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El tercer lugar

El ser humano avanzó en su evolución no por su fuerza ni por su velocidad, sino por su capacidad de formar comunidad, de reunirse en torno al fuego cuando la caza marcaba el ritmo de los días. Aquella fraternidad primitiva fue nuestro primer refugio. Ese sentido de pertenencia, de nosotros, nos otorgó humanidad.

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12
marzo
2026

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Hace ya algunos años solía visitar a una anciana en una diminuta aldea pirenaica, cerca de mi casa. Era una mujer de casi noventa años que conservaba, contra toda lógica, una lucidez afilada y una vivacidad que parecía alimentarse del mismo bosque. Su casa, aislada en un camino silencioso y umbrío, había quedado al margen del tiempo: no la alcanzaban ni la electricidad ni el agua corriente ni ninguna otra modernidad. Pero a Cisqueta nada de eso parecía afectarle. Vivía allí como una piedra antigua, arraigada a la tierra que la había visto crecer, acompañada únicamente por su perro Milord, cuyas pupilas —una azul, otra marrón— parecían contener los dos lados de un mismo destino.

A pesar de su edad, Cisqueta seguía adelante gracias a la generosidad de sus pocos vecinos. Cada mañana, como un rito silencioso, alguien dejaba un par de cubos de agua frente a su puerta, junto con víveres y aquello imprescindible para sostener una existencia austera. Ella recompensaba aquel gesto con otro gesto: cada ocho de septiembre nos reunía en la plaza de San Juan de Torán para compartir un jamón y otras viandas sencillas. Aquel día, además de ese aire fraternal que se respiraba como una bendición antigua, lo mejor eran las historias de Cisqueta, relatos que parecían brotar directamente de la entraña de la montaña, cargados de memoria, humor y sabiduría.

Hoy, escenas así serían casi imposibles. Hemos convertido la soledad en la enfermedad silenciosa de nuestro tiempo. Nuestros jóvenes, hiperconectados, nunca se han sentido tan desconectados: uno de cada tres vive en una soledad que no entiende de pantallas. Y nuestros mayores arrastran la suya como un peaje inevitable del progreso.

Hemos convertido la soledad en la enfermedad silenciosa de nuestro tiempo

El ser humano avanzó en su evolución no por su fuerza ni por su velocidad, sino por su capacidad de formar comunidad, de reunirse en torno al fuego cuando la caza marcaba el ritmo de los días. Aquella fraternidad primitiva fue nuestro primer refugio. Ese sentido de pertenencia, de nosotros, nos otorgó humanidad. Sin embargo, nuestro tiempo nos retrata como individuos aislados, criaturas ensimismadas que, poco a poco, pierden la capacidad de ver al otro.

Quizá hemos perdido la escala de lo humano.

Las ciudades que levantamos ya no parecen pensadas para ser habitadas, sino consumidas. Entre desplazamientos interminables, atascos, empujones y prisas, se nos escurre el tiempo que antes dedicábamos a presentarnos al vecino, a rozar la intimidad de quien vive junto a nosotros. Encerrados en la pantalla de nuestro pequeño mundo, el resto aparece difuminado, casi irreal. Avanzamos —o eso creemos— hacia un porvenir de seres tristes, solitarios y cabreados, que conversan con máquinas y purgan su frustración en gimnasios de luz blanca. En esa carrera, olvidamos lo esencial: conversar, compartir, ser pacientes, saber que el vecino acudirá si lo necesitas; que basta a veces cruzarse en la escalera, regalar una sonrisa, decir un «buen día», para recordar que no estamos solos.

En nuestra sangre laten los viejos genes de la solidaridad: los vemos despertar ante cada catástrofe, cuando lo extraordinario nos obliga a recordar quiénes somos

Aún no es tarde para rebelarnos. En nuestra sangre laten los viejos genes de la solidaridad: los vemos despertar ante cada catástrofe, cuando lo extraordinario nos obliga a recordar quiénes somos. Pero es hora de convocarlos también en la rutina, de cultivar comunidades que rescaten lo compartido, lo común, lo humano. Ese «buen día» entre lo privado y lo laboral, ese territorio donde el tiempo regalado se convierte en alegría, y la convivencia fortalece el vínculo con quienes habitan nuestro mismo paisaje, al tiempo que se conjura la crispación extrema alimentada por el monstruo que amenaza con devorarnos.

Un tercer lugar donde crecer con el diálogo, donde lo público vuelva a ser encuentro y no mercado. Un refugio frente a la voracidad de un sistema que nos quiere serviles y aislados.

Por cierto: mi querida Cisqueta habría muerto en el incendio de su casa si no hubiera sido por esos vecinos que la cuidaban como a una reliquia viva. Hoy ninguno de ellos vive. Y aquel rincón remoto del valle, donde una vez habitó la solidaridad cotidiana, es ahora un paraje lleno únicamente de recuerdos.


Paco Boya es secretario general para el Reto Demográfico del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico

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