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'El árbol de la ciencia'

El pesimismo vital de Pío Baroja

En ‘El árbol de la ciencia’, una de sus novelas más populares, Pío Baroja expuso su absoluta falta de fe en el progreso. Habiendo estudiado y llegado a ejercer la medicina, el escritor toma dicha disciplina como ejemplo de la ineficacia de cualquier conocimiento para lograr el avance social.

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25
mayo
2026

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), además de por ganador del Nobel de Medicina en 1906 y por ser pionero de la neurociencia, fue reconocido por su carácter irascible. Como prueba de dicho carácter ha pasado a la historia la carta que escribió, aunque no llegó a enviar, al escritor Pío Baroja (1872-1956), también famoso por su controvertido carácter, además de por su vasta obra literaria.

Ramón y Cajal formaba parte del tribunal que calificó la tesis doctoral de Baroja, que estudió medicina antes de dedicarse plenamente a la escritura. Si bien ambos compartían una opinión ambiguamente pesimista sobre la sociedad, se mostraron públicamente como enemigos. Uno de los motivos de dicha animadversión pudo ser el hecho de que Baroja criticase abiertamente a Ramón y Cajal por apoyar al catedrático de anatomía José de Letamendi y Manjarrés (1828-1897), quien suspendió en dos ocasiones al futuro escritor.

En su novela, Baroja retrata la medicina española como pésima e inútil a la hora de solucionar los males de la población

Baroja se tomó su revancha contra aquellas inquinas cuando publicó una de sus obras más populares, El árbol de la ciencia, en 1911. En la novela, convirtió a Letamendi en personaje al que ridiculizó como farsante. Ramón y Cajal, tras dar lectura al libro, redactó la famosa carta en que dedicaba al escritor líneas tan iracundas como estas: «Usted no es español. Con un cinismo repugnante trató de eludir el servicio militar, mientras los demás nos batimos en Cataluña, fuimos a Cuba… y luego, enfermos, tratamos de estudiar y trabajar para enaltecer la patria, no con noveluchas burdas sino luchando con la ciencia a brazo partido».

En El árbol de la ciencia, Baroja narra, con su habitual estilo sencillo, conciso y algo desmañado, la vida del estudiante de medicina Andrés Hurtado. Este despliega un furibundo y pesimista panorama de la medicina en nuestro país en aquellos tiempos, calificando a los profesores, representados por la figura de Letamendi, como fanáticos, vagos y farsantes. A la vez, con un demoledor pesimismo, retrata la medicina española como pésima e inútil a la hora de solucionar los males de la población.

Con El árbol de la ciencia, Baroja cerraba su trilogía La Raza, iniciada en 1907 con La dama errante y continuada, dos años después, con La ciudad de la niebla. La novela cuenta con cuatro secciones narrativas separadas por una que podría considerarse íntegramente discursiva y filosófica.

En la parte narrativa, el lector recorre un conjunto de acciones que, de manera casi independiente y con la vida de Andrés Hurtado, trasunto del autor, como débil hilo conductor, abren numerosos caminos que el autor no llega a recorrer. Una narración que encaja a la perfección en lo que se consideran «novelas de aprendizaje», y que sigue al protagonista desde su juventud hasta su madurez para mostrarnos cómo se va conformando su personalidad.

La narración sigue al protagonista desde su juventud hasta su madurez para mostrarnos cómo se va conformando su personalidad

Fiel al estilo que le valió reconocimiento como puntal de la conocida como «generación del 98», Baroja despliega en El árbol de la ciencia la característica más acentuada de la misma: el reflejo minucioso de la vida en nuestro país a finales del siglo XIX. Un reflejo que carga las tintas en los aspectos más miserables de la misma. La injusticia, el caciquismo, la explotación, la corrupción y el egoísmo son llevados, de forma inmisericorde, a ámbitos tan diversos como el universitario, el urbano, el rural y el político.

Pero es en la sección discursiva donde se despliega con mayor dureza el pesimismo del autor. En ella, Andrés Hurtado, el protagonista, dialoga con su tío, Iturroiz, y ambos parecen representar las dos corrientes filosóficas que con más fuerza recorrían Europa en la época: el positivismo y el vitalismo.

Andrés aún confía en que el progreso científico podrá solucionar los problemas humanos, mientras Iturroiz defiende un vitalismo apoyado en la crítica al cristianismo de Nietzsche y en su defensa del superhombre para asegurar que la sociedad precisa de «un hidalgo limpio de semitismo, es decir, de espíritu cristiano… un tipo completo». Una supuesta confrontación de ideas filosóficas que sitúa al lector en un callejón sin salida, como muestra Andrés al afirmar que «la religión y la moral vieja gravitan todavía sobre uno» y que no puede «echar fuera completamente al hombre supersticioso que lleva en la sangre la idea del pecado».

En el fatalismo que Baroja despliega en El árbol de la ciencia anida, posiblemente, el germen de la airada carta escrita por Ramón y Cajal, que sí confiaba ciegamente en el regeneracionismo social por la vía del conocimiento. Él consideraba todo tipo de soflama literaria o política como palabrería, mientras Baroja utilizaba las palabras para confirmar su pesimismo con respecto a cualquier tipo de avance social.

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