque su mayor patrocinador. Conviene recordar que en 1986 teníamos un aire fresco con eso que tanto buscamos en 2026: ganas e ilusión. Hace cuarenta años nos reafirmamos en una polifacética verdad: la dictadura acabó, la transición fue un éxito, y el resto de las democracias que marcaban el ritmo y rumbo del mundo nos aceptaban como lo que hoy podemos llamar «España, el motor de Europa».
Ser español, polaco o danés tiene otro significado ahora. Significa que confiamos en los otros, discutimos en libertad cuando toca —que suele ser cuando hay crisis constantes— y aportamos soluciones. Significa horizontalidad frente a autoridad vertical. Significa, en definitiva, aprender a mantener la confianza porque nos preocupamos a diario por ser valedores de ella.
Ser europeo, a su vez, significa ser flexible. Significa una constante lucha por aprender —y hacer entender— que poner límites es compatible con las relaciones internacionales más estables. Ser europeo es intentar ser el moderado del grupo, siempre criticado por no mojarse en cuestiones que rechazan medias tintas. Sí, también es no saber qué hacer.
La Unión Europea no esconde sus flaquezas, sino que las enseña y las trabaja desde 27 miradas distintas
¿Qué tiene de bueno esto frente a otros actores que son aparentemente más rápidos, menos dubitativos y más compactos? La Unión Europea no esconde sus flaquezas, sino que las enseña y las trabaja desde 27 miradas distintas para transformarlas en fortalezas; construyendo legitimidad desde la base ciudadana.
Por mucho que todos queramos ser perfectos, no es lo mismo pecar de precavido que de impulsivo. No es lo mismo avergonzarte por tardar meses en condenar un genocidio —y luego actuar sobre ello—, que hacer una campaña institucional tratando a tus propios ciudadanos y residentes como animales en jaulas, o incluso a tiro de pistola.
Dar un paso atrás para recordar qué significamos en el mundo es un paso imprescindible para garantizar nuestra unión. Sí, a la europea.
Mireya Diouri es directora de Asuntos Europeos en Talento por el Futuro
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